Gonzalo Gamio Gehri[1]
Gonzalo Gamio Gehri es Doctor en Filosofía por la Universidad Pontificia de Comillas (Madrid, España). Actualmente es profesor en la en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es autor de los libros La crisis perpetua. Reflexiones sobre el Bicentenario y la baja política (2022), La construcción de la ciudadanía. Ensayos sobre filosofía política (2021), El experimento democrático. Reflexiones sobre teoría política y ética cívica (2021), Tiempo de Memoria. Reflexiones sobre Derechos Humanos y Justicia transicional (2009) y Racionalidad y conflicto ético. Ensayos sobre filosofía práctica (2007). Es coautor de Perú. Agonía y resistencia (2025). Es coeditor de El cultivo del discernimiento (2010) y de Ética, agencia y desarrollo humano (2017). Es autor de diversos ensayos sobre ética, filosofía práctica, así como temas de justicia y ciudadanía intercultural publicados en volúmenes colectivos y revistas especializadas.
“Si miras fijamente al abismo durante mucho tiempo, el abismo también te mira a ti».
Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal.
1.- Los modos de encarar el caos.
Quienes de una forma u otra estamos comprometidos con la idea de “construcción de la ciudadanía” y la contención del acelerado “deterioro democrático” buscando espacios de movilización cívica y deliberación pública, estamos expuestos a la acusación de suscribir una suerte de “idealismo político”; con el paso de los años hemos asumido -a juicio de los críticos- una lectura “ingenua” y “poco realista” de la política, desconociendo el hecho de que ella es movida por el juego de fuerzas de los grupos de poder, que se proponen manipular las emociones de las “masas” para así imponer su agenda e intereses de facción. A su juicio, tantos años de lectura de autores como Richard Bernstein, Hannah Arendt y Alexis de Tocqueville nos habrían alejado de la “cruda realidad”. Sostienen que no tomamos en consideración el ascenso incontenible de la ultraderecha y la ultraizquierda en la arena pública, dado que no comprendemos a cabalidad el “miedo al caos” que lleva a mucha gente a respaldar alternativas autoritarias.
¿Qué es el “miedo al caos”? Se trata del temor y del desconcierto que producen en las personas las formas manifiestas de injusticia básica -los niveles de pobreza y desigualdad, la ausencia del Estado, la falta de acceso a servicios decentes de salud y educación-, así como los temas asociados con la paz cotidiana: la inseguridad callejera, el fortalecimiento del crimen organizado y (no lo olvidemos) la colusión de los grupos delictivos con los exponentes de la “baja política”, el pacto que hoy gobierna y legisla en nuestro país. Esa es la idea que podría formular sobre este fenómeno, el “miedo al caos”. La reacción de mucha gente ante esta inquietante realidad consiste en refugiarse en la protección que brinda un caudillo, un político personalista que imponga un régimen de dureza y restricción de libertades para combatir dichos males. Desde luego, esta es una situación que hemos vivido muchas veces. La exaltación de la “mano dura” constituye una actitud que un sector de la población desarrolla en tiempos difíciles. Creo que es importante distinguir entre el “miedo al caos” como fenómeno social y esta consecuencia que acabo de describir, la anuencia ante el festín autoritario. Voy a examinar este problema sin apartarme del terreno de la teoría política -mi campo habitual de trabajo-, para dedicarme en otra oportunidad de un análisis de la historia reciente.
Empecemos por lo obvio. El “miedo al caos” podría bien ser uno de los detonantes medulares de la política en general. Me explico. Las prácticas, así como los elementos estructurantes de la vida pública -leyes e instituciones- constituyen una respuesta al reconocimiento de nuestra vulnerabilidad frente a la agresión, la manipulación y la incertidumbre. Tenemos necesidades y aspiraciones sobre cómo queremos conducir nuestras vidas. Incluso el deterioro de nuestros cuerpos y de nuestras mentes requiere de un marco normativo para la atención médica y el cuidado de personas en la tercera edad. Porque somos criaturas frágiles necesitamos de la política. Ella versa sobre el orden público que podemos edificar y sobre las acciones que podemos llevar a cabo para lidiar con la vulnerabilidad y con la finitud, rasgos constitutivos de nuestra humana condición.
