La tensión entre los modelos de las representaciones sociales y la Fenomenología: Reflexiones filosóficas sobre el método de las ciencias de la conducta

La tensión entre los modelos de las representaciones sociales y la Fenomenología: Reflexiones filosóficas sobre el método de las ciencias de la conducta

 

Nicole Oré Kovacs

Psicóloga y docente en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas y la Universidad Antonio Ruiz de Montoya


En este breve ensayo me propongo esbozar una tesis que, espero, resuelva la situación de ruptura a la que me llevó la práctica de la investigación cualitativa y la asesoría de proyectos de investigación. Dicha tesis tiene su asidero en una crítica a la ingenuidad con la que se trata la metodología de la investigación desde el enfoque cualitativo, más específicamente, a la evidente incoherencia que supone plantear investigaciones que pretendan indagar sobre las representaciones sociales de los individuos y grupos a partir de una metodología fenomenológica. Ahora bien, para comprender las dimensiones y alcances de tal contradicción, resulta necesario, en principio, sumergirse brevemente en la teoría de las representaciones sociales –formulada originalmente por Serge Moscovici– desde el campo de la psicología social, así como también revisar sus principales orientaciones metodológicas. Por otra parte, con el fin de ilustrar la oposición identificada en sus planteamientos metodológicos, examinaré los principios de la investigación fenomenológica planteados por Edmund Husserl con el objeto de liberar a la psicología de sus pretensiones naturalistas y recuperar su valor como disciplina de investigación inmanente de los fenómenos psíquicos. Finalmente, considero pertinente señalar que si bien abordaré el tema desde el punto de vista de la psicología social, este es igual de relevante para fundamentar la práctica rigurosa de la investigación de otras disciplinas que estudian la conducta humana, tales como la ética, la sociología, la ciencia política y el derecho.

1.- Las teorías y métodos de las representaciones sociales.

Planteada inicialmente por Moscovici (2004) desde una orientación psicoanalítica, esta teoría ha sido revisada y reformulada por la psicología social; ella es aplicada a distintos “objetos” psicológicos y abordada metodológicamente desde enfoques tanto cualitativos como cuantitativos. Moscovici destaca esta versatilidad de la representación social, al ubicarla en la encrucijada entre conceptos sociológicos y psicológicos que requieren de aclaración. En ese sentido, dado que la representación social considera que no es posible separar el mundo interior y exterior de individuos y grupos, esto origina que la distinción entre sujeto y objeto se diluya en un espacio común indeterminado. El objeto, a juicio de Moscovici, “está inscripto en un contexto activo, móvil, puesto que, en parte, fue concebido por la persona o la colectividad como prolongación de su comportamiento, y sólo existe para ellos en función de los medios y métodos que permiten conocerlo” (ibid. p. 33).

Así pues, aquella disolución describe el proceso a través del cual; por un lado, el objeto es consecuencia de la actitud representativa del sujeto y; por otro lado, este último se constituye a partir de la organización de las representaciones que determinan su universo social y material. Dicho de otro modo, el sujeto es determinado por las representaciones del objeto y este es, a su vez, consecuencia de la construcción de representaciones. En este sentido, en tanto guía del comportamiento, la representación social prepara para la acción y remodela los elementos del contexto en el que esta tomará lugar. Es decir, en la medida que el sujeto o colectivo tiene una imagen u opinión del objeto formulada con anterioridad a la experiencia en sí misma, las representaciones anteceden a la vivencia del fenómeno.

Como se observa, en tanto resultado de una serie de procesos cognitivos que le otorgan un sentido de coherencia al contexto vital de los individuos, es evidente el lugar que ocupan las imágenes y las creencias para la representación social. No cabe duda que, además de la coherencia producto de la proyección de las representaciones en la realidad, estas permitirían comprender, controlar y predecir los contextos de acción y; por ello, se establecen como fuentes de orientación para los individuos. Por esta razón, las representaciones son de utilidad para organizar la multiplicidad de situaciones que experimentamos, de manera que la interacción con las mismas y los procesos de toma de decisiones fluyan sin complicaciones (Rateau, Lo Monaco, 2013). Por supuesto, en la medida en que las representaciones son elaboradas y transmitidas a través del lenguaje, estas actividades no se realizan de manera aislada, sino más bien siempre en interacción con otros agentes. Más específicamente, se presentan como un complejo de elementos cognitivos vinculados a un objeto social que se caracteriza por (1) ser organizado estructuralmente; (2) ser compartido por el mismo grupo social; (3) ser producto de la acción colectiva a través de un proceso comunicativo y (4) ser socialmente útil al orientar las prácticas comunitarias. Además, puesto que su actualidad es resultado de la existencia de representaciones previas que otorgan sentido a la representación desarrollada en el presente, posee carácter histórico.

