Irene Cambra Badii

Doctora en Psicología. Investigadora del Grup de Recerca Educativa en Ciències de la Salut (GRECS) de la Universitat Pompeu Fabra (Barcelona) y de la Universitat de Vic – Universitat Central de Catalunya.

Delfina Martínez

Estudiante de Psicología, Universidad de Buenos Aires, Argentina. Becaria Estímulo del Consejo Interuniversitario Nacional.

Paula Belén Mastandrea

Licenciada en Psicología, Universidad de Buenos Aires, Argentina. Becaria de Maestría y Docente de la Práctica de Investigación: Cine y Subjetividad de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.

María Paula Paragis

Licenciada en Psicología, Universidad de Buenos Aires, Argentina. Becaria de Maestría y Docente de la Cátedra I de Psicología, Ética y Derechos Humanos de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.

 

En la actualidad el progreso tecnológico de la medicina ha conducido al gran incremento de las expectativas de vida, generando que en la sociedad la muerte y las maniobras para evitarla, cobren un valor central. Las nociones de “muerte digna” y “buen morir” se encuentran en el foco de los debates sobre ética profesional de los efectores de salud y han generado un modelo de atención novedoso, en tanto promueven la participación de los pacientes en las decisiones y procuran humanizar los cuidados en el final de la vida, basándose en la comunicación abierta con ellos. La decisión con respecto a la indicación, realización o suspensión de procedimientos diagnósticos o terapéuticos en enfermos terminales resulta compleja, para los familiares y el paciente mismo, así como también para los profesionales tratantes. En ocasiones, es el propio campo de la medicina el que se opone a aceptar la muerte asistida argumentando que la medicina curativa es cómplice en la producción de sufrimiento en el final de vida, o afirmando incluso desde un imperativo moral de los médicos más paternalistas, el rechazo rotundo frente a la muerte (1). Con respecto a la toma de decisiones médicas en situaciones delicadas, surgen prácticas que constituyen diversos modos de poner fin a la vida en circunstancias determinadas. Se habla de suicidio médicamente asistido (SMA) cuando la acción la realiza la propia persona con ayuda médica (2); y de eutanasia cuando se toma la decisión médica de provocar la muerte de una persona con el objetivo de poner fin a su sufrimiento, ya sea por acción u omisión. Dichas modalidades deben diferenciarse de la sedación paliativa, la cual consiste en facilitar a los pacientes terminales en agonía la posibilidad de recibir medicación que los duerma profundamente mientras esperan la muerte (3).

En relación con el marco normativo, la eutanasia activa -en la cual el médico administra una dosis letal de medicación al paciente- y el suicidio médicamente asistido son procedimientos ilegales en la mayoría de los países. Sin embargo, ocho naciones occidentales han legalizado al menos uno de ellos. A saber, en Bélgica, Luxemburgo y Holanda ambas prácticas son legales; en Canadá, Finlandia, Alemania y Suiza fue aceptado el suicidio médicamente asistido; y en Colombia es legal la eutanasia (4). Con respecto a la normativa vigente en Argentina, en el año 2012 se ha sancionado la ley de “muerte digna” (N° 26742), la cual significa un avance y una ampliación de los derechos de las personas respecto de las medidas médicas frente a la eventual muerte, si bien es importante destacar que el marco legal ahora vigente no ampara lo que se denomina eutanasia (5). En la mayoría de dichos países, los requisitos para poder solicitar la muerte asistida son generalmente tener una enfermedad terminal que cause sufrimiento físico y psicológico que no se pueda aliviar por ningún otro medio (6). Dada la enorme complejidad que la cuestión reviste, resulta necesario tomar como operadores conceptuales los principios éticos básicos y aplicaciones establecidos en el Informe Belmont (1978) para la toma de decisiones con respecto a pacientes en final de vida, así como también los cuatro fundamentos de la bioética principialista (7) que garanticen una asistencia y atención adecuada, a saber: a) Autonomía, la cual corresponde a la autodeterminación o al autogobierno ejercidos por cada persona. Cada individuo, por lo tanto, tiene el derecho a decidir sobre sí; b) Beneficencia, refiere al deber de ayudar a los otros, promover o hacer el bien, maximizando los beneficios y minimizando los riesgos; c) La no maleficencia propone la obligación de no causar daños a los pacientes o ponerlos en riesgo; d) Justicia, que corresponde al principio formal de equidad, lo cual determina la distribución justa, equitativa y universal de deberes y beneficios sociales (8). Sin embargo, como es sabido, los principios de autonomía y beneficencia/no-maleficencia entran en conflicto cuando se trata del suicidio asistido: ¿pueden los pacientes decidir el final de su vida? ¿Es tarea del médico proveer tal salida?