El miedo es una emoción que afronta esta condición. Ella tiene una incontestable dimensión ética y política, pues nos mueve a descifrar y a interpretar situaciones de peligro, así como a tomar decisiones con el fin de preservar la vida y la integridad física de nosotros mismos y de otros agentes que estén bajo nuestra protección. Aristóteles sostenía que solo puede ser valiente quien siente miedo[2]. El miedo nos ayuda a afrontar adecuadamente circunstancias riesgosas si contamos con la preparación, si hemos alcanzado cierta lucidez para los asuntos prácticos y si somos capaces de escuchar razonablemente la voz de otras pasiones importantes, como la indignación y la compasión, por ejemplo. Cuando en el contexto político es solo el miedo la emoción que agita nuestro ánimo, la invocación de la violencia y la “mano de hierro” resulta la solución más frecuente. En un libro relativamente reciente, Martha C. Nussbaum ha sostenido que la democracia es un sistema político que alienta entre sus ciudadanos la experiencia de una diversidad de emociones ético-políticas; la tiranía surge, en contraste, si estamos sometidos a una “monarquía del miedo”[3].
Entonces la conexión entre el “miedo al caos” y la simple y llana seducción del autoritarismo no es necesaria ni está libre de matices; requiere de cierto terreno propicio. Se puede argumentar que al menos existen dos formas principales de afrontar el “miedo al caos”: podemos encararlo apelando a la fuerza o podemos afrontarlo invocando el imperio de la ley. En una, la confianza está depositada en la voluntad de un individuo o de una cúpula de poder; en la otra, la confianza reside en la red de normas e instituciones que organizan la vida común. Por supuesto, esta red es fruto de la actividad legislativa y política de ciudadanos concretos. Cada ciudadano es, a la vez, usuario y destinatario de este sistema de normas e instituciones, pero la sede de la “fe política” no reside en la confianza ciega en la personalidad de un líder, sino en la racionalidad de aquel marco político-legal. Esta era la convicción de Esquilo, autor griego que, en Las Euménides, describe cómo el crimen de Orestes se resuelve no bajo el registro de la espiral inagotable de la venganza -el uso de la mera fuerza-, sino a través de la deliberación de jueces y jurado en el Areópago de Atenas.
“ATENEA – Pero, ya que este asunto se ha presentado aquí, para entender en los homicidios, elegiré jueces, que a la vez que sean irreprochables en la estimación de la ciudad, estén vinculados por juramento, y los constituiré en tribunal para siempre”[4].
Es lamentable que en nuestro tiempo tantas personas no tomen conciencia de que el énfasis en la participación política y en el respeto de la ley pueda reconocerse como una actitud lúcida y realista ante el “miedo al caos”. Estamos fascinados con la idea misma del “puño de hierro” con el que presuntamente administra el poder un caudillo carismático. A juicio de muchos -y no pocos políticos y académicos-, los procesos de deliberación pública, rendición de cuentas, la división y el equilibrio de poderes, constituyen dimensiones etéreas de la vida política, que podrían ser susceptibles de negociación de cara a la búsqueda de seguridad física y económica y el deseo de una gestión eficaz del poder estatal. De inmediato pensamos en Hobbes, en cómo los individuos que habitan en el hipotético estado natural estarían dispuestos a sacrificar su libertad a cambio, precisamente, de seguridad. Es el Leviatán la instancia que administra la violencia y la coacción para garantizar el acceso a esa anhelada seguridad.
2.- La fascinación frente al autoritarismo. Política y represión de la libertad.
Hace varias décadas que se publican encuestas de opinión en las que se pregunta a los ciudadanos si valoran la forma de vida democrática o si estarían dispuestos a soportar una suerte de “dictadura benévola” que “ponga orden” a pesar de que pudiese restringir derechos y libertades fundamentales. En suma, se nos pregunta si estamos dispuestos a pagar el precio por el orden. Y cada cierto tiempo, las respuestas se hacen más inquietantes. Las concesiones al autoritarismo se han convertido en la reacción más común frente al “miedo al caos”.
