Cuento al Padre | Primer Puesto del Concurso de Cuentos Jurídicos “Fabellae Iuris”

Cuento al Padre | Primer Puesto del Concurso de Cuentos Jurídicos “Fabellae Iuris”

Anthony Alexander Valdivia Valencia

Seudónimo: Tusitala

Primer puesto de la VI Edición del Concurso Nacional de Cuentos  Jurídicos Fabellae Iuris


Yo no quería estudiar Derecho sino Letras, pero mi papá insistió y al final acabé transigiendo.

Cuando leí esa frase, colocada en la primera página del libro que sostenía entre mis manos, supe que tenía que comprarlo. Lo apreté bajo mi brazo, salvándolo de la montaña de textos usados y con descuento que abarrotaban la mesa de un stand del Festival del Libro en la calle San Agustín. El nombre del autor se me hizo extraño, no conocía otras obras de él, ni sus distinciones o críticas, y su biografía era todavía un terreno que no había explorado. El precio me pareció adecuado. Odiaba cuando los libreros rayaban la cifra en la superficie, fuerte, imborrable, dejando el libro marcado para siempre. Lo compré y ardí en ganas de leerlo, pero aún quedaban algunos puestos que no había revisado y, además, tenía que visitar obligatoriamente el stand de literatura jurídica. Mi padre se enojaría si no compraba un libro de Derecho. 

A pesar de que me encontraba ya en el cuarto año de la carrera de Leyes, desconfiaba cada día más de mi futuro como abogado. Los cursos se me hacían aburridos, tediosos; las clases eran interminables; los catedráticos, muchos de ellos, enseñaban sin pasión, como autómatas, y mis compañeros de aula iban a la Universidad como si cumplieran una obligación. Lo menos que quería era ser un abogado, pero en mi familia la vocación se había transmitido de generación en generación y me encontraba obligado a cargar con esa forzosa herencia. Mi abuelo había fundado su propio despacho jurídico, haciéndose de un pequeño espacio en los Claustros de la Compañía. El lugar representaba una parte importante en la historia de la ciudad. Construida íntegramente en sillar, con sus dos patios enmarcados en arquerías repletas de grabados barrocos y una pileta sin vida clavada en el centro, era el lugar ideal para que turistas y transeúntes se escabulleran del latido caótico de los alrededores y realizaran un pequeño paseo en el tiempo, sumergiéndose en el vibrante pasado colonial arequipeño. Por mi parte, era el lugar que visitaba siempre que necesitaba dinero. 

Mi abuelo es un hombre metódico, organizado y extremadamente meticuloso con su apariencia física. De joven se había decantado por el Derecho Penal y decidió dedicar toda su vida al estudio de esa rama jurídica que se hundía en lo más escabroso y sórdido de la condición humana. Su apellido, el apellido de mi padre, mi apellido también, había ganado reconocimiento cuando, siendo apenas un abogado recién graduado, pudo desmantelar los argumentos del representante improvisado y temeroso del Ministerio Público y pulverizar sus intentos de inculpar a su cliente del delito de violación. Mi abuelo repetía hasta el hartazgo aquella anécdota, grabada en su memoria como uno de los momentos más brillantes de su carrera. Su mirada y rostro iluminados por el orgullo se deslustraban cuando le preguntaba si aquel cliente suyo había sido de verdad inocente. Nunca recibí una respuesta. De haberse enterado de mi odio hacia el Derecho, de las arcadas continuas que sufría al imaginarme envuelto en un mundo de decretos y sentencias, y de mi creciente vocación de escritor, muy seguramente habría perdido su propina de cincuenta soles semanales y sus libros gruesos y originales de Gaceta Jurídica, Códigos Penales y Procesal Penales comentados, y que yo, religiosamente, y sin ningún sentimiento de culpa corroyéndome, intercambiaba por libros de Ribeyro, Bryce, Vargas Llosa, Fuentes, García Márquez, Kafka, Tolstoi y Burgos Cantor. 

*

Siempre que compraba un nuevo libro iniciaba rápidamente la lectura de sus primeras páginas como una pequeña degustación, desanudando la red de oraciones, diálogos y personajes que iba surgiendo de repente. Tajos amarillentos de luz desgarraban las calles y edificios. Mis clases eran en las tardes, de cinco a nueve y media. Odiaba ese horario. Conforme me alejaba del centro de la ciudad e iba perdiendo el abrigo de las paredes de sillar, de iglesias y monasterios católicos, de locales turísticos, casonas antiguas y el murmullo de los autos deslizándose por pistas adoquinadas, me era más difícil mantener mi lectura itinerante. Tenía que despegar mi vista de las páginas para no golpearme con peatones y el estruendo del tráfico en pleno estado pico acosaban mi concentración. Guardé el libro en mi maletín, entre fotocopias de lecturas jurídicas, códigos y el aburridísimo libro de Derecho Contractual que había comprado para satisfacer a mi padre y mantener la fachada de alumno brillante e hijo con futuro. En unos cuantos minutos daría un control de Derecho Civil. Lo mismo de siempre: preguntas para marcar o llenar, cuarenta y cinco minutos, futuros abogados pasándose las respuestas, manoseándola de su celular o rebuscándolas en su memoria después de haberse conseguido el examen resuelto y el profesor entornillado en su pupitre, confiado de las buenas consciencias de sus alumnos o, tal vez, resignado a la falta de ellas. Lo mismo de siempre en cuatro años.

