La voz de las mujeres contra la violencia: una reivindicación histórica que rompe el silencio femenino

La voz de las mujeres contra la violencia: una reivindicación histórica que rompe el silencio femenino

Amelia Castresana

Filóloga y jurista. Catedrática de Derecho romano de la Universidad de Salamanca. Autora de “Catálogo de virtudes femeninas”, Madrid, Tecnos, 1993, y “Laimbecilidaddel sexo femenino. Una historia de silencios y desigualdades”, Salamanca, Paso Honroso, 2019. Ha recibido el Premio María de Maeztu a la excelencia científica (2015) y el Premio Internacional Ursicino Álvarez (Academia Matritense del Notariado, 2021).


Por violencia contra la mujer se entiende todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o un sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la privada”. (Art. 1 de la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer. Resolución 48/104 de la Asamblea General de la ONU, de 20-12-1993). 

Conocer la cultura romana no significa mirar con nostalgia hacia el pasado, y guardar los esquemas sociales y jurídicos de aquel tiempo, intentando una recuperación acrítica de los mismos. Conocer significa afinar la sensibilidad y ensanchar la capacidad de análisis respecto a los problemas pendientes de solución, que han sido afrontados en el curso de la historia. Porque, como dice el maestro de la lengua, Jorge Luis Borges -en su obra “Quince monedas”-, “solo perduran en el tiempo las cosas que no fueron del tiempo”, y la cultura romana es y seguirá siendo patrimonio histórico universal.

Roma es el pueblo del derecho que descubre y crea el arte de lo bueno y lo justo, y que hace de la equidad una exigencia ética y jurídica ineludible. De ahí la advertencia o, más bien, la denuncia del jurista Papiniano: “en muchos extremos de nuestro derecho es peor la condición de las mujeres que la de los hombres”. Algo que no era nuevo, porque tiempo atrás, el año 200 a.C., un escritor famoso como Plauto dio voz ya a la discriminación de género que sufrían las mujeres. Sus palabras reivindicativas de la igualdad de hombres y mujeres ante la ley siempre me han causado auténtica fascinación: ¡ojalá la ley fuera la misma para el hombre y la mujer!, rezaba su “vieja petición”, prácticamente la misma que hoy seguimos reivindicando y exigiendo.

Aunque no todo fueron aciertos en Roma; también hubo errores. Y no podemos ni debemos ignorar ciertos errores del pasado que se dieron en el lenguaje social y jurídico de la República y el Imperio: se hablaba de la “imbecilidad” del sexo femenino para expresar la debilidad de las mujeres que las hacía inferiores a los hombres, sin independencia personal, sometidas a una tutela masculina en la gestión de sus propios bienes, con una vida muy limitada, a gusto y capricho de los hombres. Hubo abusos y violencia contra las mujeres cosificadas como objetos sexuales apetecibles… Y la reacción femenina no se hizo esperar. Los valores personales, la capacidad intelectual y la sensibilidad social de las mujeres fueron proclamadas en la calle a fuerza de gritos reivindicativos de muchas matronas, esposas y madres “feministas” que recorrían la ciudad reclamando libertad e igualdad. Creo sinceramente que estos hechos no son anecdóticos. Son hechos muy relevantes que ponen de manifiesto “otra posible historia alternativa de las mujeres en Roma”. Y esa historia alternativa quiero destacarla hoy, en el siglo XXI y en un entorno cultural cargado de reivindicaciones feministas. Algunas de ellas ya son solo historia, historia de un pasado injusto y discriminatorio, superado con buenos resultados para las mujeres. Pero aún quedan pendientes -como también quedaron en Roma- muchas reivindicaciones para lograr una igualdad real y efectiva entre hombres y mujeres, y acabar definitivamente con la violencia machista. Hay que impulsar el conocimiento de ese pasado y desbaratar ciertos mitos. Porque en la historia de las mujeres hubo luces y sombras, demasiadas sombras. Y hay que narrar la realidad que vivieron las mujeres y no silenciar la violencia que se ejerció contra ellas por el hecho de ser mujer. 

Hace más de 2000 años, las mujeres romanas salieron a la calle para protestar públicamente contra las agresiones sexuales y los abusos de poder de los hombres. La primera manifestación feminista tuvo lugar el año 450 a.C. tras la muerte de Virginia; fue su padre quien la mató para evitar los abusos sexuales del todopoderoso Apio Claudio que presidía la Comisión legislativa y formaba parte del gobierno de la República. La pasión de Apio Claudio se encendió al contemplar el cuerpo de la joven Virginia, todavía virgen. Ordenó a uno de sus secuaces que la comprase como esclava y se la llevase inmediatamente a casa porque tenía intención de abusar de ella y violarla cuantas veces le diera la gana…; la mujer era simplemente una cosa, propiedad del hombre, un objeto sexual usado a capricho por el hombre. Enterado el padre de Virginia de semejante conspiración, optó por coger un cuchillo en una taberna próxima y dar muerte a su propia hija para evitar que la joven cayese en poder de quien se proponía violarla.

Tras estos hechos trágicos la movilización feminista no se hizo esperar. Las mujeres decidieron abandonar su casa y su silencio habitual durante un buen rato. Salieron a la calle para manifestarse en contra de ese vergonzante poder masculino que representaba Apio Claudio. No estuvieron solas; lograron el apoyo de muchos hombres que siempre habían reivindicado la libertad y la igualdad de todos los ciudadanos de la República, hombres y mujeres. La presión social -y también lo que hoy llamamos el poder mediático- de semejante movilización tuvo graves consecuencias políticas: todos los miembros del gobierno renunciaron a su cargo y fueron desterrados, mientras Apio Claudio quedó encarcelado. 