Siempre llama la atención esta condescendencia frente a las dictaduras en la región y en el país. Se supone -mucha gente lo supone- que un caudillo providencial se ocupará de los problemas estructurales de la sociedad, sin padecer el letargo de los procedimientos legales y políticos propios de la democracia liberal, sin las largas consultas a otros poderes públicos y sin detenerse en detalles “formales” y “suntuarios”, como la rendición de cuentas. Todo eso es engorroso, lento y costoso. Así piensa la mentalidad autoritaria. La multiplicidad de golpes de Estado y regímenes cívico-militares que hemos vivido a lo largo de la historia del subcontinente han naturalizado el abuso de poder y lo han disfrazado de “gestión política eficaz”. Tendemos a olvidar que la dictadura era una magistratura legal y estrictamente regulada bajo la república romana. Ante una situación excepcional -a menudo un conflicto armado o una aguda crisis interna- a petición del senado se le conferían plenos poderes (imperium, que implicaba poder militar) a un personaje político que contara con el reconocimiento público en virtud de su trayectoria y servicios a la comunidad. Su nombramiento era encargado a un cónsul y se le concedía a un plazo estricto -entre seis meses y un año- para resolver el problema, luego de lo cual se recuperaba la situación política que era habitual en una república.
En la antigua Roma, como puede apreciarse, la dictadura era una figura legal controlada, a través de la cual se intentaba enfrentar el “miedo al caos”. Cuando Julio César cruzó el Rubicón, inició la guerra civil, rompiendo con la legalidad vigente. A la larga, fue ungido como “dictador vitalicio”, hecho que desnaturalizó la figura política de la dictatūra y la república quedó herida de muerte. Nunca más un régimen basado en el autogobierno ciudadano pudo afianzarse allí. La situación generada por Julio César dio forma a la interpretación moderna (algo descuidada) de dictadura, concebido como el régimen de facto en el que un líder ejerce el poder sin restricciones legales ni límites de tiempo. Esa es la imagen que hoy se tiene de la dictadura, en particular en sociedades que padecen de una aguda debilidad institucional.
Todos los dictadores -antiguos y modernos, de derechas y de izquierdas- han sido populares y han sostenido su permanencia en el poder (al menos al inicio de su gobierno) en ese “favor popular”. Parafraseando a Hegel y a La Boetie, no hay señor sin siervo, no hay despotismo que se sostenga en el tiempo sin la renuncia expresa al ejercicio de la ciudadanía por parte de los miembros de la comunidad[5]. Cuando se apela al “miedo al caos” para desestimar el “republicanismo” que algunos ciudadanos defendemos, el argumento invocado es este, la alusión a una suerte de extraño “sentido de realidad” consistente en renunciar a nuestra capacidad de agencia política en favor de un poder tutelar que se impone con dureza bajo el pretexto de “traer orden” a una sociedad en crisis. El “miedo al caos”, a veces, nos lleva a tolerar el abuso y el imperio de la fuerza, a guardar silencio frente a la corrupción y a la violación de derechos humanos, en suma, a renunciar a la libertad en nombre de la “mano dura”. Esta es una de las “taras” que ha sufrido Latinoamérica en general y que sigue sufriendo el Perú en estos días.
¿No se percibe la ingenuidad de quien considera una sólida “transacción racional” el delegar todo poder en favor de un caudillo o de una cúpula que administre lo que en otro tiempo fue “público”, confiando en que dicha administración será juiciosa y ejemplar, a pesar de que ella no contará con las restricciones de ley, ni con la supervisión de ciudadanos e instituciones autónomas, ni con límites temporales estrictos? ¿Tiene algún sentido confiar la solución de los problemas de fondo -seguridad física y económica, por ejemplo- al ejercicio de la “voluntad del líder” antes que al quehacer de las instituciones y al juicio de los propios ciudadanos? ¿Tiene “fundamento” aquella suerte de “esperanza mesiánica”, que implica deserción cívica y anulación de la agencia política? ¿Cuán “realista” es la respuesta autoritaria al “miedo al caos”?
