Gonzalo Gamio Gehri

Doctor en Filosofía por la Universidad Pontificia de Comillas (Madrid, España). Actualmente es profesor en la Pontificia Universidad Católica del Perú y en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Es autor de los libros Tiempo de Memoria. Reflexiones sobre Derechos Humanos y Justicia transicional (2009) y Racionalidad y conflicto ético. Ensayos sobre filosofía práctica (2007). Es autor de diversos ensayos sobre filosofía práctica y temas de justicia y ciudadanía publicados en volúmenes colectivos y revistas especializadas del Perú y de España.

 

1.- Entre lo posible y lo imposible.

Una de las claves importantes de saber vivir consiste en encarar de un modo inteligente las diversas situaciones de la vida. Las excelencias del intelecto y del carácter que los agentes deben poner en ejercicio están dirigidos a enfrentar lúcidamente el futuro. Eventos propicios y adversos constituyen escenarios con los que a menudo tenemos que lidiar. Lo que describimos como el ejercicio de la “razón práctica” (noús praktikós) está asociado a los modos de pensar y de actuar en tales situaciones. Ellas ponen a prueba nuestra perspicacia y excelencias; salir airoso de ellas depende en buena medida de su ejercicio, pero también, de alguna manera, del concurso de la fortuna, la misteriosa tyché.  

El futuro es un asunto complejo e incierto. Aquí resultan sumamente esclarecedoras las reflexiones del pensador de la religión John D. Caputo. En su libro Sobre la Religión distingue dos tipos de futuro que se despliegan en la experiencia de los agentes [1]. En primer lugar, tenemos el futuro presente. Se trata de una suerte de “prolongación tranquila y segura” del tiempo presente. El tiempo transcurre sin mayores rupturas ni eventos imprevistos. Se trata del futuro que la mayoría de las personas deseamos vivir. Cuando a alguien le formulan una pregunta del tipo “¿Cómo te imaginas de aquí a cinco años?”, lo que generalmente funciona como respuesta es una suerte de proyección del tiempo presente, una continuación previsible de los eventos actuales. Veo crecer a mi hijo y convertirse en un adulto, afianzo mi posición como profesor en la Facultad, publico los dos libros que vengo preparando sobre ética y ciudadanía, cierro mi préstamo bancario y así en otros casos. La premisa de aquella respuesta es “si las cosas continúan como hasta ahora, entonces…”.

Pero tenemos también el futuro absoluto. Se trata de otra experiencia, completamente diferente. Aquí el futuro ingresa sin tocar la puerta, haciendo pedazos nuestros planes y pronósticos, echando sus cartas en nuestra vida, sin avisar. No sucede nada de lo que habíamos previsto; antes bien, debemos enfrentar situaciones radicalmente nuevas, que no habíamos avizorado, que conmueven las bases mismas de nuestra existencia. La muerte de un ser querido, una crisis laboral importante, problemas financieros, etc. Estas vivencias llevan a su límite los alcances de lo posible. Ellas nos impulsan incluso a replantearnos la dirección que podrán tomar nuestras vidas o nos desafían a que reformulemos un relato coherente acerca de ella. Nuestras capacidades a menudo se ven rebasadas por la irrupción de ese futuro. Caputo describe esta experiencia como el contacto con lo imposible.

Las personas contamos actualmente con todos los recursos disponibles para entender lo que es el futuro absoluto y su impacto en los diversos aspectos de nuestra existencia. Estamos enfrentando una pandemia que nos ha forzado a recluirnos en nuestras casas, ha cobrado la vida de cientos de miles de personas en el mundo y ha dejado sin trabajo a millones. Vivimos en medio del temor a causa de una crisis sanitaria y financiera única en la historia de la humanidad. Hace apenas unos meses no sospechábamos que esto podía suceder. Pero tenemos que encarar este acontecimiento, con todas sus consecuencias. Las vicisitudes de la tyché echan luces sobre quiénes somos realmente. Somos seres mortales y vulnerables, que nos vinculamos al mundo a través del lenguaje y el cuerpo. Somos agentes capaces de lógos y de imaginación, a través de los cuales podemos elegir cursos de acción y formas de vida razonables y consistentes. Nos interpretamos a nosotros mismos en el curso del tiempo mientras caminamos inexorablemente hacia la muerte. No obstante, una fe (razonada) en el triunfo final del bien, la esperanza que experimentamos frente al porvenir, así como el amor que entregamos pueden contribuir a que, después de todo, la muerte no tenga la última palabra y que las cosas puedan tener un sentido.

