Diego Bello, Estefanía Champa, Erik Lora, Lizt Lozano, Leslie Lugo

Psicólogos de la Oficina de Servicio de Orientación al Estudiante
Pontificia Universidad Católica del Perú

El ingreso a la vida universitaria supone una serie de retos académicos y emocionales que los adolescentes y adultos jóvenes tienen que enfrentar. En muchos casos, desde  el periodo  escolar, se van generando grandes expectativas futuras vinculadas a obtener  un alto rendimiento académico y un buen desempeño social durante la etapa universitaria. Estas expectativas, muchas veces, son reforzadas por presiones familiares y sociales relacionadas con tomar “buenas” decisiones como qué carrera seguir, en dónde estudiar, y determinar el tiempo de inicio y término de los estudios. Por si fuera poco, este periodo coincide con la presencia de importantes cambios a nivel psicológico-emocional de los adolescentes, concernientes con la relación ambivalente con las figuras de autoridad, el despertar de la sexualidad, la búsqueda  y consolidación de la identidad, entre otros.

En este difícil contexto, los adolescentes tienen que adaptarse a un nuevo sistema educativo, que suele contener múltiples estresores, como la sobrecarga académica, los plazos para el cumplimiento de tareas, los trabajos en grupo, el número de horas de clases y las horas de estudio autónomo que el estudiante debe realizar, para reforzar o consolidar su aprendizaje. Así mismo, tienen que aprender a desenvolverse en un ambiente inédito, alejados de su grupo conocido de amigos y de la seguridad que implica sentirse parte de una comunidad. Ni que decir de los estudiantes que vienen de provincia, que además de adaptarse a la universidad, tienen que adecuarse a la nueva ciudad y a vivir alejados de su familia.

En este proceso es comprensible que la salud mental de los estudiantes se vea expuesta a distintas dificultades y desajustes. Frente a esto, los alumnos no saben muy bien cómo responder porque generalmente no han desarrollado las habilidades personales necesarias, o porque es la primera vez que experimentan este tipo de frustraciones y exigencias.

En este sentido, diversos estudios se han encargado de mostrar que los alumnos son sensibles de presentar una serie de trastornos psicológicos al ingresar a la universidad, tales como depresión, ansiedad y pérdida de atención (Pérez, Bonnefoy, Cabrera, Peine, Macaya, Baqueano y Jiménez, 2012). Esta información es consistente con lo encontrado en la PUCP; que, según datos de la Oficina de Servicio de Orientación al Estudiante (2018), los alumnos que se acercan a buscar ayuda psicológica reportan en su mayoría sintomatología ansiosa (39.14%), sintomatología asociada a la autopercepción y autoestima (27.24%) y sintomatología depresiva (24.07%).  Además, también se han reportado casos de sintomatología asociada a temas académicos (16.2%) como estrés, bajo rendimiento, desmotivación e inadecuadas estrategias de estudio, así como dificultades en las relaciones interpersonales (15.1%) con familiares o pareja, y por temas vocacionales (7.4%). Si bien estos casos aparecen con menor frecuencia, pueden convertirse en factores  de riesgo importantes que aumentan la probabilidad de tener alguna dificultad psicológica de mayor gravedad más adelante (OSOE, 2018).

Este panorama revela un desafío grande para la universidad: constituirse en un espacio de formación integral, que contribuya al desarrollo no sólo académico, sino también emocional y humanista. Sólo bajo este marco, será posible formar personas responsables de su bienestar y ciudadanos sensibles con su entorno, comprometidos para ayudar a solucionar problemas sociales. En ese sentido, encontramos que en la actualidad, para hablar de educación integral, no se puede dejar de lado el valor del desarrollo emocional. Por ello, según Fragoso (2015), organismos como la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) y la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico) refieren que, para afrontar con éxito el mercado laboral, es necesaria una formación que contemple no solo los conocimientos académicos sino también las habilidades socio-afectivas en el estudiante universitario.