3.- La acusación de “idealismo” y el principio de encarnación.
La alusión al “idealismo político” resulta problemática por varias razones. En primer lugar, se trata de una categoría considerablemente imprecisa. Presupone que quien le otorga a la deliberación pública y a los procedimientos democráticos un rol fundamental en el ejercicio político (es decir, en nuestros modos de lidiar con el “miedo al caos”), estamos privilegiado las “ideas” y los “valores” (el llamado deber ser) y dejando fuera de la ecuación a la “realidad” (el ser). Los “realistas” o “neorrealistas”, en contraste, se remiten a la “cruda realidad”.
Esta acusación es extraña, porque presupone -como decía- lo que se debería esclarecer con mayor cuidado. No basta apelar a la “realidad”, sin examinar antes aquello sobre lo que estamos hablando. La realidad no está allí (sin más). Cuando usamos nombres y emitimos juicios sobre los “objetos de experiencia” no estamos simplemente constatando (o gestionando) “hechos”, estamos construyendo interpretaciones que pueden contribuir a aclarar (o no) problemas filosóficos sobre aquello que experimentamos. Cuando usamos la palabra “esto” o las expresiones “aquí” y “ahora” estamos yendo más allá del señalamiento mudo de objetos. Estamos apelando a la espacialidad y a la temporalidad de nuestra experiencia. No se trata de la vivencia inmediata de objetos. La percepción o el juicio acerca de objetos siempre están mediados por el uso del lenguaje y por la posición de nuestros cuerpos en el espacio de la experiencia. Estos argumentos fueron formulados por Hegel en la primera sección de la Fenomenología del espíritu (la llamada “certeza sensible”) hace más de doscientos años. La crítica al “realismo metafísico” -que suscriben tan alegremente algunos partidarios de la ciencia histórica y social positivista- es particularmente poderosa y perspicaz. Los autodenominados “nuevos realistas” parecen ignorar la contundencia de este razonamiento, a pesar de que socava rigurosamente su dogmático alegato sobre lo “real”[6].
Los “realistas” (antiguos y nuevos) están convencidos de que existe un hiato profundo entre lo que es y lo que debe ser, entre los vocabularios que empleamos cuando describimos fenómenos y los que invocamos cuando postulamos obligaciones o asignamos responsabilidades. Se trata de otra presuposición que no toma en cuenta aquello que se pone en juego cuando nos referimos a prácticas sociales. Aprender un idioma, una ciencia o un oficio, cultivar un deporte o un juego -por poner solo algunos ejemplos- son prácticas que implican la observancia de reglas y el desarrollo de excelencias[7]. Las prácticas sociales llevan implícitamente un contenido normativo; su comprensión no es accesible a un presunto lenguaje de “descripción neutra”. El lenguaje del deber ser está implícito en el es, cuando se trata del ejercicio de una práctica.
Los seres humanos somos agentes antes que observadores o sujetos cognoscentes. Nuestra relación con el mundo es eminentemente práctica, no (en primera instancia) contemplativa. Nuestros canales de contacto con las cosas son el cuerpo y el lenguaje, somos seres encarnados. Habitamos el mundo buscando afirmarnos en él para alcanzar el bienestar y cultivar una vida en libertad. Lidiamos con las cosas para lograr estos fines. Diseñamos herramientas de todo tipo para ello: instrumentos de labranza, de caza y de construcción, armas, pero también herramientas sociales más sutiles, como conceptos, valoraciones, imágenes poéticas, metáforas e instituciones. Los derechos, la democracia, las ciencias, las artes, la filosofía, son herramientas cuya validez es sopesada en la medida en que sirven o no para mejorar nuestra conducta y hacer ajustes en nuestros modos de orientarnos en el mundo. En esta línea de reflexión -que procede del pragmatismo de William James, John Dewey y Oliver W. Holmes- las “ideas” y los “valores” no son resultado de la contemplatio dirigida a la captación de “abstracciones” o de la fabulación de una mente bienintencionada; ellos son inseparables de nuestras actividades ordinarias y se proponen esclarecerlas sin abandonar el terreno de la práctica. Las ideas y los valores se encarnan en instituciones y prácticas sociales.