*

Un cuento sobre la corrupción. Había que enviar un cuento sobre la corrupción. Así decía en las bases, en todo el anuncio del concurso. Concurso literario de cuento jurídico. El afiche estaba encajonado entre anuncios de simposios y conferencias jurídicas sobre Derecho Natural. ¿De qué podría escribir? Pasé todo el trayecto hasta mi casa sumergido en posibles historias. Imaginando conversaciones, figuras de jueces, abogados, practicantes y víctimas; empezando a elaborar descripciones rebosantes de adjetivos y adverbios en mi cabeza; pensando en un posible título, en un posible premio. Había dado mi examen con facilidad, terminándolo lo más antes posible y saliendo de la clase con rapidez, como si estuviera huyendo de algo. Al momento de escribir cuentos prefería escoger el tema con libertad, sin presiones, pero las bases del concurso eran claras y tenía que respetarlas. Recordé, sin poder construir el nombre del autor que lo había dicho, que un escritor no escogía sus temas, que ellos lo escogían a uno. Deseaba sacar el libro que había comprado en la tarde, pero el interior de la combi, preñada de pasajeros hasta casi reventar, no me permitía hacer ningún movimiento. El chofer manejaba con violencia. Sacudía la palanca de cambios como si se tratara de una espuela que hundía en su bestia de metal. Rebasaba otras combis de la competencia, devoraba pasajeros en cualquier sitio, frenaba y aceleraba intempestivamente, y avanzaba por sobre el rojo incandescente de los semáforos como si estos no existieran. Algunas personas le gritaban, pero en general la garganta de todos los pasajeros, incluyendo la mía, se mantenía sepultada bajo la resignación. Así lo detuviera un policía, sería cuestión de minutos y de unos cuantos billetes para que todo siguiera igual.

*

Encontré a mi padre en la cocina. Desde que tenía uso de razón lo había visto siempre ataviado de saco y corbata. Su torso aparecía en mis memorias envuelto en un centenar de camisas. No se retiraba el saco ni aun cuando caminaba por las calles abrasadas por el infernal sol arequipeño. Había heredado de mi abuelo no solo el gusto por el Derecho Penal, sino también la obsesión desquiciante por la vestimenta. Llevaba a todos lados, como el anillo de bodas en su anular, un código Penal que cambiaba cada vez que una nueva edición modificada aparecía. Las preocupaciones, diligencias, el exceso de trabajo, investigaciones y los millares de sentencias y audiencias habían devorado su cabellera, delineado arrugas en su rostro, abolsado sus ojos e inflado su abdomen. Hacía todo como si estuviera apurado, como si algo urgente e inaplazable viviera incomodándole debajo de la piel. No hablábamos mucho, muy poco, casi nunca, y cuando lo hacíamos toda la conversación gravitaba en torno al Derecho, en torno a su trabajo como fiscal provincial. No estaba seguro si él estaba consciente de mi ferviente pasión por la literatura o de mi odio hacia la carrera que él amaba. Lo encontré viendo las noticias nocturnas con detenimiento, lanzando algún comentario o escupiendo insultos cuando en la pantalla del televisor aparecía el rostro de nuestro alcalde. Lo saludé y me disponía a encerrarme en mi habitación cuando su voz fuerte, potente me detuvo.

  • Hijo, un momento— se limpió con una servilleta los labios engrasados con aderezo.
  • ¿Sí? — pregunté, extrañado, sin tener idea de lo que quería decirme.
  • ¿Qué estás haciendo en las mañanas?
  • ¿En las mañanas? — nada, solo leer y escribir. — Ayudo a mi mamá y repaso las materias de la Universidad, ¿por qué?
  • ¿No has pensado en hacer prácticas?