2.- Lo imposible y el ‘sentido religioso de la vida’.

El futuro absoluto es un fenómeno complejo. Se trata de lidiar con situaciones que se revelan, en principio, “inmanejables”. No contaba con los recursos para hacerme cargo de esta situación; tampoco estaba en capacidad de enfrentar los escenarios que se configuran a partir de este conflicto. Por supuesto, el futuro absoluto no se presenta necesariamente adverso. El curso de los acontecimientos puede dar un giro inusitadamente positivo. Mis colegas pueden promover sorpresivamente mi candidatura a un cargo de singular responsabilidad en mi departamento académico. También puedo ganar la lotería y acelerar así mis planes en diversos aspectos de orden material. Solo estoy poniendo ejemplos que pueden ilustrar mi punto. Estas consideraciones llevan a Caputo a ingresar al terreno específico de las religiones, pues la experiencia de lo imposible nos conduce “a donde solo Dios sabe”, pero yo prefiero de momento quedarme a este lado del río. Pretendo examinar este asunto desde la perspectiva instalada en la experiencia de la finitud, no desde el horizonte de las interrogantes religiosas o teológicas. Es cierto que cuando Caputo describe el sentido religioso de la vida no se refiere al contacto con el ámbito de lo “sobrenatural” o a lo “milagroso”, sino a la experiencia de lo imposible, tal como ha sido discutido aquí. Estoy de acuerdo con esos matices y precisiones fenomenológicas. “El sentido religioso de la vida está ligado a tener un futuro, que es algo que todos tenemos”, advierte el autor, “y el “futuro absoluto” es una parte básica de tener un futuro” [2].

Es posible entonces describir el sentido religioso de la vida desde un horizonte encarnado, ateniéndonos solamente a la realidad efectiva. Dejamos a otros investigadores la tarea de navegar en una dirección distinta, más abstracta y especulativa; voy a concentrarme en la experiencia finita del tiempo en estos términos más mundanos. La irrupción del futuro absoluto nos lleva ineludiblemente a hacernos preguntas sobre nosotros mismos, sobre nuestra condición de agentes finitos. Esto es particularmente manifiesto cuando el destino nos golpea con fuerza. Entonces afrontamos la experiencia de que existen cosas que se pierden irremediablemente, y que no hay modo de modificar este ‘hecho’ de la existencia humana. Debemos volver a pensar quiénes somos y cómo debemos orientar nuestras acciones. Este tipo de acontecimientos producen rupturas difíciles en nuestro mundo circundante intuitivo. Estas crisis nos mueven a escribir nuevamente la narración de nuestras vidas. Para el autor la vivencia de lo imposible constituye una dimensión esencial de la experiencia.

“Lo imposible, dije, es lo que hace que la experiencia sea experiencia, lo que hace realmente digno del nombre “experiencia”, una ocasión en la que algo realmente “sucede”, a diferencia de los ritmos regulares y el tiempo de tic-tac de la vida normal, cuando realmente no sucede mucho. Lo imposible es lo que le da la sal a la vida”[3].

Lo que tiene lugar en el registro del futuro presente no acontece en el sentido que otorgue una nueva y crucial dirección a nuestras vidas. Es generalmente la emergencia del futuro absoluto aquello que le impone un giro significativo a la narración vital. Son estas circunstancias críticas las que propician la construcción de una comprensión más clara de la capacidad de agencia y una percepción más acertada de nuestra situación en el mundo.

3.- Discernimiento finito.

Las situaciones de ruptura epistemológica -condiciones en las que se quiebran nuestras creencias y valoraciones más profundas- ponen en cuestión las distinciones que invocamos habitualmente para determinar aquellas coordenadas que nos permiten orientar la vida y guiar la acción. Contrastes entre “verdadero” / “falso”; “profundo”/“superficial”; “significativo”/“trivial”; “elevado”/“bajo”; “genuino”/“inauténtico”, así como otras oposiciones éticas que son relevantes para ubicarnos y desplazarnos juiciosamente en el terreno de la práctica. En circunstancias de crisis existenciales estas distinciones que configuran el horizonte de nuestras deliberaciones, se tornan problemáticas, tienden a desdibujarse. Nos vemos forzados a reformular nuestras convicciones básicas, a reexaminar nuestras vidas.