Dicho esto, es necesario indicar que las orientaciones teóricas posteriores a la de Moscovici distinguen y valoran diversos elementos de la representación social (ídem). Por ejemplo, el modelo sociogenético se preocupará por explicar la emergencia espontánea de una representación a partir de la información, focalización e inferencia de la misma, fenómenos que a su vez se constituyen en virtud de los procesos de objetivación (i. e. simplificación, esquematización y traducción en imagen del objeto de la representación, a través de su extracción del contexto y sometimiento a una selección cultural para su posterior proyección en el mundo) y anclaje (i. e. el modo en el que el objeto encuentra su lugar en el esquema de pensamiento que preexiste en los individuos y en los grupos). Paradójicamente, el hecho de que para este modelo la representación social sea producto de la objetivación del fenómeno y su posterior anclaje en el sistema de creencias, hace que esta aparezca como “innovadora y estable, móvil y rígida” (ibid. p.30). Esta orientación admite diseños metodológicos vinculados a la descripción, particularmente desde un enfoque cualitativo de análisis del discurso y de las prácticas sociales.

Asimismo, el modelo estructural de la representación social busca profundizar en el proceso de objetivación planteado por Moscovici; para ello, estudia a la representación a partir de la identificación de su núcleo central (i. e. las representaciones cognitivas estables que garantizan la permanencia de la representación y promueven la generación de sentido y organización de la realidad) y los elementos periféricos (i. e. la parte concreta y operacional de la representación que se vincula a la contingencia cotidiana y permite adaptar la representación a distintas situaciones sociales). En tal sentido, a través de la formulación de hipótesis sobre las representaciones que permiten a los individuos adaptarse a los cambios en su contexto, este modelo hace posible estudiar las “representaciones estables”, de modo que la metodología experimental sea la más propicia para tal fin.  En contraposición a los modelos anteriores, el modelo sociodinámico propone una teoría desde el proceso de anclaje propia del modelo sociogenético para explicar la inserción de las representaciones en los contextos sociales e ideológicos. Por lo tanto, esta perspectiva se enfoca en la identificación de las representaciones compartidas por un grupo de individuos que toman una posición y organizan sus diferencias personales a través de metodologías multivariadas, multidimensionales y cuantitativas (Rateau y Lo Monaco, 2013).

Hasta este punto, resulta evidente que, a pesar de sus diferencias, lo que emana de ambas orientaciones teóricas es tanto su comprensión de tipo cognitivista y procedimental de las representaciones sociales como su orientación metodológica descriptiva y/o hipotético-deductiva. Cabe señalar que el papel del lenguaje resulta incuestionable, concebido aquí como el proceso cognitivo a través del cual se formulan las representaciones y se proyectan al universo social para su consecuente transmisión. Es por medio del lenguaje que las representaciones encuentran un asidero de sentido –que se construye– y una vía de difusión social, lo que pone de manifiesto el carácter simbólico interpretativo de la representación. Así pues, este uso particular del lenguaje se asemeja al de las teorías nominalistas, las cuales entienden la función del lenguaje en términos de la construcción del pensamiento a través de definiciones que permitan esclarecer la experiencia (Taylor, 2018). Desde esta perspectiva, se comprende el lenguaje como aquello que potencia las facultades representacionales, pues permite a los sujetos controlar y dominar el pensamiento y la experiencia. Como he señalado anteriormente, se podría incluso concebir la representación como aquella idea sobre el mundo que determina la actitud del individuo; y, en tanto construida a partir de representaciones previas, antecede siempre a la experiencia en sí misma. Precisamente, lo que caracteriza a una psicología naturalista es privilegiar los procedimientos descriptivo-experimentales como el recurso metodológico más pertinente para describir rigurosamente los fenómenos psicológicos. Desde este enfoque, la descripción de las representaciones debe llevarse a cabo en virtud de la formulación de hipótesis y la posterior verificación de su correspondencia con la realidad.

2.- La fenomenología como crítica al positivismo: Una propuesta metodológica.

Edmund Husserl concibe la fenomenología como un método y una actitud intelectual, ambos de especificidad filosófica (Husserl, 1982), con el propósito de establecer el fundamento de una filosofía verdaderamente científica y rigurosa. De modo similar, Martin Heidegger consideraba la fenomenología como una perspectiva metodológica que caracteriza el proceso que ha de seguir la conciencia para acceder al ser de los objetos propios de la investigación filosófica. La disciplina fenomenológica formula la máxima de dirigir la atención “¡a las cosas mismas!” (Heidegger, 2018, p. 37) para salir de la lógica de recepción pasiva de conceptos y pseudopreguntas que no hacen más que alejarnos de la cuestión originaria por aquello que se manifiesta, que se anuncia a través de los fenómenos, vale decir, el ser. Desde esta aseveración, empieza a esbozarse una de las diferencias entre la teoría de la representación social y el método fenomenológico, pues este último surge de una necesaria y firme crítica a la teoría del conocimiento naturalista, cuestionamiento que, además, lleva implícito en su fundamento el vínculo entre la epistemología y la ética.