El buen morir y final de vida a través de la narrativa cinematográfica

            El cine resulta una vía de acceso privilegiada para analizar los conflictos bioéticos ligados a la temática de final de vida. Entre las producciones más destacadas, es posible mencionar El Doctor/ The Doctor (1991) de Randa Haines, Amar la vida/ Wit (2001) de Mike Nichols, Vivir/ Ikiru (1952) de Akira Kurosawa, Las invasiones bárbaras/ Les invasions barbares (2003) de Denys Arcand. Dichas ficciones permiten explorar la influencia de la enfermedad avanzada, crónica y progresiva sobre el sujeto que la padece, la información que reciben el afectado y sus allegados, y reflexionar sobre el fenómeno de la muerte, el suicidio, el duelo y los dilemas éticos que semejantes situaciones suscitan (9). Entre las producciones más recientes encontramos la serie Doctor Muerte/ You Don’t Know Jack (HBO, 2010), la cual narra la historia de Jack Kevorkian, el médico que promovió en los Estados Unidos el derecho al suicidio asistido, presentado como la opción de recibir la asistencia –información, guía y medios necesarios– para que quienes así lo hayan decidido, puedan quitarse la vida (10).

El hecho de que el cine permite reflejar muy bien las circunstancias y el contexto individual y social en que ocurren las decisiones sobre el final de vida demuestra que se trata de un medio idóneo para describir la enfermedad como experiencia subjetiva y como fenómeno social, no sólo como un hecho biológico. La inclusión de problemáticas bioéticas actuales en los contenidos cinematográficos demuestra que las ficciones cinematográficas rescatan continuamente situaciones de la realidad para ficcionalizar, convirtiendo al cine y a las series en una vía regia para pensar los distintos dilemas éticos, leyendo los films más allá de la crítica cinematográfica (11). En esta línea, la serie que se propone analizar en este artículo puede pensarse desde el paradigma de la singularidad (12), es decir, reflejando en una historia particular un conocimiento que puede ser compartido con otros, y constituyendo así una posibilidad para desplegar las cuestiones bioéticas en torno a la eutanasia y el suicidio asistido.

¿Nuevos interrogantes sobre el suicidio asistido? Mary Kills People

La última producción audiovisual dedicada al tema de la eutanasia y el suicidio asistido es la serie canadiense Mary Kills People (Lifetime Network, 2017). La protagonista, quien le da título a la serie, es una médica de la sala de Emergencias del hospital Eden General. Junto con su colega Desmond Bennett, quien era cirujano plástico hasta quedarse sin licencia, tienen un negocio como consejeros del final de la vida. Por lo general, es Mary quien habla con los pacientes, los escucha y pondera la posibilidad de ayudarles a terminar con sus vidas. Desmond, en rehabilitación por consumo de drogas, es el encargado de comprarlas a su antiguo distribuidor. Una de las enfermeras del hospital, Annie, es quien realiza las derivaciones o recomendaciones del servicio, cuando ve que tanto la persona enferma como sus familiares no encuentran mejor manera de conducir sus días y que el sufrimiento les resulta aplastante. Los profesionales involucrados perciben honorarios por los servicios brindados, siendo la suma establecida 10.000 dólares, lo cual la protagonista ubica como elemento central para determinar si el paciente está realmente decidido a poner fin a su vida, a la vez que reafirma que se trata de una práctica médica y no un mero acto de beneficencia. Sin embargo, este elemento lucrativo de la práctica también puede ser visto como un beneficio económico para el profesional de la salud, a la vez que no cumple con el principio bioético de la justicia, limitando el acceso al servicio sólo a quienes poseen el dinero para financiarlo, dado que se trata de un procedimiento que no está contemplado por la ley en los Estados Unidos.

