El hombre más justo del mundo ha muerto

El hombre más justo del mundo ha muerto

Sara Raquel García Venero

Primer puesto – VIII Edición del Certamen literario Concurso Nacional de Cuentos Jurídicos «Fabellae Iuris» y estudiante de la Facultad de Derecho PUCP.


Cáncer de colón, etapa 4. En aquellas ásperas sábanas descoloridas, en un cuarto esterilizado azul marino, conectado a cuatro aparatos chirriantes, cada uno diferente y más invasivo que el otro, el señor Enrique Lopez Piñero, moría. A veces la enfermedad no solo la padece el enfermo, sino también quienes la ven progresar, quienes son testigos de su lenta y cruel mortalidad.. Su hijo Ignacio, recién graduado como bachiller en Derecho, había envejecido 5 años en aquellos 8 meses que transcurrieron desde el diagnóstico de su padre. Pero esta historia no habla de un abogado recién graduado. Este relato le pertenece a un juez, su padre. Mientras este dormía, su hijo se preguntaba, desde el lado más primitivo de su mente, si dolería menos si su progenitor muriese en aquel instante, en calma, sin habla ni indicios de su característica dureza. 

Pero su padre despertó de aquella siesta, revoloteando aquellos arrugados ojos, aun moribundo. Mientras que Enrique se debatía en el limbo de la inconsciencia, con sus párpados de nuevo cerrados, su hijo se acercó lentamente a su rostro, se acercó vacilante pero decidido, aprovechando ese instante de vulnerabilidad de aquel hombre hostil, para darle un pequeño y tierno beso en la frente, y salió de la habitación a conseguir un café para revitalizar la quinta parte de sus ánimos diezmados ante una muerte que no llegaba nunca.

Ya solo en la habitación, el moribundo Juez López Piñero cerró y abrió los pesados y cansados ojos, sintió como su adelgazada caja torácica subía y bajaba con dificultad y dolor. Pero eso no era lo que ocupaba sus pensamientos. Estamos presenciando los últimos cinco minutos de vida de este hombre. Sí, ni un minuto más, ni uno menos. Y este fantasma de hombre, desgastado, cuya imagen produciría tal compasión en quien lo ve por primera vez, carga con las penitencias de quien en vida fue, o es, ya que aún no ha dejado la tierra.

Si aquel dolor que el juez Enrique sentía en la fibra de cada hueso se multiplicará por diez mil, no alcanzaría a igualarse en ningún ápice de la aflicción que ha producido en otros. ¿Qué arma tan letal, tan mortífera ha tenido este señor en vida para lastimar a esa cantidad de gente? Este moribundo hombre, en sus años de carrera, cometió el lastimoso pecado de no ser quien debía ser, de no hacer bien lo que debía hacer. Mientras observa ese techo blanco, en estos cinco minutos de vida que le quedan y que solo nosotros sabemos, el juez López Piñero piensa en 1992, un año distante, pero no por ello menos presente. 

Tenía recién 31 años cuando se convirtió oficialmente en Juez. Ya había sido juez de paz durante 4 años, pero la experiencia era abrumadoramente diferente. El moribundo Enrique ve reflejado en aquel techo blanco de su habitación clínica, el blanco de los miles de papeles amontonados en su escritorio. En aquel color marfil que inundaba su escritorio y extraía su atención en la revisión de cada caso, vivían múltiples historias, múltiples conflictos, una gama de experiencias vividas por los sujetos involucrados, de fenómenos sociales que habían terminado en aquella vieja mesa de madera. El prematuro Juez de aquel recuerdo, leía con claridad aquellos papeles que llevaban a su sentido crítico a análisis deductivos que indican un sentido de la historia. Pero en un caso específico, el caso de una niña que había sido obligada bajo todo sentido, a casarse con su abusador, y que ahora demandaba al susodicho, los elementos eran claros. Absorto en aquellas memorias, Enrique piensa como hubiese deseado pecar de ingenuo en ese caso. Desearía que su sentencia hubiese tenido como sustento su idiotez e inocencia de recién instaurado en el caso. Lo hubiese dado todo, por tener en la conciencia el saber de qué él había sido tan mal juez, que había llegado a aquella condenable conclusión, por alguna cuestión de vulnerabilidad.