La pregunta vino acompañada de una mirada puntiaguda que se acomodó entre mis ojos y los obligó a escapar. Había temido ese momento por mucho tiempo, pensando que jamás llegaría. Podía leer artículos y extractos de libros jurídicos, ver videos de juicios, participar en la simulación de audiencias, redactar contratos, preparar expedientes, memorizar milimétricamente plazos y leyes, tener el hombro adolorido por los gruesos códigos que cargaba en el maletín y hasta tener que vestir con terno para las exposiciones, pero, lo que sí no podía ni quería soportar, era hacer prácticas. Había visto la fatiga y el hastío en la cara de los alumnos que pasaban todos los mañanas encerrados en un estudio de abogados, un juzgado, una notaría o en alguna oficina legal de una empresa, sacando copias, archivando documentos, visitando los distintos edificios jurídicos repartidos en la ciudad para solicitar una firma, calentando el almuerzo en microondas y después pasándose toda la tarde en la Universidad, estirando, alargando el tiempo lo más que podían. Embarrados de Derecho hasta la cabeza, respirándolo en todo momento. No estaba listo para algo así. No lo quería. No podía perder todo mi tiempo.

  • Aún no sé, quiero estudiar un poco más.
  • Pues yo ya te conseguí unas— y regresó su atención a las imágenes de un ex presidente acusado de corrupción respondiendo, iracundo y fastidiado, a las preguntas de un periodista. — Mañana empiezas, a partir de las ocho, yo te llevaré y dejaré en la puerta. 

Asentí con la cabeza, resignado, con las ganas de reclamar cosquilleándome en los labios. Quería decirle que lo odiaba, que odiaba esa estúpida carrera, que era injusto perder así el tiempo en algo que no me serviría para nada. Pero solo le di las gracias y me retiré del lugar con un nudo ardiente escociéndome en la garganta. Mi único consuelo era saber que, tal vez, estando en un lugar como ese, me sería más fácil extraer un tema que valiera la pena para mi cuento. 

*

La Fiscalía quedaba en la calle San Juan de Dios, en el edificio enorme, suntuoso y de arquitectura gótica que la orden de los Sagrados Corazones había utilizado desde el siglo XIX para impartir clases a la juventud femenina arequipeña. Atravesé la pesada, desteñida y chirriante reja de metal de la entrada, caminé por un sendero de piedra y me detuve ante una puerta alta de madera que llevaba coronada el nombre de Primera Fiscalía Penal Corporativa. Tuve ganas de retroceder, de alejarme de allí, de decirle a mi padre que no quería trabajar en ese lugar, que quería abandonar todo, pero mi brazo pareció traicionarme y cuando mis nudillos golpearon la dura superficie entendí que no había vuelta atrás. Del otro lado escuché cómo alguien se removía de su asiento, daba unos cuantos pasos y después abría la puerta lo suficiente para colar su rostro.

  • ¿Qué desea?
  • Buenos días, vengo a la fiscalía.
  • Sí, ¿qué desea?
  • Vengo a hacer prácticas aquí.
  • ¿Es practicante?
  • Sí…
  • Pase, pase, anote su nombre en el cuaderno.

Escribí mi nombre completo y garabateé mi firma. 

  • Disculpe, ¿sabe dónde queda la oficina de la fiscal Ríos?
  • ¿Quién?
  • La fiscal Ríos.
  • No, joven, pregunte arriba mejor.

La entrada, rodeada de altas paredes de piedra que terminaban en un techo abovedado, me arrojaron a un pequeño patio rectangular. La pileta en el centro, los pedazos henchidos de vegetación rodeándola y los cuatro caminitos que llegaban a ella me recordaron a los patios de conventos religiosos que había visitado en mi infancia. A la derecha, empinadas y cortas, estaban las gradas que conducían al segundo piso. Estaba a tiempo de arrepentirme. Podía dar la vuelta. Inventar alguna excusa. Huir. Pero la debilidad de mi carácter arrastró mi cuerpo y lo internó en la Fiscalía.

Fiscal Ríos. Fiscal Maricel Ríos. Tenía el nombre pegado al paladar. Entras y preguntas por la doctora Maricel, me había dicho mi padre. Empecé por la primera puerta. Una joven practicante, perdida entre un montón de papeles, me respondió de mala gana, con la desesperación desordenándole la mirada, que preguntara en la puerta número tres. La doctora Maricel es mi amiga, es buena gente, un poco tontita, nomás. Le dices que vienes de mi parte. Me detuve bajo el marco en el que mi mente había detenido la cuenta. Tal vez te lleve a diligencias. El trabajo es sencillo, hijo. Sería el colmo que no lo hagas bien. El interior era grande y cada sección estaba dividida por cercas de triplay. Delante de mí había una pequeña puerta. Podía ver el puñado de cabezas sentadas y las largas columnas de carpetas erizando el lugar. Le dije a Maricel que no te pagara nada, que trabajarías gratis. Tus clases empiezan a las cuatro, ¿verdad? Tienes tiempo de sobra. Hazlo bien, por favor, te estoy recomendando. Empujé la madera y las bisagras gimieron. Dos rostros, pegoteados de cansancio y flojera, voltearon, husmeándome con curiosidad. Pregunté por la fiscal Maricel y los dos practicantes picotearon con el dedo la figura de una mujer sentada frente a una computadora: era delgada, morena, ataviada con un traje azul oscuro y con el cabello apretadamente ceñido a la cabeza en una cola. Redactaba con lentitud, con la impericia propia de su generación, apretando cada tecla con un solo dedo mientras sus ojos, dos inquietos insectos, recogían la información de un documento y lo llevaban al computador. Esperé a que mi presencia, cada vez más cerca de ella, invadiera su concentración y la obligara a levantar la mirada. Cuando estuve lo suficientemente cerca para distinguir sus hombros espolvoreados de caspa y el lápiz labial untado sin precisión en sus labios, arrojó una pregunta:

