La pandemia y cómo afecta a la democracia: una mirada al juego en la niñez

La pandemia y cómo afecta a la democracia: una mirada al juego en la niñez

Ulises Bautista Quispe

Abogado por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Se ha desempeñado como docente en el curso de Derecho Civil Patrimonial dentro del Centro de Educación Continua de la misma casa de estudios. 


 

En el contexto de las elecciones generales 2021, principalmente en la segunda vuelta, hemos sido testigos de la falta de valores democráticos en nuestro país. Una intolerancia por la opinión contraria y poca capacidad de deliberación. Uno mira al otro y pareciera que estaría apreciando lo peor de las personas. La democracia está en uno de sus momentos más difíciles.

El reconocido politólogo Francis Fukuyama advertía hace años que para que una sociedad funcione de manera eficiente era necesario la confianza, lo que él denominaba <<capital social>> para diferenciarlo de la riqueza material (1999, pp. 26-36). Es decir, se requería salir de una sociedad impersonal (individualista) y pasar a una comunidad, donde se dé un conjunto de interacciones informales que permita un mejor funcionamiento de la sociedad.

Uno de los elementos que permite la creación del capital social es el juego grupal en la niñez, aquel que se daba con la interacción de persona a persona. Esta actividad casi tan intrascendente para muchos cumple un rol importante en la sociedad. Tradicionalmente, ha permitido que los niños adquieran un conjunto de habilidades sociales, entre los que se encuentra el desenvolvimiento dentro de la democracia.

Sin embargo, con el paso a la era digital y a una mayor privatización de los espacios públicos, la infancia tradicional se ha visto alterada. Se ha salido de una comunidad para ingresar a una sociedad impersonal. Son cada vez menos las oportunidades que tienen los niños para una interacción social real. Atrás quedaron los juegos grupales, sea alrededor de una plaza o una loza deportiva, los juegos tradicionales como el daño, la salta soga, etc.

El juego grupal de los niños en los espacios abiertos ha disminuido, lo que ha llegado a su clímax con la pandemia por el Coronavirus (COVID-19). Las cuarentenas decretadas por el gobierno para atenuar la propagación de este virus han desaparecido los juegos grupales con efectos negativos sobre la salud mental de los niños y la formación democrática.

El juego grupal (social) ha sido reemplazado por juegos individuales frente al celular o el ordenador para quienes cuentan con estos bienes; a pesar de que se ha incrementado la interacción en línea, esta no suple el rol del juego. Y aun cuando haya juegos grupales en línea tampoco es igual al juego físico. No se activan las mismas áreas del cerebro.

La falta de interacción social por la ausencia del juego grupal lleva a que los niños no desarrollen sus habilidades de deliberación y resolución de conflictos; como se ha comentado, <<los ciudadanos de una democracia no desarrollan este arte cuando cumplen dieciocho años. Les lleva muchos años cultivar estas habilidades>> (Haidt y Lukianoff, 2019, p. 293). Los valores democráticos se forman desde la niñez.

Por ejemplo, un niño que participa en un juego sabe respetar los resultados. A veces se gana, otras veces se pierde.  Es algo que se aprende luego de tantas interacciones sociales. Las reglas informales bajo las que se desarrolla están inspiradas en los valores de la democracia; de esta manera, no están obligados a jugar un determinado juego si la mayoría no está de acuerdo en participar.

En muchas ocasiones hay una deliberación pública para llegar a un consenso, que nos recuerda un poco a la democracia directa de la antigua Grecia, en la cual los ciudadanos se reunían alrededor de una plaza para decidir sobre asuntos públicos. En nuestros tiempos, los niños dirimen la controversia o incertidumbre que surge del juego sin que tengan que acudir a un adulto, y -en la mayoría de casos- sin que medie una pelea.

