CUENTO GANADOR DEL TERCER PUESTO

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SOBRE UNA CÁRCEL LLAMADA LIBERTAD

SAMUEL ANGELLO ARAUJO CORNEJO

Apolo vigilante yacía encaramado en lo más alto del mar de las aves. Iluminaba las cabezas de todos los hombres por igual, doblegando desde el más insignificante hombre hasta el más vigoroso de los espíritus. Nada escapa a su mirada, sus brasas alcanzan a todos y cada uno, y quema en la misma existencia.

Algunas constituciones soportan inmutables sus latigazos, que les desgarran las espaldas; mientras que la naturaleza de otras es tan sensible que se retuercen de dolor tras el primer azote. Hay quienes experimentan tan agudamente su flagelo que sienten que se les rompe la vida a cada hora y a cada minuto se ahogan en el insondable mar de la desesperanza; mientras que apenas y ejerce influencia en la vida de otros, que no son conscientes del yugo que oprime sus espaldas.

En una miserable buhardilla, E. Compson era alcanzado por las saetas de la angustia. Sofocado por el trajín, padecía bajo el peso del mismo cielo y de su propia existencia:

》De esta vida que no es, sin embargo, vida nada me libra ¡Desgraciado de mí! —se decía—. Soy aplastado por el peso de una desazón, de un desencanto de la vida, de una apatía ante todo y todos. No hay goces ni penas que exalten ni turben mi ánimo: he quedado reducido al papel de un autómata, de una máquina que piensa sin corazón y vive sin alma. Nada siento, salvo este profundo desencanto, este desencanto que se clava como daga en el alma misma y en la misma alma duele, y duele una atrocidad. Mas este profundo pesar es prueba de que estoy vivo y tengo alma y siento (pues, no podría decirse que las máquinas sientan, ergo tengo alma y estoy entre los vivos, entre los hombres de carne y hueso). De repente todo mi ánimo se recompone y me regocijo de saberme vivo. Pero no es más que un medio día efímero, pronto vuelven las nubes y el ambiente recobra su tono lúgubre.

》Soy un pequeño barro que se moldea a su antojo. Soy materia a la vez que artista, que a cincelazos se forma y se agota, y maximiza sus potencias a la par que se extingue a sí mismo. Pero los otros son también mi martillo y yo su yunque y me moldean según su voluntad a la vez que pretendo ensancharme y dilatar las paredes de este molde que son los otros. No lograrán acabar con este pobre barro. O ellos o yo, no hay concilio posible: ¡lucharemos!

Lucho con los ajenos a la vez que conmigo propio, y me venzo, y esta guerra continua es mi vida.

¿Qué no daría por un poco más (o un poco menos) de libertad? Ningún precio es demasiado alto a cambio de un poco de calma.

》Así meditaba yo cuando vagaba sin rumbo por la ciudad, dejándome arrastrar por mis pies hacia mi porvenir.
Sin saber cómo, acabé en una armería y compré un revólver. Solo entonces pude vislumbrar mi destino, solo entonces me percataba de mi decisión. Se me reveló la puerta de la libertad: la posibilidad que pone fin al resto de posibilidades. Lo que hacía (así lo creí en ese entonces) era un acto de rebelión: se burla de la vida quién le pone fin según sus propios términos, a su antojo, sin dejarle seguir su curso natural; quien en un acto de libertad pone fin a la suya propia. No me regían entonces las leyes de los hombres ni el sentido común (que no es otra cosa que el instinto de conservación); estaba como poseído por una fuerza irresistible, por una voluntad (la mía propia) como jamás la había experimentado, mi resolución era inquebrantable. Había, pues, tomado la decisión.

》Sin darme cuenta salí de la tienda y ya recorría la ciudad en busca de algo, no sabía de qué, de un lugar propicio tal vez. Mi odio y desprecio por todo cuanto me rodeaba (que hasta hacía pocas horas ocupaba por completo mi pensamiento) se había disipado y ahora era invadido por un júbilo y por una ligereza de cuerpo y de espíritu tan intensos que me parecía no estar caminando sino flotando. Y así flotando fue como aterricé de pronto en la realidad y volví a experimentar aquel odio hacia la vida misma, pero mil veces más exaltado, y sentí que cien cuchillos se clavaban en mi piel. Entonces caminaba furioso, presentía la fatalidad y estaba dispuesto a cumplir con mi compromiso.