Pero la realidad es que Enrique López Piñero no era ingenuo, ni mucho menos un principiante en los lares de la injusticia. Por 5 míseros soles, había culpado a su hermano menor Juan, de romper el joyero de cristal de su madre, cuando lo había hecho su primo Fernando. No había tenido ningún remordimiento en adjuntar otros 100 soles entre la palma de la mano y su licencia de conducir, cuando la policía, en una batida al sur de Lima, detuvieron su vehículo y se percataron de que Enrique olía a trago, en aquella mañana de vísperas de año nuevo.

Hay una brecha decisiva entre responder a un sistema instaurado, enfrentando la inevitabilidad de caer en sus redes de atropello a los principios de una sociedad, y de colaborar para la construcción y supervivencia de dicho sistema. Enrique no solo había tropezado con aquel charco de lodo intrínseco a su contexto. En vez de salir del lodo y limpiarse los pies de aquel fango, lo agarró entre las manos y comenzó a embarrar a quienes se acercaban a su camino. Aquel moribundo hombre en la cama de un hospital, era la razón primaria por la que aquel sujeto que forzó a una niña a casarse con él, fue aquel día de la sentencia, el hombre más agraciado de la sala. El pago de dicha decisión, se transformó en un carro nuevo con el que Enrique recogió a su esposa embarazada de su control prenatal en aquel sombrío e invernal agosto.

Es así como poco a poco, una tabla de surf para su hijo, una casa de playa en Punta Hermosa, pequeños negocios, inversiones, etc. fueron la transformación del tormento de quienes osaban a caer bajo el poder de su golpe a la mesa. Pero al moribundo Enrique no solo se le puede acusar de ser un nefasto juez, sino que su injusticia tocó lo más profundo de su núcleo familiar. Constantes peleas y vasos rotos en la cocina en cada discusión que tenía con su esposa, su poca paciencia y dureza con su hijo único, quien cada verano se ve obligado a usar un traje de baño que cubra la espalda de aquellas runas de su espalda, producto de la fricción del cuero con la piel, de la correa con el hijo.

Enrique vuelve a parpadear para ver si el siguiente pestañeo le dará otro escenario que no sea el techo blanco de aquel hospital. Sin embargo, el blanco queda ante sus ojos. Blanco como aquel carro nuevo que compró en compensación a su familia. Este injusto hombre sabía lo que hacía, y en aquellos pocos momentos de lucidez, si bien era cobarde para pedir perdón, su silencio sobre el tema y un par de regalos parecían aligerar la atmósfera. Enrique siente un fuerte remordimiento en su estómago, como si es que un enjambre de abejas estuviera royendo en su interior por salir. Los pocos momentos alegres familiares que poseía representaron la ruina para otras. Es cierto que en muchos otros casos si tomó decisiones en base a la razón, pero un pasado marcado de buenas y malas decisiones, no representa que lo bueno debe tener solo halagos, ni que lo malo deba ser visto desde los ojos de la impunidad.

¿Quién le va a ofrecer justicia a este hombre?. En estos minutos restantes de su putrefacta vida, se topa con la verbalización de su pensamiento más recóndito, y al mismo tiempo el más veraz: Enrique López Piñero es un malnacido. Un abusivo, y en este preciso instante se está viendo ante el espejo de la razón. En ese mismo momento, ve reflejado en aquel techo blanco, las manchas de barro que ha hecho con las manos, las cicatrices de dolor que ha colaborado a producir.