La actual coyuntura política ha sacado a flote la ausencia de valores democráticos; los ciudadanos están sensibles a cualquier opinión política contraria. Algunos, incluso, creen que no hay democracia si su opinión no está representada en los resultados, pese a que una mayoría ya haya decidido cómo consideran deben ser gobernados. No parece que se haya interiorizado aquellos valores que los niños entienden en el juego grupal.

Hay quien válidamente pueda argumentar que para que los niños interioricen los valores democráticos importan más los cursos de educación cívica. Aun cuando ello pueda contribuir, no es la mejor alternativa. Una cosa es que te digan qué es la democracia y otro muy distinto practicarlo e interiorizar sus valores. Cuando lo aprendes únicamente a nivel teórico cuesta recordarlo; mientras si lo practicas surge de manera espontánea.

El juego libre no solo ha disminuido por la irrupción de la era digital, también, por la privatización de los espacios públicos, como parques o losas deportivas. Antes, era posible encontrar un parque o una losa deportiva a unas cuantas cuadras de una casa, en la que los niños podían jugar. Hoy esos espacios se han perdido o están en ese camino. En su lugar se encuentran áreas privadas a los que hay pagar para acceder.

Desde una perspectiva biológica se podría argumentar que el juego grupal es un elemento a valioso en la selección grupal. Los valores que están detrás del juego permiten que el grupo que lo practica se sobreponga sobre aquel que no lo practica. En ese sentido, se podría decir que el juego grupal incrementa las probabilidades que un grupo salga victorioso frente a otro.

Sin embargo, ya a lo que se ha comentado, la pandemia ha traído el peor escenario para permitir que la selección grupal favorezca a nuestra sociedad. Los niños están casi todo el día en casa, con poca oportunidad de interactuar con otros niños de su edad. Aun cuando algunos tienen la suerte de tener a sus padres en casa, la interacción tiene pocos efectos, debido a que los niños aprenden más imitando la conducta de los otros niños.

Las consecuencias que el encierro ha traído por la pandemia recién los veremos en el futuro. Si ya la tolerancia a la opinión contraria es exacerbada y, en general, los valores democráticos que poseemos son débiles, es probable que esto se agrave. La ausencia del juego traerá como consecuencia la disminución del capital social, el elemento importante para que una sociedad funcione de manera eficiente.

De otro lado, la privatización de los espacios públicos si bien ha permitido que se tengan parques mejor cuidados o losas deportivas de gras sintético, sin embargo, no ha logrado que su uso sea de acceso libre para los niños, quienes no cuentan con dinero suficiente para disfrutar de estos bienes; ello lleva a que prefieran los juegos en línea ya que son más accesible para su economía. Como consecuencia, se pierde un espacio que antes servía para la formación de valores democráticos.

El Estado viene perdiendo un espacio importante de interacción social de los niños. Las políticas públicas no solo tienen que estar enfocadas en un apoyo económico, sino también en la creación del capital social, dentro del cual está la formación de sus ciudadanos dentro de los valores democráticas. Por ello, es necesario replantear las estrategias para recuperar estos espacios, ya sea mediante un subsidio, exoneraciones tributarias u otras fórmulas.

Asimismo, pasado la pandemia el gobierno tendrá que plantear cómo mitigar los impactos del encierro, sobre todo, en los niños. De ello, depende el futuro de nuestra democracia. No basta tener la solución únicamente en las instituciones formales que garantizan el equilibro de poderes, sino también es necesario tomar las medidas necesarias para que la ciudadanía interiorice los valores democráticos. Ahí cumple un rol importante el juego grupal.


 

Bibliografía

Fukuyama, F. (1999). La gran ruptura (the great disruption) (D. Pläcking de Salcedo , Trad.). Madrid: Editorial Atlantida.

Haidt, J. y Lukianoff G. (2019). La transformación de la mente moderna. Cómo las buenas intenciones y las malas ideas están condenando a una generación al fracaso (V. Puertollano, Trad.). Barcelona: Ariel.