Lamentablemente la historia de la violencia contra las mujeres en Roma no acaba ahí. Hay más relatos trágicos, hay más dramas como el que protagonizó Tereo. Después de violar a Filomena, decidió cortarle la lengua, no fuera a denunciarle por violación, si es que conservaba la capacidad de hablar. Probablemente en ese momento al violador le vino a la cabeza la historia de Lucrecia, otra mujer violada que decidió hablar y denunció la violación que había sufrido antes de clavarse la espada en el pecho para acabar ella misma con su propia vida: “no quiero sobrevivir tras la deshonra que he sufrido…”, gritó.

 Y Livio nos relata así todo lo sucedido durante los ritos de Baco, una de las fiestas más anheladas por la ciudadanía: “una vez que el vino ha inflamado los ánimos y que la mezcla de hombres y mujeres ha eliminado cualquier sensación de pudor, empezaron a surgir depravaciones de todo tipo, estupros, violaciones, drogas y muertes. Se intentaban muchas cosas con engaños y violencia, que quedaban ocultas gracias al clamor de los tambores y los címbalos. No se podía escuchar ninguna voz de las mujeres que a gritos pedían socorro en medio de los estupros, las violaciones y las muertes de las víctimas…”.

Eliminemos definitivamente esta larga y dramática historia de violencia machista. Porque los más de 2000 años transcurridos desde los ritos de Baco hasta los Sanfermines de Pamplona no han sido capaces de tumbar definitivamente los abusos sexuales y las violaciones con engaños, violencia y muertes cuya víctima es una mujer. Desechemos para siempre la vulnerabilidad femenina que sufren quienes son víctimas de la violencia, respetemos la dignidad de la mujer. No quiero que la historia de Lucrecia, ni la de Virginia, ni la de Filomena, ni la de tantas otras más se repitan hoy, en diferentes países del mundo.  

Hemos de combatir la violencia, para desmontarla y conseguir así que se disuelva. Además, como muy bien advierte Michelle Perrot, en una entrevista realizada el año 1999 por Raynald F. en la Revista “Les Femmes dans la France”: la violencia contra las mujeres-contra el cuerpo violado, violentado, utilizado, explotado- necesita un tratamiento urgente.

Alicia Rubio (Feminismo sin complejos, 2021) añade: “El feminismo triunfa gracias a mujeres valientes y responsables y gracias a un montón de hombres justos y buenos. Susan Warhaftig, conocida como Susan Brownmiller, en 1935 se hizo exponente de lo que se ha llamado cultura de la violación; y –en su obra Against Our Will: Men, Women, and Rape-, sostiene que la violación no es una cuestión personal o pasional, sino un acto de poder, una forma de coacción y dominación que utilizan los hombres para atemorizar a las mujeres, lo que lo convierte en problema político. La violación es el arma con el que el patriarcado impone su cultura y sus estructuras de dominación en las que las mujeres son relegadas y oprimidas”.

Cuando la violencia masculina se ejerce contra la esposa o la compañera se detectan cuatro modalidades: la violencia física, la violencia sexual, la violencia psicológica, y la violencia económica. De todas ellas, la psicológica es la de mayor invisibilidad social. Ya sucedía en la vieja historia de Roma, en la que el ciudadano romano era virtuoso, sin necesidad de probarlo, simplemente por el hecho de ser varón: Y la violencia contra las mujeres quedaba oculta gracias a la domesticidad y el silencio. Lamentablemente, también en nuestros días, al género masculino se le sigue reconociendo supuestas cualidades y capacidades que las mujeres tenemos que demostrar…

Hay que reconocer las enquistadas huellas de la violencia contra la mujer en el entramado de micro- agresiones que aún, en la actualidad, se perpetúan in saecula saeculorum. Hay que visibilizar esas huellas de la historia y la cultura de Roma – las más próximas a la historia actual europea y latinoamericana -, y visibilizarlas para mantenernos proactivos contra tales agresiones y desterrar los comportamientos pasivos de autoafirmación del “género dominante”.

Como acaba de señalar Edurne Portela, en un artículo de prensa “Exigen silencio”, publicado en el Diario Vasco el 1 de agosto de 2021: “la utilización de la violencia sexual como amenaza se da contra las mujeres feministas…; la reacción habitual, miedo, silencio, abandono del espacio público…, es lo que se espera de ella cuando se inicia el ataque… Hay un empeño en silenciar la voz de la mujer discordante y en la violencia con la que se lleva a cabo semejante empeño”. “Podríamos remontarnos a San Pablo, a esa famosa sentencia suya, exigiendo que las mujeres guarden silencio en las asambleas, pues no se les permite hablar, sino que deben permanecer sumisas, como también dice la Ley”. 

Rebeca Solnit asegura en su ensayo “La madre de todas las preguntas” que: “la historia del silencio es fundamental en la historia de las mujeres”. Aunque hoy somos conscientes de que tener voz es fundamental, Solnit destaca con razón que “el silencio es la condición universal de la opresión”, y “el silencio ha sido la condición histórica de las mujeres”.