Un hombre no puede ser juez de sí mismo, se recuerda con los ojos ardientes de dolor y asco hacia su propio ser. Siente como el calor húmedo baja por sus mejillas como ríos de sangre provenientes de las llagas de un animal herido. Su propio hijo, lo acompañaba en ese lecho de muerte no porque lo quisiese, sino porque le tenía miedo. Las sombrías existencias de aquellos que se vieron desfavorecidos en nombre de su nombre, recuerdan su cara, su voz, incluso su vestimenta a la perfección. Lo evocan en su memoria, en aquellos momentos donde describen las peores desgracias, las más tristes penas. 

“Debe haber una forma de perdonarme” piensa el juez con el pecho adelgazado subiendo y bajando cada vez más rápido. Debe haber una manera de perdonar al moribundo desgraciado que muere bajo la mirada atenta de todos sus fantasmas, de sus pecados.

En aquel desesperado momento de realización, de búsqueda de algo que haya valido la pena de su paso por la tierra en un momento de no vuelta atrás, este moribundo Juez se bifurca. De él surge aquella visión de un hombre bueno, parecido a él, un hombre más humano. Mientras cierra los ojos llorosos y aprieta las sábanas que lo cubren con los puños ansiosos, Enrique evoca a la imaginación para que lo salve de la profunda decepción de su ser. El pudo haber sido un mejor hombre, pudo haber agarrado aquella mano diminuta de su pequeño Ignacio mientras avanzaba temeroso por las salvajes calles de la ciudad, el pudo haber escuchado el lado racional, debió de haber apagado aquel lado ardiente y ambicioso de su ser, deseoso e insaciable de sí mismo. Tal vez así sería un hombre más rico de lo que fue en esta triste vida plagada de malas decisiones. 

Sí, ya casi podemos ver claramente a aquel hombre justo al que Enrique evoca con el deseo. Ya casi podemos sentir su bondad, su racionalidad en un mundo frívolo y contradictorio. Pero a medida que su cansancio aumenta, el viejo puede sentir a aquel sueño de hombre justo desaparecer lentamente. No, eso no puede pasar, no puede permitirlo. Debe haber algo que podamos hacer. En medio del alboroto en sus procesos mentales, aquel juez moribundo, desesperado, comienza a gemir y llorar, desesperado. Todavía puede pedir ayuda, pedir ayuda para salvar su sueño anónimo, salvar a aquel hombre bueno que pudo haber sido, darle brazos, pies y cabeza y que camine en los senderos de este caótico e injusto mundo. Su pulso va acelerándose, su pecho duele cada vez más, en cada movimiento involuntario que da, pero no importa, porque va a pedir ayuda, no para su pobre cuerpo, sino para su desgastada alma.

Enrique en este momento de lucidez energética, con un nudo en la garganta y una pesadez que lo presiona contra la cama, extiende su mano hacia el timbre de llamada adherido al fierro blanco de la cama. Todavía podemos salvarlo.

La taquicardia le golpea el pecho como un tambor golpea en el desarrollo de una protesta. Sus respiraciones se entrecortan, el aire no circula, hay tráfico en aquellos malgastados pulmones. Un dolor sentido como un relámpago, lo azota en lo más profundo de su ser. El cansancio penetra cada poro, fibra, pensamiento. Enrique está cada vez más agotado, cada vez más solitario, y es en ese estado melancólico, deja que sus ojos se entrecierran, en búsqueda de claridad para enfocar aquel timbre, para aquella llamada de auxilio. Pero no los abre.

El hombre más justo del mundo ha muerto, y no hay nada que podamos hacer por él. Indefensos, rabiosos y tristes por aquel sueño de hombre jamás cumplido, por aquella expectativa jamás cumplida, despedimos también al hombre más impotente del mundo, quien murió el mismo día, a la misma hora, en aquella misma cama de aquel mismo hospital, pero que era tan ajeno a las bendiciones que cargaba su sueño hecho hombre, aquel sujeto justo que pudo haber sido. Y aunque el Juez Enrique López Piñero fue la encarnación de la vergüenza y la deshonradez, durante esos 5 minutos de moribundo, estuvo más cerca de la justicia que de la muerte.