Grego Pineda

Abogado, Magíster de Literatura Hispanoamericana de la PUCP. Escritor residente en Stafford, Virginia, EEUU.

A: Alex Marchand


Mi amigo peruano, artista de la imagen, me preguntó qué opinaba de Dios, pues él deseaba comprender cómo los abogados y escritores entendían tanta invocación del mismo. “Si puedes, responde”, me dijo. Tal interrogante me desconcertó porque sobre Dios se tienen muchas ideas y emociones, pero, sobre todo, temores. Y no es usual detenerse a pensar sobre un tema tan capital. Pensarlo en serio y con ánimo de responder, con respeto y estima, perturbó mi obligada cuarentena por el famoso virus con corona. “Dime que opinas de él, ella o ello”, me urgió después. Le comenté a mi esposa sobre la pregunta y mi propósito de responderla. Ella me cuestionó: ¿Cuál Dios?, ¿Dios padre o Dios hijo? Perplejo ante su espontánea reacción y por la nueva disyuntiva, solo atiné a rendirme ante su noble mirada y candorosa voz. Meditabundo fui a la cama y tuve insomnio pensando cómo responder. Dos días después le expuse mi opinión y fue ella la que no pudo dormir y a la mañana siguiente me dijo: leer mucho te hace daño.

Desde niño te inculcan a no cuestionar, ni dudar y mucho menos preguntar, sobre la existencia, vigencia y/o verdad de Dios. Se crece con fórmulas: Dios padre, Dios hijo y Dios espíritu santo. Que uno es el otro y todos uno, casi como “todos contra uno y uno contra todos” de la famosa novela francesa. Aprendes muy pronto a sentir culpa por un tal pecado original y hasta por los plagios del mismo. De todos modos, me bautizaron cuando era un bebé y mis padres entregaron el diezmo y yo recibí limpieza de “mi espíritu” con agua que yacía en pileta pública. Adolescente me volví a bautizar en una iglesia protestante. Y ya adulto me bautizo con cada libro que leo.

Por otro lado, hablar de Dios nos lleva a la Biblia porque es allí donde se crea dicho vocablo o a este personaje. Respeto la Biblia, como una obra literaria, a pesar que su texto haya sido hartamente manoseado a través de siglos para acomodarlo a intereses de la época y lugar. Además de la constante revisión de su narrativa, también recordemos las múltiples interpretaciones que ha tenido, llegando incluso a justificar crímenes y todo tipo de ilegalidades en la Inquisición que los interpretadores de la biblia y de la fe catalogaron como Santa. Pero también los protestantes cometieron atrocidades, como la quema de las brujas de Salem, y que llenaría cientos de páginas enumerando los despojos, genocidios y abusos tanto de cristianos como de los otros.

La Biblia, como documento que prueba la existencia de Dios, me es tan creíble como la existencia del Quijote porque así lo determinó la narrativa de tan maravillosa novela. Esta última escrita por Cervantes y la primera por varios autores. En este sentido, la Biblia es una excepcional novela. En lo personal me gusta el Nuevo Testamento, es menos agresivo que el Antiguo Testamento. Este último tan lleno de masacres, traiciones, expulsiones, venganzas y millar de desaguisados que, en general, me parece confusa y repetitiva narrativa y de peores interpretaciones a través de los tiempos. Eso de maldecir a la mujer, pedir matar al primogénito, quemar pueblos, masacrar ejércitos, y exigir que se maten animales para “glorificar” su nombre, es, simplemente aterrador. De creer y tener fe en el Dios que describe el Antiguo Testamente es ser sádico, masoquista y …

Dios no es un Concepto. Un concepto se refiere a algo concreto, como Vaca, Mesa, Casa, Manzana, etc., que al mencionarlos fácilmente podemos asociarlo con algo tangible.  Pero hablar del vocablo Dios es como hablar de otros que reflejan intangibles: Felicidad, Amor, Lealtad, Democracia, Justicia, Amistad, etc., es por demás complejo visualizar la concreción de los mismos. Entonces, filosóficamente hablando, estas últimas son Categorías, no conceptos. Y como vocablos que no tienen una imagen que los represente y explique, nos vemos orillados a buscar y darnos una idea de lo que puede ser o sería, lo que nos imbuye en lo especulativo y finalmente en lo subjetivo, donde todo es relativo. Incluso hablar de Dios es parcial, porque me refiero al Dios cristiano, dejando de lado a las religiones donde tienen deidades tan ajenas a mí, como yo a ellas.

Entonces, en el plano subjetivo y dejando a salvo los millones de personas que también tienen derecho a ejercer su libre albedrío y creer y tener fe en lo que les plazca y satisfaga en cualquier plano existencial, me avoco a expresarte, que Dios, para mí, es la energía vital que me vino adjunta cuando llegué a este mundo. Y es una convicción y fe en dicha energía que me ha permitido soportar y superar cuantas dificultades la existencia me demandó. Y no suscribo ni me adhiero a iglesia, religión, secta o negocio “espiritual” alguno. Tampoco soy ateo, porque no niego la existencia de Dios. Niego la representatividad que se atribuyen las diferentes iglesias y que osan ejercer la propiedad de “La Verdad” y hacen la guerra a las otras verdades, incluso masacrando pueblos enteros o excluyendo a los que piensan diferente. En esto si soy preciso: niego con vehemencia al Dios usado para legitimar lo innombrable. En todo caso, mi afición está con los que están siendo bombardeados o asesinados, antes que asimilar al Dios del que mata, humilla o se lucra vilmente en su nombre.

Creo en Dios como un hálito de energía pura, impoluta, que escapa a mi entendimiento, pero que el día que dicha energía se apague o desaparezca, en ese momento dejaré de existir y consiguientemente, también mi Dios, el cual se irá conmigo hacia la nada. Porque de la nada venimos y el tránsito por la vida nos permite hacer cosas y algo, para luego volver ¿a descansar? hacia la nada. Creo en Dios tanto como en mi madre, padre, hijo, esposa. También creo en los ideales del Quijote, en la pasión de Emma Bovary y en la sinceridad de Walt Whitman. No creo, ni jamás creeré en la invocación que “The United States of America” imprime en cada uno de sus billetes, incluso de cien dólares: “IN GOD WE TRUST”. Ese Dios, que valida sus dólares, tampoco debe ser creíble. ¿Y debería ser creíble el Dios que el Congreso Constituyente invoca para dar rienda suelta a su narrativa política?

No creo en el más allá. Y tampoco creo en el infierno ni en el cielo, como pago o castigo por haber vivido de tal o cual manera. Todo sucede y existe y vive en el lapso de tiempo que inicia cuando surgimos del vacío, del útero que es un medio, para luego, terminar cremado o en una tumba que también es un medio para finiquitar lo que es, incluyendo lo que pudo ser. Quedará sí, sin duda, lo que se hizo, materialmente hablando, así como los recuerdos, buenos o malos, en aquellos y aquellas que, dueños y dueñas de su propia energía vital, nos cruzamos y alternamos. “El más allá”, relativo también, es la imagen que cada amigo o pariente tendrá de nosotros, si es buena será el cielo, si es inocua, será el purgatorio y si es mala, será el infierno, pero estos estados que menciono: cielo, purgatorio o infierno, serán para los que tengan tales o cuales memorias o recuerdos, no para el que ha fallecido, pues en tal momento será tan solo un proceso orgánico que descompone lo que quizá creyó o no en Dios, pero que, para el caso, ya no importa.

Mientras tanto, hoy me arrodillaré con recogimiento y daré gracias a mi Dios-energía por haberme permitido escribir el presente y por no abandonarme aún.

 

 

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