Así funciona lo que podríamos llamar -siguiendo a Hegel y a los pragmatistas estadounidenses – el principio de encarnación. Las ideas y los valores se in-corporan en los hábitos de nuestra vida cotidiana de cara a horizontes, vale decir, marcos de interpretación públicamente disponibles y susceptibles de una progresiva evaluación crítica. El énfasis en la deliberación, las reglas democráticas y la movilización cívica no nos remite a postulados abstractos, sino a elementos de la vida común conducentes a mejorar nuestra práctica política. Constituyen dispositivos políticos, como hemos señalado al inicio de este ensayo, para afrontar el “miedo al caos”. La acusación de idealismo parece así infundada, a menos que identifiquemos el “realismo” con las concesiones a la crueldad o a la autocracia. No encuentro ningún argumento ético o político que justifique la “tolerancia” al autoritarismo. La llamada “servidumbre voluntaria” -en el sentido del ya mencionado La Boetie- podría ser identificada como una manera deficiente de concebir y de vivir la política.
Las actividades que tienen impacto en la sociedad requieren de un entramado de reglas e instituciones. Los mecanismos de mercado no pueden ponerse en funcionamiento sin un marco legal y sin un Estado que vele por su cumplimiento. La deliberación y la movilización cívica solo pueden desplegarse desde la esfera pública (que incluye tanto el sistema político -es decir, el Estado y los partidos políticos- como las instituciones de la sociedad civil). Cada una de estas organizaciones y asociaciones reúne a ciudadanos y a grupos de ciudadanos. Nuevamente, cabe preguntarse qué lleva a algunos individuos a confiar más en el voluntarismo de los caudillos que en el funcionamiento de las instituciones y la acción de ciudadanos comprometidos con el fortalecimiento de las mismas. No existe comunidad política sana sin instituciones sociales y políticas sólidas.
4.- Resistir ante el abismo. La necesidad de edificar ciudadanía.
La sospecha de “idealismo” recae en nosotros cuando señalamos que no se puede conjurar el caos sin construcción de la ciudadanía. Las reglas y las instituciones son necesarias, pero no suficientes. Si en algún oscuro momento la vigencia del orden público democrático se pone en entredicho, solo la acción sostenida de ciudadanos comprometidos con la democracia liberal podrá salvaguardar ese orden e infundirle vida. No basta “vivir” bajo una democracia; debemos aspirar a “vivir bien” para expresar esa héxis. Un régimen libre debe procurar formar a los ciudadanos en la discusión crítica y la incorporación de hábitos democráticos.
La acción política necesita algunos saberes y habilidades precisos. El conocimiento de la ley y de nuestros derechos básicos, una cierta comprensión de nuestra historia remota y reciente, el escrutinio de los procedimientos y valores públicos liberales, la disposición a discernir en torno a conflictos ético-políticos de largo alcance, constituyen condiciones y excelencias que nos habilitan como ciudadanos competentes para lidiar con la res publica. Necesitamos de esas condiciones y excelencias. Sin ejercicio de la ciudadanía no hay libertad ni genuino bienestar[8]. La deliberación pública permite examinar posibles medidas sobre cuestiones de justicia básica y de paz cotidiana. No es un asunto que concierna exclusivamente a una “élite” de criollos, citadinos, mesocráticos, graduados y profesionales; involucra a todos los ciudadanos sin excepción. Es conocida la poderosa contribución de sindicalistas, así como miembros de gremios de trabajadores y participantes de colegios profesionales a los debates públicos locales sobre cuestiones centrales de justicia. Asumir que la deliberación es exclusivo patrimonio de las “élites” es una presuposición falsa, además de un grave error empírico[9].