El énfasis del método radica en la asunción de una actitud específica, aquella que vuelve la mirada hacia la experiencia puramente psíquica del fenómeno. Se trata de una “mirada experimentadora sobre el psiquismo” (Husserl 1992, p. 35) que requiere de cierto giro reflexivo, un cambio del eje atencional hacia la experiencia misma de la conciencia que entra en contacto con los fenómenos, hacia la vivencia psíquica en cuanto tal. Es a través de la vivencia que se aprehenden los fines puros y simples de los fenómenos psíquicos en cuanto conciencia-de o aparición-de; es decir, como conciencia intencional de aquello inmanente a la vivencia misma. De esta forma, la fenomenología instaura una sólida crítica a la psicología naturalista que pretende trasladar los métodos de las ciencias naturales al estudio de los fenómenos psíquicos, puesto que esta se fundamenta −de un modo ingenuo− en un rigor científico que no hace más que pretender describir de una forma “objetivamente válida” aquellos datos evidentes en una ‘naturaleza psíquica’ ya dada que funciona según leyes naturales supuestamente exactas. Es por esta razón que la psicología fenomenológica inaugura la tarea universal de

(…) explorar sistemáticamente las configuraciones típicas de las vivencias intencionales, de sus variantes posibles, de sus síntesis en nuevas configuraciones, de su edificación estructural desde intencionalidades elementales, y, a partir de ahí, avanzar hacia un conocimiento descriptivo de las vivencias en su integridad, del tipo total de una vida del alma (Husserl, 1992, p. 36).

Para tal fin, es necesario que el método fundamental de acceso al campo del fenómeno sea el de la reducción fenomenológica que Husserl describe como el presupuesto de todos los métodos específicamente teóricos. En contraste con la metodología de la representación social, que como vimos anteriormente, requiere de la objetivación del objeto de la representación y su consecuente anclaje en el sistema de representaciones previas que yacen en la mente del individuo que aprehende el mundo, la reducción fenomenológica precisa de la ejecución del acto reflexivo que inhibe la asunción de cualquier posición objetiva, impidiendo así que sus consecuentes juicios penetren en la vivencia intencional del fenómeno en cuestión. La vivencia intencional ha de describirse, por supuesto, pero deberá describirse también la conciencia como tal. Por ello, la epojé universal explica cómo el “tomar conciencia” implica desconectarse del mundo natural, aquel que simplemente existe (el mundo del positivismo y de la actitud natural) para acceder al mundo consciente de tal o cual cosa; es decir, al mundo como fenómeno. De ahí que el método de la reducción fenomenológica consista en (1) la epojé metódica y consecuente (noesis como acto del pensar) y (2) la aprehensión y descripción de las apariciones del objeto de la conciencia y de sus unidades de sentido (noema como objeto del pensamiento).

Es claro por lo dicho aquí que la fenomenología no es una mera “investigación de fenómenos”, sino una forma sistemática y metódica de dar cuenta de la vivencia del fenómeno desde sí misma. Lo que propone la fenomenología es recuperar el valor de la experiencia fenomenológica, considerada como la única experiencia interna genuina, que ha de ser proseguida ad infinitum, en tanto el método puede ejecutarse y purificarse a niveles cada vez más precisos y específicos. El fenómeno es considerado aquí no como una unidad sustancial con una serie de propiedades reales o de partes que mantienen un vínculo causal. Más bien, según Husserl (2009), es absurdo atribuirle una naturaleza fija a los fenómenos, pues estos son aquello que aparece y desaparece, que no conserva permanentemente su ser y que, además, no puede ser objetivamente determinable, como sí lo serían, en cambio, las representaciones. Por otra parte, el método reductivo de acceso a esta clase de fenómenos admite el paso de la experiencia de sí mismo a la experiencia de lo ajeno, con tal que de este pueda efectuarse la epojé y posterior descripción de aquello que aparece como subjetivo. De la misma manera, a nivel de la experiencia comunitaria, el método no se reduce a los campos intencionales individuales o aislados, propios del sujeto, sino a la unidad de una vida colectiva, para lo cual sería necesaria la ejecución de una reducción intersubjetiva.

Como se observa, el rigor del método fenomenológico radica en el descubrimiento y la descripción de la tipología apriorística que sostiene la posibilidad de pensar el yo (agente consciente), la conciencia y los fenómenos psíquicos. Ahora bien, este a priori se distingue de aquel propio de las ciencias naturalistas en tanto requiere: (1) describir lo particular de la esencia de una vivencia intencional; (2) explorar la configuración singular de aquella vivencia; (3) exponer y describir la esencia de la configuración de una vida anímica en general y (4) señalar la nueva dirección respecto a la forma habitual de entender el yo como sujeto de convicciones permanentes, como sujeto de costumbre, depositario de un saber adquirido.