Las crisis son experiencias de vacío o de ausencia de sentido. Las cosas pierden su peso específico en nuestras vidas, incluyendo las actividades que valoramos en los espacios de la vida cotidiana. Aquello que contaba con nuestra adhesión pierde su fuerza en nuestro ánimo. La vivencia de la pérdida deja en suspenso la validez de nuestros valores más preciados. Los textos y las obras de arte que otrora inspiraban nuestras ideas y estremecían nuestro corazón han cedido terreno a la indiferencia. Aunque se trate de solo un episodio doloroso, este tiempo desestructurante deja su impronta en el alma. El impacto adverso del futuro absoluto suele dejar una sombría huella en nosotros. A pesar de ello, esta experiencia no debe nublar nuestra visión; debemos ser capaces de vislumbrar el contenido positivo de esta experiencia, a saber, la posibilidad de esclarecer el proceso vital que estamos afrontando.

La vivencia del futuro absoluto nos permite extraer lecciones importantes sobre la incertidumbre y el conflicto como rasgos ineludibles de una vida humana. La idea de planificación o la ilusión de ejercer un control eficaz sobre el entorno se hacen añicos cuando la fortuna se hace presente en la vida pública y privada. Nuestra capacidad de deliberación y de decisión son fundamentales para el logro de una vida buena, pero sólo diseñan parcialmente los escenarios que debemos enfrentar; un sector importante de esos escenarios son fruto de los efectos de las acciones de otras personas, y de circunstancias externas que, en buena medida, no podemos manejar. Necesitamos una visión realista de las cosas, que sirva de marco para una ética del discernimiento práctico. Las excelencias del intelecto y del carácter se ponen en juego en condiciones que generalmente no hemos elegido a cabalidad, y que no podemos dominar. Así es la vida. Una vida excelente y meritoria requiere lucidez, coraje y sentido de justicia para encarar situaciones difíciles, e incluso adversas. Las experiencias críticas constituyen la fragua donde se forjan nuestros modos de pensar y nuestras actitudes ante la vida. 

Estas situaciones exigen de los agentes el cuidado del discernimiento. Se trata de evaluar detenidamente los principios que pueden encauzar nuestras acciones, esclareciendo su conexión con los contextos en los que hemos de decidir y actuar. La emergencia del futuro absoluto nos empuja a reconsiderar lo que es valioso, aquello por lo que merece la pena vivir. Esta experiencia conmueve las raíces mismas de nuestras fuentes significativas. Volver sobre sus cimientos nos llevará a indagar acerca de su justificación racional, sopesar su valor o acaso a recordar (o a cuestionar) qué inspiraba su antigua fuerza en nosotros. Esta revisión crítica en ningún caso es una experiencia estrictamente negativa, nos ayuda a crecer, a construir una visión más lúcida acerca de nuestra situación en el espacio y el tiempo de los vínculos humanos.

El proceso de discernimiento hace posible reconstruir nuestros parámetros de valor en períodos de crisis. De hecho, nos educa en la comprensión de que la vivencia de lo imposible es posible en el marco de una vida común. La vivencia de lo extraordinario puede impulsarnos a llevar una vida superlativa, profundamente valiosa. Tras vivencias de vacío, motivadas por la irrupción de lo imprevisto, los agentes encuentran ocasión para elegir nuevos sentidos acerca de lo que puede ser bueno y mejor para la vida. Es preciso interpretar las situaciones de ruptura de los sistemas de creencias en términos kairóticos; para decirlo con mayor claridad, como un tiempo propicio para examinar nuestros propósitos y ponderar si son pertinentes como constitutivos de una vida plena. La irrupción del futuro absoluto, en esta línea de reflexión, a pesar de su potencial desestructurante de nuestro mundo ordinario, puede ser concebido como una oportunidad para reinterpretar nuestro lugar y nuestra dirección en la vida.  


Referencias [1] Caputo, John On Religion London & New York, Routledge 2001 pp. 7 y ss. [2] Ibid., p. 9. [3] Ibid., p. 11.

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