Carla Sagástegui

Doctora en Arte, Literatura y Pensamiento por la Universidad Pompeü Fabra y docente de la PUCP

La literatura es un arte fundamental en el que la representación de nuestras historias, emociones y sentimientos, con el poder en mano de la palabra y a través de propuestas discursivas y plásticas, va sedimentando un saber acerca de la condición humana que nos da herramientas para enfrentar los desafíos que la diversidad de contextos en los que nos desenvolvemos nos presentan día a día en cada una de nuestras sociedades. Sus personajes se nos proponen como experiencias de empatía. Es el arte, sin duda de ponernos en el lugar del Otro y comprender o cuestionar las respuestas ante las luchas que los conflictos literarios plantean a sus protagonistas en sus tramas de romance, de comedia o de tragedia.

Con ella podemos retroceder miles de años y aún así, encontrar en los diversos caminos que siguen sus protagonistas, la prueba de que las necesidades humanas continúan siendo muy similares a pesar de las diferencias históricas o culturales. Conscientes de esta potencialidad literaria, en cada cultura encontramos cómo tanto desde los espacios de poder como desde aquellos de la resistencia, las personas encargadas de preservar tradiciones, así como espacios de confrontación y debate en sus sociedades, han hecho uso de la literatura para educar nuestra imaginación y fortalecer la convivencia esperada.

En el año 1986 el Perú llevaba ocho años de conflicto armado interno (CAI). El conflicto se había originado en Ayacucho, bajo la sombra de Abimael Guzmán, profesor universitario que desde fines de los años setenta, había empezado a azuzar a jóvenes estudiantes, hombres y mujeres, a través de discursos apocalípticos, sangrientos, plenos de imágenes infernales de cómo combatir al enemigo y de cómo estar realizando un cambio en la historia de la humanidad donde la vida y la dignidad  de cada persona pierden sentido en comparación al sacrificio descomunal que se exigía a los combatientes. Gonzalo Portocarrero (2012) estudió con atención estas representaciones míticas y proféticas que año tras año fueron cobrando vida en las fosas donde fueron enterrados tantos peruanos y tantas peruanas asesinados por Sendero Luminoso o los policías y militares que los combatían en los pueblos del sur del Perú. Ya para el año señalado, 1986, las huestes senderistas y sus simpatizantes habían recreado en Lima atentados, cortes permanentes de electricidad y asesinatos seleccionados en medio de una terrible crisis económica y social.

Ese año se publica una obra literaria fundamental para la problematización del CAI: la breve novela Adiós Ayacucho de Julio Ortega (1986).  En la novela se narra la esperpéntica historia de un dirigente campesino, Alfonso Cánepa, cuyo cuerpo no muere con su cruel disección, sino que se enrumba a Lima para conseguir que el mismo Presidente de la República, Fernando Belaúnde en los años de la ficción, junte sus restos faltantes y le otorgue un digno entierro. En el particular camino que toma lo que queda de su cuerpo, va presentándonos a estudiantes, soldados, policías, curas, en fin, a funcionarios característicos de la guerra interna que portan tan solo sus propios intereses. A diferencia de la profunda ironía de esta obra, dos años después la entrega del cómic Luchín Gonzales de Juan Acevedo (1988) suma una nueva perspectiva, más testimonial. Luchín Gonzales es un periodista escolar que en el cómic quiere obtener respuestas y explicaciones a todo aquello que está sucediendo: ha llegado a un pueblo joven habitado por inmigrantes de una comunidad andina, donde uno de ellos le ha contado como llegó hasta Lima escapando de la violencia tanto de Sendero Luminoso como del Ejército. Ambas publicadas en Lima se proponían que llegara a la capital el sufrimiento ayacuchano.

Poco tiempo después, en 1990, el grupo de teatro Yuyachkani, palabra quechua que significa “estoy pensando, estoy recordando”, lleva Adiós Ayacucho a las tablas. El grupo, que había sido fundado en 1971, contaba con un método teatral y una propuesta pedagógica, orientados a involucrar al espectador y provocar de manera apasionada una introspección respecto de nuestro pasado y nuestro presente. En ese mismo momento, Sendero Luminoso empezó a atacar Lima y aunque en 1992 se captura a Abimael Guzmán, el conflicto no se detuvo hasta el año 2000, año en el que el dictador Alberto Fujimori renuncia a la presidencia acusado de corrupción y crímenes de lesa humanidad. Ese mismo año, el grupo Yuyachkani puso en escena la versión libre que hiciera el poeta José Watanabe de la Antígona de Sófocles. Una obra que se había representado por primera vez en el año  441 a. C. en Atenas y que veinticuatro siglos después aún nos interpelaba acerca de qué hacer con nuestros muertos, aquellos caídos en las guerras entre hermanos.

Cabe recordar que la tragedia, para los griegos, no era un montaje o espectáculo de entretenimiento, sino que se trataba de un espacio ritual reservado para la catarsis en favor de la polis, una ciudad estado que buscaba que sus ciudadanos contaran con momentos de reflexión acerca de las decisiones de gobierno y ciudadanía que habían de tomarse. El dilema que plantea Antígona es muy doloroso: sus hermanos acaban de matarse el uno al otro luchando por el trono de Tebas, el cual recae en el tío de ambos, Creonte. Para el que no quería ceder el trono, aunque ya no le correspondía, el nuevo rey dispone que sea enterrado como honores; al hermano que traicionó a Tebas y la destruyó con tal de recuperar el poder que se le había quitado, se le prohíbe el entierro. Antígona, hermana de ambos, ¿qué ha de hacer? Pues realiza un sencillo ritual de entierro para su hermano traidor, y por ello es capturada y se habrá de cumplir la orden del tío: se quitará la vida a quien se atreva enterrar al hermano invasor. Todo se trastoca cuando Creonte descubre que es su sobrina y además, amor de su hijo Hemón. Pero cuando atormentado, el rey decide perdonarla, ya es tarde, pues ella y su amado se han quitado la vida.