Por su parte, Londoño (2009) refiere que el rol de las instituciones universitarias debería priorizar la guía y el soporte que se ofrece al estudiante, para contribuir a la adaptación necesaria y lograr el éxito académico y el alcance de sus metas formativas profesionales. Es así que, una forma de responder a la necesidad de espacios orientados a la salud mental de los estudiantes es a través de la atención psicológica individual. Si bien esto es fundamental para el abordaje de dificultades emocionales, apunta generalmente a combatir el síntoma y termina resultando insuficiente para la creciente población y para las, cada vez más intensas y frecuentes, demandas de toda la comunidad universitaria.

Resulta importante entonces pensar en abordajes alternativos y complementarios, como por ejemplo, la creación de programas orientados no solamente a la intervención, sino también a la prevención de dificultades psicológicas mayores, y promoción de hábitos saludables y autocuidado en torno a la salud mental. Además, como parte del compromiso de la universidad para gestionar cambios que promuevan el bienestar psicológico, Rojas, Martínez y Jiménez (2019), manifiestan que es relevante poner en funcionamiento “currículos saludables”, logrando coherencia entre los créditos de los cursos y la carga académica real que estos tienen, y no solo fomentar actividades deportivas y espacios de socialización que acompañen las rutinas de los estudiantes.

La importancia otorgada a este tema, además, está respaldada a nivel institucional, ya que el año pasado se aprobó en la PUCP la Política de Salud Mental, la cual destaca la importancia de la prevención y la promoción de la salud mental como un tema prioritario en su quehacer cotidiano, teniendo como finalidad cuidarla, promoviendo condiciones para el logro de un bienestar integral de toda la comunidad universitaria (Política Institucional de Salud Mental. Pontificia Universidad Católica del Perú, 2018). Asimismo, el documento descrito incluye el enfoque comunitario dentro de su propuesta. Este modelo promueve que las personas y la comunidad en general se constituyan como gestores de su propia salud mental, promoviendo su participación en la identificación de las problemáticas, recursos y fortalezas, así como en la creación de propuestas y programas para su propio bienestar.

Por lo mencionado anteriormente, teniendo en cuenta las problemáticas a las que están expuestos los estudiantes, y lo complejo que es actualmente intervenir en ellas, resulta indispensable un cambio de paradigma de la salud mental, en el cual todos los actores de esta comunidad universitaria participemos de acciones en pro de nuestro bienestar psicológico y saber que no necesitamos ser profesionales de la salud mental, para hacernos cargo de nuestras emociones y ayudar a otros. Tanto alumnos, docentes, autoridades, personal administrativo y de apoyo, desde nuestros lugares y haciendo uso de nuestros recursos, podemos construir salud mental.


REFERENCIAS:

Fragoso, R. (2015). Inteligencia emocional y competencias emocionales en educación superior, ¿un mismo concepto?. Revista Iberoamericana de Educación Superior, 6(16), 110-125. Recuperado de https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=299138522006

Informe de atención psicológica individual. Oficina de Servicio de Orientación al Estudiante – OSOE. Pontificia Universidad Católica del Perú. (2018).

Londoño, C. (2009). Optimismo y salud positiva como predictores de la adaptación a la vida universitaria. Acta Colombiana de Psicología, 12(1), 95-107. Recuperado de https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3097190

Pérez, C., Bonnefoy, C., Cabrera, A.,  Peine, S.,  Macaya, K.,  Baqueano, M. y  Jiménez, J. (2012). Problemas de salud mental en alumnos universitarios de primer año de Concepción, Chile. Anales de Psicología, 28(3), 797-804. Recuperado de http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=16723774018

Política Institucional de Salud Mental. Pontificia Universidad Católica del Perú. (2018).

Rojas, G., Martínez, V. y Jiménez, A. (2019).  Salud mental de estudiantes universitarios: ¿qué pueden hacer las universidades? Columna de opinión. Recuperado de http://www.uchile.cl/noticias/153079/salud-mental-de-estudiantes-universitarios-

 

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