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Multilateralismo para el Siglo XXI

por PÓLEMOS
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Dra. Susana Mosquera

Doctora en derecho con mención de doctorado europeo por la Universidad de A Coruña, España. Docente principal de la Facultad de Derecho de la Universidad de Piura. Decana de la Facultad de Derecho y Directora del Instituto para los Derechos Humanos y la Democracia de la Universidad de Piura.


I. Un nuevo siglo, desafíos multiplicados: ¿por qué necesitamos más cooperación?

Vivimos una época de profundas tensiones y contradicciones, en la que los ideales de paz, cooperación y respeto al derecho internacional conviven con realidades marcadas por la guerra, el repliegue nacionalista, la desigualdad estructural y una creciente desconfianza hacia las instituciones globales. La humanidad enfrenta desafíos múltiples y simultáneos que trascienden las fronteras: conflictos bélicos prolongados como la invasión rusa en Ucrania, con decenas de resoluciones vetadas en el Consejo de Seguridad; el sufrimiento de la población civil en Gaza ante la parálisis diplomática y humanitaria del sistema multilateral; el deterioro de los equilibrios geoeconómicos y la fragmentación del sistema comercial internacional; el recrudecimiento del cambio climático, que desborda las capacidades de adaptación de los Estados más vulnerables, incluso después del Acuerdo de París; y el surgimiento de nuevos riesgos tecnológicos que ponen a prueba la gobernanza de la inteligencia artificial, la seguridad cibernética y la privacidad de millones de personas.

II. El multilateralismo frente al unilateralismo: dos modelos en disputa

Frente a esta complejidad, emergen dos caminos. Uno, el del unilateralismo, responde desde el aislamiento, la imposición de intereses nacionales y la lógica del poder asimétrico. Otro, el del multilateralismo, apuesta por la cooperación, el diálogo y la construcción de soluciones compartidas, con base en normas, instituciones y principios comunes. La tentación del unilateralismo ha ido ganando espacio en los últimos años, alimentada por discursos populistas, lógicas electorales inmediatas, presión social interna y una creciente fatiga respecto a los compromisos multilaterales. La historia reciente ofrece múltiples ejemplos: la captura del expresidente Nicolás Maduro, el retiro de Estados Unidos de más de 60 organizaciones internacionales, la retirada (dos veces) del Acuerdo de París y del Consejo de Derechos Humanos durante la presidencia de Donald Trump; las políticas migratorias restrictivas en Europa y América que vulneran el principio de no devolución; el desfinanciamiento crónico de la OMS durante la pandemia de COVID-19; la imposición de aranceles unilaterales violatorios de las reglas de la OMC; el rechazo explícito al multilateralismo en nombre de una soberanía nacional “recuperada”.

Este tipo de decisiones se presentan, en apariencia, como eficaces: se adoptan rápidamente, responden a demandas internas y ofrecen resultados visibles a corto plazo. Pero esta eficacia es engañosa. Al operar desde la fragmentación, estas respuestas debilitan la arquitectura internacional, erosionan la confianza mutua entre Estados, deslegitiman las instituciones comunes y generan efectos colaterales que, a mediano y largo plazo, afectan a todos. Tal como advirtió el jurista Antonio Cassese, el multilateralismo no es simplemente una técnica jurídica o una arquitectura diplomática, sino una construcción política y ética que contiene al poder, canaliza los conflictos y permite imaginar un futuro común en clave de paz.

Frente a este avance del unilateralismo, el multilateralismo debe ser defendido, reformado y fortalecido. No como una nostalgia por un orden internacional idealizado, sino como una condición estructural de las sociedades modernas. Desde su creación en 1945, el sistema multilateral ha representado una respuesta normativa y política al trauma de las guerras mundiales. La Carta de las Naciones Unidas, el nacimiento del sistema de Bretton Woods, la Declaración Universal de Derechos Humanos, el desarrollo progresivo del derecho internacional humanitario y la consolidación de regímenes internacionales —desde el cambio climático hasta el comercio, desde la salud global hasta la cooperación judicial— han sido frutos de una voluntad colectiva de evitar el caos y construir reglas mínimas de convivencia global. Como señalaba el Informe “Nuestra Comunidad Global” de la Comisión de Gobernanza Global (1995), el multilateralismo es la expresión práctica de una ética de la responsabilidad compartida.

III. Las grietas del sistema multilateral: del veto en la ONU al caso Maduro

Sin embargo, esta arquitectura está en crisis. El Consejo de Seguridad de la ONU ha mostrado una parálisis estructural en situaciones clave, como Siria, Ucrania, Gaza o Sudán, debido al uso geopolítico del derecho de veto por parte de sus miembros permanentes. En paralelo, el sistema de solución de diferencias de la OMC quedó bloqueado desde 2019 por la negativa de Estados Unidos a nombrar nuevos jueces del Órgano de Apelación, debilitando las garantías jurídicas del comercio global. La Corte Penal Internacional enfrenta la resistencia de varios Estados, incluidos potencias que no han ratificado el Estatuto de Roma, mientras se cuestiona su selectividad. La UNESCO ha vivido fracturas ideológicas sobre el patrimonio cultural, la libertad académica y la regulación de contenidos digitales. Y los sistemas regionales, como la Unión Africana, la OEA o incluso la Unión Europea, enfrentan retrocesos democráticos, desafíos presupuestarios y tensiones entre sus miembros.