¿Podemos juzgar a Antígona ante la disyuntiva que se le presenta? Entre ser tebana, pero ser hermana del traidor, ¿tiene razón en su reclamo? La tragedia, como bien señala Northrop Frye en su Anatomía de la crítica (1957), nos impide el juzgar a quien protagoniza la obra: apenas empezamos a sentir piedad o a atemorizarnos ante la radicalidad de su decisión, notamos que pudo tomar otro camino fruto de una resolución quizá desapasionada, pero que en el contexto de los acontecimientos era imposible que ocurriera. Enterrar al hermano, al familiar caído, implica, pues, dejar de lado los delitos cometidos, suspender la culpa durante el rito y conducirnos a un silencio pleno de solemnidad ante un dolor que de otra cosa trata.

En la adaptación de Watanabe hay algunos cambios. Dos son importantes: Creonte representa la dureza de un gobernante peruano que nunca se interpela, como sí lo hace el personaje de Sófocles; y la cuarta hermana, Ismene, que casi desaparece en la tragedia ateniense, cobra un protagonismo inesperado al ser ella quien guarda la memoria y nos cuenta ritualmente lo acaecido.

Un año después de su estreno, se crea la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (2001-2003), encargada de esclarecer el proceso, los hechos y responsabilidades de la violencia terrorista y de la violación a los derechos humanos producidos desde mayo de 1980 hasta noviembre de 2000, atribuibles tanto a Sendero Luminoso y a otras organizaciones terroristas como a los agentes del Estado. Para cumplir con este mandato y también llegar a proponer recomendaciones que afirmaran la paz y la concordia entre los peruanos, la CVR visitó los escenarios del conflicto y recogió los testimonios de sus familiares y de víctimas que habían logrado sobrevivir. Cuando la CVR visitó Ayacucho para realizar audiencias y otras acciones públicas como vigilias en homenaje a los desparecidos, incorpora como parte de las actividades de sensibilización y reflexión a Yuyachkani, que de inmediato presenta Antígona y Adiós Ayacucho. La intención, sin duda, era lograr la catarsis de un público dolido, recién escuchado, dispuesto a rebuscar en su memoria al tiempo que implantar una solemnidad respetada y compartida, conducido a la reflexión antes que a la venganza o al olvido.

Quizá con Antígona se da inicio a una tradición literaria peruana sobre el conflicto armado interno que no busca llenarnos de personajes ejemplares, sino de resituarnos ante bifurcaciones que no cesan de abrirnos preguntas que sin duda alguna nos afectan. Esta afirmación se sostiene al menos en dos obras literarias tomadas como ejemplo. En las dos, de carácter testimonial, confluyen la proclividad de la narrativa contemporánea por llevar la propia vida al texto, así como a preguntarse por la herencia que dejan estos acontecimientos en los familiares, las amistades, en colegas y vecinos, en fin, en las vidas de peruanas y peruanos que estuvieron tan cerca de víctimas y de perpetradores. Una es Memorias de un soldado desconocido (2012) del antropólogo Lurgio Gavilán, quien al salir de niño salió en busca de su hermano, entró a muy corta edad en las filas de Sendero Luminoso. Herido en combate, fue rescatado por un teniente del Ejército peruano, hasta que la Iglesia católica despertó en él una vocación religiosa que luego sería reemplazada por otra antropológica y, cabría añadir, otra literaria. Así, las bifurcaciones no cesan. Pocos años después aparece el ensayo Los rendidos. Sobre el don de perdonar (2015) de José Carlos Agüero, hijo de senderistas asesinados cuando él era un adolescente. Libro lleno de incesantes reflexiones acerca de cómo vivir con la culpa mientras que se requiere de mucha compasión por todo lo sufrido por la manera en que su padre y madre fueron muertos con crueldad durante el conflicto. Quizá sea la obra de Agüero la que expone con mayor claridad, pero sin ninguna respuesta aquello que Frye llama el Augenblick o momento decisivo, punto a partir del cual el camino hacia lo que pudo haber sido y el camino hacia lo que ha de ser pueden verse simultáneamente por el público, pero que el héroe no puede ver porque ese momento decisivo es para él un momento de vértigo, cuando la rueda de la fortuna ha iniciado su inevitable movimiento cíclico hacia abajo.


BIBLIOGRAFÍA

Acevedo, Juan. Luchín González 1. Lima: CEAPAZ, 1988

Agüero, José Carlos. Los rendidos: Sobre el don de perdonar. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 2015

Frye, Northrop. Anatomía de la Crítica: Cuatro ensayos. Caracas: Monte Ávila, 1977

Gavilán, Lurgio. Memorias de un soldado desconocido. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 2017

Grupo Cultural Yuyachkani. Adiós Ayacucho [videograbación]. Lima: Grupo Cultural Yuyachkani, 2009.

Grupo Cultural Yuyachkani. Documentos de teatro. Lima: Hemeroteca de la Biblioteca Central PUCP, 1980, 1982, 1992.

Ortega, Julio. Adiós, Ayacucho. Lima: Mosca Azul Editores, 1986

Portocarrero, Gonzalo. Profetas del odio. Raíces culturales y líderes de Sendero Luminoso. Lima: Fondo Editorial de la PUCP, 2012

Sófocles. Ayax, Antigona, Edipo rey. Navarra: Salvat, 1969.

Watanabe, José. Antígona: versión libre de la tragedia de Sófocles. Lima: Yuyachkani,  COMISEDH, 2000

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