》—¡Palabra que lo cumplo! —me repetía para mantener la fortaleza.

》Recargué el revólver y jalé del gatillo. Pero no fue mi carne la que atravesó la bala. Un ente cruzó su camino con el mío y canjeamos nuestras vidas (él canjeó su vida por mi muerte, a la vez que yo hice lo propio).
Mi resolución, que hasta ese momento se mantuvo incólume, no rehuyó el desenlace fatal, pero sí reacondicionó mi conducta y ese pobre ente sufrió las consecuencias. Entonces le compadecí verdaderamente y me sentí aún más desgraciado. Lloré hasta hacerme todo lágrimas, hasta que por las venas me corrían lágrimas y la sangre me brotaba de los ojos. Y esta sangre parecía teñir de escarlata la alfombra sobre la que descansaba mi víctima.

》Solo después experimenté el horror:

》—¡Me cogerán, me cogerán! ¡Van a acabar conmigo! ¡Ay de mí!

》Solo atiné a salir corriendo y no paré de correr hasta llegar a casa《.


                                                          ***

Tres amigos almorzaban en el jardín de una vieja y elegante casona. Jardín adornado por magníficos jacarandás de cuyas trémulas ramas brotaban, en un contraste entre la sobriedad de la muerte y el brillo de la vida, purpúreas flores que eran desprendidas, como un amante se desprende de sus ropajes, como jugando, por unas frescas ráfagas, y saltaban de sus ramas y se abandonaban a la voluntad del viento impregnando su dulce fragancia por todo el ambiente.

Un redondel de blanco mármol pulido que se desparramaba sobre el verde de la alfombra de la naturaleza hacía las veces de comedor cuando las condiciones del día eran propicias para un banquete al aire libre. Flanqueado por columnas también de mármol era la base de lo que parecía un saloncito cuyas paredes no eran otras sino los imponentes árboles del jacarandá y las esculturas de héroes de antiguas épocas magistralmente trabajadas en alabastro. Sobre aquel, unos silloncitos de madera forrados de terciopelo carmesí rodeaban una gran mesa de roble —antaño el soporte de los estudios de dibujo consagrados a hacer eco de aquel formidable paisaje, así como de los planos dedicados a la refacción de la casona y a cuantos proyectos arquitectónicos se emprendiesen— sobre la que se servían los manjares y a la que estaban sentados los tres hombres.

Un hombre de rostro grosero y vulgar, en cuyo semblante podían leerse emociones despóticas que tiranizaban su carácter, ataviado con modestos ropajes: un pantalón de lino blanco y una camisa a cuadros de algodón ya gastados por el tiempo, en quien las maneras intentaban inútilmente ser elegantes, se atragantaba con la comida.

—¿Están al tanto de los últimos hechos, caballeros? —preguntó en voz baja, como quien está a punto de revelar un secreto y quiere despertar la emoción en su interlocutor—. Tenemos un monstruo en la ciudad.

—No salga con esas, hombre, no se deje guiar por las habladurías. La gente cuando está aburrida es capaz de todo, hasta de inventar chismes ridículos como este —le reprochó el dueño de la casa: un hombre imponente, muy elegante y ya entrado en años, de facciones que resultaban inescrutables.

—No me malinterprete usted, por favor. Si digo que hay un monstruo, no lo hago porque me haya dejado guiar por las habladurías, como usted dice; mi afirmación es de carácter científico. Sí, científico. No se extrañe usted, por favor, no me mire con esos ojos.
Por otra parte, no me refiero a un monstruo en el sentido literal, no hablo, pues, de esos seres horribles de las novelas de terror; si me refiero a un monstruo lo hago en el sentido metafórico.

—Ya comprendo. Pero ¿a qué los rodeos? ¿No cree usted que esta introducción no hace más que retrasar el inicio de su relato? Al grano, hombre, al grano.