3.- El talante naturalista de las representaciones sociales.

Este ensayo propone evidenciar la contradicción metodológica que supone postular un planteamiento fenomenológico para estudiar las representaciones sociales. Como he expuesto, los principios de la teoría de las representaciones sociales surgen de una psicología empírica que diseña la descripción de la naturaleza de la representación y sus cualidades, así como los modos que determinan la actitud de los individuos. Esta aproximación es, sin duda, útil para explorar las experiencias válidas –conectadas metodológicamente a la lógica de la experiencia− y para elaborar conocimiento que sea “objetivamente válido”, en la medida que sus datos sean verificables en un contexto social. En contraste, la fenomenología, como perspectiva crítica de este tipo de psicología, propone más bien ocuparse de la conciencia pura que surge de la actitud fenomenológica. Al enfocarse en la conciencia actitudinal frente a la experiencia, la metodología propia de la representación social olvida aquello que la antecede, a saber, los fenómenos conscientes en sí mismos. En ese sentido, Husserl (2009) sostiene que el problema gnoseológico radica en la confusión entre el estudio de la conciencia pura y la conciencia empírica, dado que esta última “naturaliza” la conciencia con el propósito de hacerla inteligible, cuando lo que hace, paradójicamente, es ocultar su esencia.

Así pues, la descripción de las representaciones sociales, parasitaria de las propuestas metodológicas naturalistas, rehúye el análisis puro y directo de la conciencia que es el aporte propio de la fenomenología. El giro reflexivo que propone Husserl nos llevaría a considerar a la fenomenología como la condición previa a la formulación de representaciones y a la asunción de una actitud específica ante la experiencia del objeto. En esta línea de pensamiento, no es posible realizar un análisis inmanente de la conciencia a través de las representaciones, pues resulta claro que corresponden únicamente al campo de los objetos. Ciertamente, se recurre a ellas para comprender y describir objetivamente la experiencia, pero cosificándola, lo cual entra en contradicción con una aproximación fenomenológica de las vivencias intencionales.

Por consiguiente, la existencia individual y psíquica establece diferencias entre el método de la psicología empírica y la psicología fenomenológica. La teoría de las representaciones sociales plantea un método descriptivo-interpretativo que sitúa a los fenómenos psíquicos y sociales a nivel de la naturaleza objetiva. Sin embargo, no todo lo fenoménico es fenomenológico. Las representaciones “están ahí” para ser descritas, revisadas, replanteadas y transmitidas a través del lenguaje, determinando la actitud de los individuos hacia ellas mismas. En cambio, la fenomenología sitúa el acto reflexivo a nivel de la introspección, al nivel de la vivencia del fenómeno y la emergencia de su ser, la cual contempla más bien lo inmanente, es decir, aquello que se ha de explicar desde sí mismo.

Con esta breve revisión teórica, no pretendo desestimar la teoría de las representaciones sociales ni asumir una posición radicalmente fenomenológica. El motivo de esta reflexión obedece a la necesidad de contribuir con una visión de la epistemología de las ciencias sociales y las ciencias de la conducta que haga justicia a las exigencias de rigor teórico y metodológico tan necesarias en el campo de la investigación. Asimismo, estas exigencias alcanzan al ejercicio de la deliberación propio del cultivo de la ética y la política. Finalmente, deseo recalcar que las investigaciones planteadas acríticamente, que no reflexionan sobre el método a seguir, pueden inducir al error al pretender construir un saber sobre el mundo. En consecuencia, ellas podrían incurrir en graves situaciones de injusticia epistemológica que ponen en riesgo la integridad de los individuos y las comunidades a las que pertenecen quienes voluntariamente se disponen a dar cuenta de sus experiencias de vida.


Referencias

Heidegger, M. (2018). Ser y Tiempo. Madrid: Trotta.

Husserl, E. (1982). La idea de la fenomenología. México D.F.: Fondo de Cultura Económica.

Husserl, E. (1992). Fenomenología. En Invitación a la fenomenología (pp. 35–73). Barcelona: Paidós.

Husserl, E. (2009). Filosofía Naturalista. En La filosofía, ciencia rigurosa (p. 86). Encuentro.

Moscovici, S. (2004). La Psychanalyse, son image et son public. https://doi.org/doi:10.3917/puf.mosco.2004.01.

Rateau, Patrick; Lo Monaco, G. (2013). La Teoría de las Representaciones Sociales : Orientaciones conceptuales , campos de aplicaciones y métodos. Revista Latinoamericana de Psicologia, 6(1), 22–42.

Taylor, C. (2018). Fuentes del yo. La construcción de la identidad moderna. Barcelona: Paidós.