El primer episodio (Bloody Mary, 2017) comienza con un primer plano de un hombre joven, deportista, quien mira a la cámara y, con lágrimas en los ojos, afirma que elige quitarse la vida. Este video forma parte del protocolo que realizan Mary y Desmond, y que vemos en distintos episodios de la serie: en primer lugar, ofrecer alternativas (tratamientos, opción de la eutanasia en Suiza, entre otras); luego, la firma de un contrato y el consentimiento informado, y la filmación del momento de la muerte, que archivan cuidadosamente. El suicidio asistido se produce suministrando una droga (Pentobarbital, un fármaco de la familia de los barbitúricos) para que los pacientes mismos puedan tomarla con una copa de champagne. Solamente en un caso de Esclerosis Lateral Amiotrófica, por no encontrarse en condiciones de realizar movimientos con las manos y deglutir, Mary administra una inyección letal -considerándose el único caso de eutanasia activa de toda la serie.

En las distintas muertes que aparecen retratadas, insiste la reflexión de los pacientes respecto de la incertidumbre y el temor, y la angustia que necesita contención -por lo general, es Mary quien la provee, aunque no de manera paternalista o tierna, sino quizás justa y reservada, y el alivio que produce haber tomado esta decisión. Los dilemas que atraviesan a Mary y a Desmond son varios y recorren toda la serie: ¿son sicarios? ¿Salvan del sufrimiento a las personas o producen más sufrimiento? Estos interrogantes se desenvuelven sobre todo en la segunda temporada, de tinte más policial.

Los valores que sustenta Mary se van repitiendo en los distintos episodios, principalmente en la interpelación del policía que la persigue, con quien mantiene también una relación amorosa: “haciendo esto, ayudamos a la gente”, “creo que deberíamos tener el control de nuestra vida y de nuestra muerte. Eso es la libertad. Y morir no es un crimen”. El policía la confronta: “No, pero ayudar a que la gente muera, te hace ser un criminal” (T1E2: The River Styx, 2017). El ideal de control aparece en toda la serie, no sólo en relación al momento de la muerte, sino el lugar, o la compañía. ¿Podemos elegir morir en nuestro lugar favorito? ¿Podemos elegir morir durante una función de ópera? ¿Podemos elegir una ceremonia de despedida, a modo de ritual? Todas estas escenas nos permiten preguntar: ¿estamos acaso frente a un nuevo tipo de consumo? ¿Cuál es el límite de la autonomía en relación con el consumo?

En el episodio T1E3 (Wave the White Flag, 2017) el policía pregunta a Mary: “¿Te resulta difícil? ¿Llevar a la muerte a lo decrépito y vulnerable?” y ella se defiende: “Antes no lo era. Lo difícil era ver a la gente sufrir. Nada peor que una muerte indigna”. En el mismo episodio, en respuesta a una paciente que sufre en el instante previo de la muerte, dice: “hay belleza en lo inevitable”. La muerte es valorada como parte de la vida, y también es enmarcada dentro de la unión entre la dignidad y la autonomía. En definitiva, la muerte es vista como un alivio, incluso desde el rechazo al tratamiento médico, pero sobre todo porque la decisión queda del lado del paciente. Tal como señala Desmond en el T2E5 (Come to Jesus, 2017): “¿cómo sabemos que esto es lo correcto? Porque nosotros no lo decidimos”.

Es en el episodio T1E5 (The Judas Cradle, 2017) cuando seguimos la historia de un paciente joven que tiene fibrosis quística desde el nacimiento, nos sorprendemos junto con Mary cuando él comienza a contarle con detalles sus investigaciones sobre torturas medievales. Mary le pregunta por qué le cuenta esto, y él responde: “Porque en cien años, mirarán hacia atrás y dirán que la forma más popular de tortura fue negarle morir a la gente. Prolongándolo. Dándole a la gente falsas esperanzas, falsos alivios, enchufándoles a máquinas. Algo que debería tomar meses para matarles podría tomar años. ¿Esa gente? Son malos tipos. ¿Pero tú? Eres una de los buenos”. Al momento de morir, este paciente le pide que Mary le hable mientras entra en sueño profundo, y ella le relata la historia de la muerte de su madre, oculta hasta entonces.