—Tiene usted razón, pero es precis-…

—No se distraiga más, estamos ansiosos de oírle —le interrumpió un joven, elegantemente vestido, de ojos grandes y profundos y rasgos finos, cuyas maneras, si bien carecían de ese vigor característico entre los jóvenes de su edad, eran ejemplares.

—No se exalte usted, por favor, ya voy ya voy…

Y adquiriendo un tono solemne comenzó su narración:

》Resulta, pues, que han asesinado a una muchacha, una mozuela apenas, dieciséis años tenía la pobre —adelantó torpemente el hombre.

》Estaba yo caminando por la Av. Los libertadores cuando al llegar a la Plaza Pública me topé con una multitud aglomerada en torno a otros dos grupos más pequeños que discutían acaloradamente. Para mi suerte la discusión apenas había empezado y pude escucharla en su mayor parte. Aun así tomé las precauciones necesarias: rápidamente me informé de la cuestión en boga —aclaró, vanagloriándose de su astucia y buen juicio.

》El primer grupo pecaba de exceso en el tono en que formulaban sus medidas, mas la justicia (de esto me di cuenta más tarde) de estas era ejemplar:

》—¡No merece compasión, él no la tuvo con su víctima! ¡Mal con mal se paga! —exclamaban.

》El segundo grupo alegaba razones humanitarias:

》—No es más que un desdichado. La pena capital es un exceso.

》A lo que el primer grupo respondía:

》—Es un monstruo, su sola existencia nos pone en peligro. Quisiéramos ver que ustedes que son sus defensores le alojen en sus casas y le sienten a la misma mesa con sus hijas.

》Pero no se tardó en oír la réplica:

》—Que injustos son ustedes. Se trata nada menos que de un ser humano y se quieren deshacer de él como de la lepra, ¡víboras!

》Así vociferaban, argumentaban y contrargumentaban y la discusión parecía no llegar a su fin.

》Terminada la discusión fui a entrevistarme con un amigo mío que trabaja en el Poder Judicial, a interrogarle sobre los acontecimientos. Déjenme decirles, amigos míos, que tengo información de primera mano, y de la fuente más confiable.

》La muchacha no fue ni robada ni ultrajada, y el criminal ni se molestó en encubrir su crimen.

Les digo que se trata de un monstruo, un verdadero monstruo. Cuando le cogieron e interrogaron no supo decir porqué lo había hecho. Tal parece que por aburrimiento. Lo ha hecho por apatía, en un intento de darle color a su miserable vida.

¿Verdad que se trata de un monstruo? Con gente como esa no se puede tratar《.

Los tres hombres permanecieron en silencio un largo rato, mientras el viento, que levantaba consigo los pétalos morados y les hacía danzar y dar mil piruetas para su diversión, les acariciaba los cabellos. Adoptaron un aire grave y meditabundo, parecían (sin que en realidad lo estuviesen) consternados por la noticia.

Finalmente se rompió el silencio:

—Se trata nada más de una cuestión punitiva: determinar la clase de pena y la cuantía de esta que corresponde al desdichado —intervino el muchacho mientras se acariciaba y jugaba con los bucles de su cabello negro y ensortijado.

—Yo digo, pues, que le corresponde la pena capital. ¡Imagínense a cuantas muchachas, a cuantas muchachas indefensas más, asesinaría si después de haber pasado unos años en el hoyo se le pone en libertad! Esa gente no cambia. Y menos un monstruo como este.

—Pero, Sr. Alcalá, usted no puede realmente pensar así, estoy convencido de que no cree lo que está diciendo. Es la cólera que se ha apoderado de usted la que pronuncia esas palabras, la que se las pone en su lengua y usted no hace más que escupirlas —contestó escéptico, pero no menos indignado, el mozuelo.

—¡Palabra que lo creo! Es más, estoy convencidísimo de la justicia de mis afirmaciones. Este hombre, este monstruo, ha arrebatado ya una vida, ese bien tan preciado que pretende defender usted ¡Tenga algo de sensibilidad, empatía siquiera, con las víctimas!