Es imprescindible contar con una paidéia democrática. La escuela y la universidad deben convertirse en espacios para la adquisición y el cultivo de estas habilidades y excelencias ético-políticas. La idea es incorporar los “hábitos de la mente” y los “hábitos del corazón” que la práxis política democrática requiere; Tocqueville planteó el ejercicio de ambas figuras éticas como base de cualquier régimen político consistente[10]. Aludió al desarrollo de formas de pensamiento crítico y de sentimientos morales -como la compasión y la vergüenza- que nos permitan establecer conexiones sólidas y duraderas con nuestros conciudadanos y con las instituciones que vertebran la vida social[11]. La vergüenza (aidós) es una emoción crucial. Ella permite identificar con claridad aquellas decisiones y comportamientos que trasgreden la justicia y la cohesión comunitaria, o que lesionan las libertades políticas. Funciona como un factor de prevención y de contención de conductas que hagan inviable la pólis en cuanto tal. A su vez, permite a los ciudadanos reconocer razonablemente qué acciones y propósitos podrían robustecer o proteger el régimen democrático.
La formación de la ciudadanía logra que echemos raíces y desarrollemos compromisos con las reglas, los procedimientos y los valores públicos que organizan nuestra forma de vida común. Sin este acervo de categorías y prácticas, estamos desarmados frente al caos. Observamos con atención el fondo del abismo, pero no estamos preparados para resistir cuando este nos devuelve la mirada. La aproximación autoritaria al caos realmente carece de los recursos para enfrentar los problemas de justicia básica, inseguridad callejera y descomposición social. Cuando no existe una sensibilidad democrática, ni contamos con mecanismos de vigilancia y rendición de cuentas, la concentración de poder deviene rápidamente en corrupción y abuso político. Conocemos bien ese fenómeno, tan recurrente en sociedades institucionalmente débiles. Solo un sentido fuerte de ciudadanía nos hace capaces de afrontar lúcidamente el caos y edificar el orden desde un marco político forjado en la cultura de la libertad.
- Gonzalo Gamio Gehri es Doctor en Filosofía por la Universidad Pontificia de Comillas (Madrid, España). Actualmente es profesor en la en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es autor de los libros La crisis perpetua. Reflexiones sobre el Bicentenario y la baja política (2022), La construcción de la ciudadanía. Ensayos sobre filosofía política (2021), El experimento democrático. Reflexiones sobre teoría política y ética cívica (2021), Tiempo de Memoria. Reflexiones sobre Derechos Humanos y Justicia transicional (2009) y Racionalidad y conflicto ético. Ensayos sobre filosofía práctica (2007). Es coautor de Perú. Agonía y resistencia (2025). Es coeditor de El cultivo del discernimiento (2010) y de Ética, agencia y desarrollo humano (2017). Es autor de diversos ensayos sobre ética, filosofía práctica, así como temas de justicia y ciudadanía intercultural publicados en volúmenes colectivos y revistas especializadas. ↑
- Cfr. Eth. Nic. 1115b-1116ª. ↑
- Consúltese Nussbaum, Martha C. La monarquía del miedo Barcelona, Paidós 2019. ↑
- Euménides, 482 – 484. (Las cursivas son mías). ↑
- Cfr. Gamio, Gonzalo La crisis perpetua Lima, UARM 2022 primera sección, décimo capítulo. ↑
- Véase Hegel, G.W.F. Fenomenología del espíritu México, FCE 1987, primer capítulo, “La certeza sensible”. ↑
- Cfr. Murdoch, Iris “La soberanía del bien sobre otros conceptos” en: La soberanía del bien Madrid, Caparrós 2001 pp. 91 y ss. ↑
- Acabo de publicar en El Salmón un ensayo sobre este tema. Véase Gamio, Gonzalo “La democracia liberal no crece espontáneamente, como las setas en un campo húmedo” en: El Salmón (8 Enero de 2026) https://www.elsalmon.info/post/la-democracia-liberal-no-crece-espont%C3%A1neamente-como-las-setas-en-un-campo-h%C3%BAmedo .↑
- Ibid. ↑
- Revísese Tocqueville, Alexis de La democracia en América Madrid, Guadarrama 1969. ↑
- Véase Nussbaum, Martha C. El ocultamiento de lo humano. Repugnancia, vergüenza y ley Buenos Aires, Katz 2006.↑