Palabras finales

            Los dilemas en torno al suicidio asistido son múltiples y complejos, no sólo en el ámbito de la bioética sino también en materia de Derecho. A partir del material que ofrece la serie Mary Kills People se ha podido vislumbrar las tensiones presentes en los profesionales de la salud y en los pacientes con respecto a la práctica del suicidio asistido, sus límites y alcances. En ocasiones este campo queda dirimido en términos de los valores morales que sustentan los actores implicados, de lo cual hacen eco Mary y Desmond al preguntarse por el propósito de su práctica: ¿Alivian efectivamente el sufrimiento de las personas? ¿Cuáles son las coordenadas propicias para que el paciente tome la decisión de poner fin a su vida? Es precisamente en torno a la cuestión de la decisión que se polarizan las diversas posiciones en la materia. Desde la perspectiva de los principios éticos básicos, observamos que la serie expresa contradicciones inherentes a dicha problemática, pero a su vez complejiza estos conflictos al introducir las diatribas de los profesionales en relación con la voluntad de promover el bien del paciente y los posibles riesgos a los que podrían exponerlo.

Referencias

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  • Royes, A. (2008). LA EUTANASIA Y EL SUICIDIO MÉDICAMENTE ASISTIDO. Psicooncología, 5.
  • Michel Fariña, J. J.; Cambra Badii, I.; Provenza, A. (2016). Un acercamiento a la eutanasia y al suicidio asistido a través del cine: singularidad y responsabilidad subjetiva en las decisiones del final de la vida. JAHR – European Journal of Bioethics 7(2), No. 13-14, pp. 67-82. Diciembre 2016).
  • Para obtener información acerca del estado legal actual de la eutanasia y el suicidio asistido en el mundo, visite: https://euthanasia.procon.org/view.resource.php?resourceID=000136
  • Barrenechea, R. Suicidio Asistido, Eutanasia y Muerte Digna en Argentina. Proyecto Ética, Grupo de Investigación, Docencia y Extensión. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires [en línea]. Recuperado de: https://proyectoeticablog.files.wordpress.com/2016/03/muerte_digna_barrenechea1.pdf
  • Chizomab Okoye, A. (2018) Eutanasia y Suicidio asistido. Una revisión integradora. Memoria presentada para la Graduación en Enfermería de la Universitat Jaume I presentada por Laura Chizobam Okoye Anyichie en el curso académico 2017 – 2018.
  • Beauchamp TL, Childress JF. Principios de Ética Biomédica. Barcelona: Masson; 1979
  • Declaración universal sobre Bioética y Derechos Humanos. [Internet]. 19 de Octubre de 2005. [Consultado 25 de Sep 2018]. Disponible en:  http://portal.unesco.org/es/ev.php-URL_ID=31058&URL_DO=DO_TOPIC&URL_SECTION=201.html
  • Alarcón, W. A., & Aguirre, C. M. (2007). El cine en la docencia de la medicina: cuidados paliativos y bioética. Revista de Medicina y Cine, 3(1).
  • Michel Fariña J.J. (2010) Eutanasia y suicidio asistido: narrativa cinematográfica de la muerte que más duele, Aesthethika International Journal on Subjectivity, Politics and the Arts Revista Internacional sobre Subjetividad, Política y Arte Vol. 6, (1), octubre 2010.
  • Michel Fariña, J. J.; Cambra Badii, I.; Provenza, A. (2016). Euthanasia and Assisted Suicide: A Cinematographic Approach to the Death that Hurts the Most. JAHR – European Journal of Bioethics 7(2), No. 14, pp. 293-305. December 2016).
  • Agamben G. Signatura rerum. Barcelona: Anagrama; 2010.

 

 


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