—¿Y quién siente compasión por este hombre de carne y hueso, este hombre que ha quedado degradado a monstruo, como usted lo llama, que siente y quiere, y que sufre todo el peso de la existencia? El criminal, a pesar de todo, sigue siendo un hombre. Su calidad de tal es inalienable. Está en su misma esencia ser libre, y solo los hombres son conscientes de su libertad. Y esta consciencia es lo que les hace ser hombres. ¿Cómo, pues, podemos acabar con su libertad? ¿Cómo, pues, podemos elegir por él la posibilidad que pone fin a todas las posibilidades: la muerte?

—Pero ese hombre, como usted aún se empeña en llamar, ya ha elegido aquella posibilidad que pone fin al resto de posibilidades, y lo ha hecho para su víctima. Es justo, pues, que el mal que ha causado le sea retribuido en la misma medida.

—Sin embargo, nada se saca de aquello. El talión resulta inadmisible: no corresponde al Estado la educación moral de sus súbditos, la expiación de los pecados solo compete al Tribunal Divino.

—Me temo, mi joven amigo, que en este particular caso sí está justificado proceder como exige el Sr. Alcalá —intervino el amo de la casa—. Aunque las razones que defiendo son de una naturaleza totalmente distinta a las suyas.

Los otros dos hombres permanecieron inmóviles y no hicieron más que verle: el silencio debía comunicarle sus expectativas. Pronto comprendió el propietario que se trataba de una invitación a que hiciera alarde de su elocuencia y empezó con su monólogo:

》La vida en sociedad, es decir, la vida bajo el manto del Derecho, es un inmenso sistema de comunicaciones. Toda la constelación de normas no es otra cosa que el vehículo en el que se traslada la voluntad del Orden hacia sus súbditos. Somos gracias al Orden, somos en virtud de Él: Él nos ha formado según sus límites (a su imagen y semejanza) ¡Infame aquel que pretenda lo contrario! Se engaña a sí mismo a la vez que pretende engañar a los otros.

》La conducta de nuestro criminal no participa del Orden, se encuentra fuera de Él. Toda conducta es lícita para aquel: representa un retorno al Estado de Naturaleza. Está incapacitado para la vida en sociedad, no queda más remedio que desechársele.

No hay tregua posible entre él y el Orden: será inminentemente aplastado por cada engranaje de esta formidable maquinaria. Debe perecer, la supervivencia de la maquinaria lo exige《.

Vox Ius, vox Dei, pensó el muchacho.

—¡Qué teoría más maravillosa tiene usted! ¡Realmente fantástica! —exclamaba Alcalá, preso de una excitación provocada por el encanto de las palabras del propietario— ¿No lo cree así, joven Joaquín? Es la realidad superando a la ficción.

No obtuvo respuesta. Aquellas palabras habían calado hondo en la consciencia, en la carne y en el alma misma del mozuelo.

Entonces Joaquín Alcázar comprendió el terrible destino que le llegaría irremisiblemente al pequeño monstruo, al pequeño enemigo del Orden. Entonces se sintió preso de un sentimiento que le oprimía el pecho, como si desde entonces respirase otro aire. Había vislumbrado por primera vez y sin tapujos la enorme maquinaria de la que él era solo un engranaje más, de la que no podía renunciar a ser sino un engranaje; se sintió al pie de una enorme fortaleza a la que era conducido con grilletes que roían sus muñecas y le destrozaban la piel de los tobillos. Y sintió que unas paredes hacían cada vez más y más estrecha su libertad hasta que quedó reducido a un pequeño espacio en donde apenas podía hacer el menor movimiento. Hinchar su pecho y llenar sus pulmones de aire le dolía una atrocidad; no podía dormir en su pequeña celda, el dolor no se lo permitía; no se le alimentaba; y se hundía en su propia podredumbre.

》Muerte más inhumana no podrían concederme, hace tan solo unos instantes sentía que el universo entero se doblegaba ante mí: el ruiseñor cantaba para mi deleite, la rosa se sonrojaba ante mi presencia, pétalos y hojas danzaban para mí; todo eso me ha sido negado ¡Ay de mí! ¡Cuán desgraciado soy!《.