Pese a todo ello, el multilateralismo sigue siendo el camino más sensato. Porque, a diferencia del unilateralismo, se basa en principios que resisten al tiempo: la igualdad soberana de los Estados, la solución pacífica de controversias, la cooperación internacional y el respeto al derecho. Además, se fundamenta en tres pilares clave: la indivisibilidad de los problemas globales —porque ningún país puede resolverlos por sí solo—; la reciprocidad —porque el respeto mutuo es el único camino hacia la legitimidad—; y la no discriminación —porque los derechos y las reglas no pueden aplicarse de forma selectiva o estratégica.

IV. Repensar el multilateralismo: actores, reformas y filosofía para el siglo XXI

Hoy, más que nunca, debemos revalorizar el multilateralismo como una filosofía política y cultural, no solo como una técnica institucional. Como plantea la jurista Dina Shelton, el derecho internacional contemporáneo no puede desvincularse de una ética de interdependencia, basada en la solidaridad, el respeto y la justicia transnacional. En este sentido, el multilateralismo del siglo XXI debe avanzar hacia un modelo más inclusivo, horizontal y plural, en el que no solo los Estados tengan voz. Las empresas multinacionales, cuya actividad trasciende fronteras y tiene efectos concretos sobre los derechos humanos y el medio ambiente, deben asumir compromisos globales vinculantes bajo los Principios Rectores de la ONU sobre Empresas y Derechos Humanos. Las universidades y centros de pensamiento deben contribuir a la construcción de conocimiento situado, intercultural y crítico. La sociedad civil organizada —ONG, movimientos sociales, comunidades indígenas, sindicatos, redes juveniles— debe ser reconocida como actor legítimo en los procesos de toma de decisiones internacionales.

Esto implica repensar las reglas y los formatos del multilateralismo actual. Reformar el Consejo de Seguridad, incorporando criterios de representación geográfica y eliminación progresiva del veto. Democratizar el poder de voto en el FMI y el Banco Mundial, fortaleciendo la voz de los países de renta media y baja. Reestablecer un sistema eficaz de solución de diferencias en el comercio internacional. Asegurar el cumplimiento de las decisiones de la Corte Internacional de Justicia, como ocurrió en casos recientes como Gambia vs. Myanmar por la violación de la Convención para la Prevención del Genocidio. Y, sobre todo, construir mecanismos reales de rendición de cuentas frente a los incumplimientos sistemáticos de normas internacionales que hoy quedan impunes.

Pero no basta con reformas institucionales. También es necesario fomentar una nueva cultura multilateral, basada en el respeto a la diversidad cultural, lingüística y epistémica. Como plantea Boaventura de Sousa Santos, el multilateralismo hegemónico, basado en matrices eurocéntricas, debe abrirse a otras racionalidades, saberes y formas de entender la justicia global. Por ello, es crucial potenciar el multilateralismo regional como complemento del sistema global. La CELAC, el Mercosur, la Unión Africana, la ASEAN o los BRICS pueden ser espacios de articulación más próximos, flexibles y representativos, que respondan a las realidades específicas de sus pueblos. También lo es fortalecer la cooperación Sur–Sur, bajo principios de solidaridad horizontal y autonomía relativa, que permitan construir modelos propios de desarrollo sin imposiciones externas.

En este marco, el Sur global debe ser protagonista, no invitado de piedra. América Latina, África, Asia y Oceanía tienen no solo demandas legítimas, sino propuestas concretas para enfrentar los desafíos del siglo XXI: iniciativas regionales para la transición energética justa, plataformas para la gobernanza de los bienes comunes globales (agua, biodiversidad, datos), enfoques de seguridad humana centrados en las personas y no en los Estados, y experiencias comunitarias de resolución de conflictos y justicia restaurativa que deben ser visibilizadas.

Finalmente, el multilateralismo también es memoria y prevención. Su razón de ser es evitar que los horrores del pasado se repitan. Por ello, recuperar la inspiración pacifista que animó los movimientos internacionales antes de la Primera Guerra Mundial —como señalaba Stefan Zweig en su autobiografía “El mundo de ayer”— es más necesario que nunca. En un mundo saturado de violencia simbólica y física, donde el lenguaje del odio y la polarización gana espacio, necesitamos volver a la palabra, al derecho y al diálogo. Esto no es ingenuidad: es realismo ético. Porque la alternativa es el caos.

Por todo ello, defender el multilateralismo es hoy un acto de responsabilidad, lucidez y compromiso con las generaciones futuras. En tiempos donde la confrontación parece ser la norma, la cooperación se convierte en una forma superior de resistencia. Y aunque imperfecto, complejo y muchas veces frustrante, el multilateralismo sigue siendo el único horizonte viable para construir un orden internacional más justo, pacífico y sostenible. La pregunta es simple, pero decisiva: ¿queremos vivir en un mundo con muros o con puentes? Yo sigo prefiriendo los puentes.

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