Antes había sentido lástima por el desdichado. Ahora lo compadecía verdaderamente: sufría con él, padecía bajo el mismo yugo. Solo entonces experimentó aquel atroz dolor que es el saberse responsable de sus propios actos, de su propio destino, a la vez que se encuentra uno preso: solo entonces experimentó vivamente la angustia.

Cuando creía que su muerte sería un padecer lento y doloroso: una agonía perpetua, súbitamente las paredes le aprisionaron aún más hasta aplastarle por completo.

Despertó de un terrible sopor, de un horrible sueño, y contempló la luz del día.
Vio al turquesa del cielo ceder su lugar, tiñéndose de los más exquisitos colores: ya de distintos matices de un naranja en que se funden desde la sutil belleza de un pálido melocotón hasta la imponente elegancia de un naranja cobrizo, ya de colores violáceos que coquetean con el lila. Apolo lanzó sus últimas flechas de oro viejo y estas rebotaron en las purpúreas flores haciéndolas resplandecer: el jardín se tiñó lo mismo que el cielo, éter y materia se confundieron en un lienzo que recuerda las postales del Japón espectral y evoca, también, sentimientos e impresiones olvidadas con los días idos, acaso imperceptibles para el corazón de los hombres de nuestro tiempo, acaso reservados a las almas cuya sensibilidad no ha sido mellada.
Entonces no era ya el mismo.


                                                             ***

》Se ha dictado mi sentencia condenatoria. No he apelado a los altos tribunales: no es mi intención retrasar la ejecución ni prolongar mi sufrimiento. Se me niega la calidad de persona, y con ello todos mis derechos.

》Cuando me trasladaban una multitud me rodeaba y acompañaba mi marcha con cantos hostiles: me odian a la vez que me temen.

》»Yo el abominable» —como dijese algún personaje de la ficción borgiana— he de perecer; y esta enorme maquinaria (con cada uno de sus engranajes) debe cumplir con su deber: ser el eterno verdugo.

》No temo por mi vida, acaso tampoco siento remordimiento alguno, acaso volvería a jalar el gatillo y cuántas cosas más haría sin atender a la razón, obedeciendo ignorados propósitos: ya no soy un hombre.

》Que me juzguen los viejos, que ensayen sus argumentos y contrargumentos. Que los unos desaten su furia e indignación y los otros su compasión. Que se me examine concienzudamente, como a un espécimen recién descubierto, sui generis. Que intenten escudriñar en mi conciencia, ya no encontrarán nada.
Verán en mi alma un espejo que refleja su propia miseria y podredumbre, y se horrorizarán; y condenarán en mí los vicios que encuentren en sus propias almas a la vez que se avergüenzan de sí mismos.
Que me juzguen las generaciones venideras o que se me olvide como a un hecho trivial.

》»Yo el abominable» he de perecer.

La Plaza de Armas fue inundada por un mar de gente. La algarabía invadía la atmosfera: la ciudad estaba de fiesta. Bocinas escupían vulgares melodías que flotaban hasta los oídos de la gente y poseíales un demonio que les hacía dar toda clase de contorsiones: Dionisio se apoderó de sus cuerpos. Los movimientos eran tan bruscos y vigorosos que no eran ya hombres sino verdaderas bestias quienes los ejecutaban: la excitación rayaba en el paroxismo.

El escenario, el público y el ambiente mismo estaban dispuestos para la aparición del actor principal, pero el espectáculo jamás llegó a su punto cumbre y los espectadores, que hacían las veces de actores secundarios, se retiraron insatisfechos de la función.

》Se ha muerto de culpa《, decían los unos. 》Ha sido Dios que le ha fulminado por sus pecados《, decían los otros.

Quizás en su fría celda fue invadido por un destello de lucidez. Quizás comprendió que aún preso no había sido privado de su libertad. Y quizás se ha muerto de libertad: aplastado por el peso de su propia libertad.

La conciencia de un hombre es un fuero lo mismo impenetrable que insondable, en cuanto a sus motivos nada se puede saber. E. Compson ha muerto, acaso él mismo era consciente de los motivos que lo llevaron al trágico desenlace.