  • ¿Qué desea? — su vista seguía fija en el teclado.
  • Buenos días. Vine a hacer prácticas aquí.
  • ¿Cómo?
  • Vengo de parte de…— y cuando mencioné el nombre de mi padre los rasgos de la fiscal parecieron abrillantarse. La confusión y tensa concentración inicial se esfumaron, empujadas por el soplo de recuerdos que le infundía la posición de mi padre. Detuvo el lento trote de su dedo y fijó sus ojos en mi rostro.
  • Así que tú eres el famoso Antonio— recorrió mi cuerpo de pies a cabeza— eres más simpático que tu papá— sentenció, con una sonrisa que desnudó parte de su dentadura.

Asentí sin saber qué decir. En mi espalda sentía el aguijón de las miradas de los otros practicantes que se preguntaban extrañados quién era ese muchacho que reía con la doctora. 

  • Bueno— continuó— voy a decirle a Ximena que te guíe en todo lo que tienes que hacer. El trabajo es muy sencillo, seguramente tu papá te explicó algo.
  • Más o menos— respondí, tratando de bañar mis palabras de desorientación para recibir toda la ayuda posible.
  • No te preocupes, con el tiempo aprenderás. 

Seguidamente, ubicando a la practicante que sería mi guía y haciéndola llamar con un rápido aleteo de su mano, me indicó que debía traer mi computadora, que podía comer con normalidad cuando me diera hambre, que debía ser muy puntual y que cualquier duda se lo hiciera saber, que no tuviera vergüenza. Ximena era delgada, quebradiza y parecía siempre estar nerviosa. Una chompa blanca le cubría el torso y su rostro carecía de maquillaje. Movió la cabeza afirmativamente a todas las indicaciones que la doctora Maricel le decía y, después, me llevó a la mesa donde pasaría todas las mañanas de los siguientes meses. El trabajo es muy sencillo, me dijo, buscando aliviarme, como si esa palabra fuera una suerte de paliativo, cuando en realidad solo sentía más presión. Mira, básicamente tendrás que redactar todo el día, su voz era muy suave, tímida, y al hablarme prefería clavar sus ojos en el piso o en los alrededores del despacho. Algunas veces tendrás que proyectar disposiciones, ya sean de archivo, de apertura… No te preocupes, hay un formato para todo lo que te pidan, algunos rasgos en su rostro y el movimiento de su cuerpo delataban una edad mayor a la mía, una madurez que yo aún no alcanzaba. La doctora te dará un número de carpetas y tú tendrás que ir acabando cada una, dependiendo de lo que te pidan, la mañana recién empezaba, pero sentía como si llevara horas en ese lugar. Tendrás que leer cada actuado que te den, y ahí ya te darás cuenta si tienes que formalizar o archivar. Por ejemplo, mira este, el espacio era muy reducido para tantos practicantes. Me sentía aprisionado tras los estantes repletos de carpetas. Otra practicante, bajita y algo rolliza, distrajo a Ximena preguntándole algo, después le susurró al oído y ambas rieron. En este caso tienes que archivar, porque no puedes identificar a los autores, también se archiva cuando no constituye un ilícito penal, ¿trajiste tu laptop? Bueno, mañana la traes. Hoy mirarás todo lo que hago yo y te darás cuenta de cómo funciona, conforme el día fue escurriéndose en mis intentos por captar cada detalle de su forma de trabajar, me fui enterando de más cosas sobre ella. Este ya es mi último año en Derecho, estudiaba en la UNSA, la única universidad pública de mi ciudad, así que pude comprender en sus facciones endurecidas y serias la penuria de haber sobrevivido seis años sofocada en gestiones corruptas, en huelgas interminables y cátedras abandonadas. Aún no sé, me gustaría dedicarme a la rama penal, es muy apasionante, no entendía qué de apasionante tenía pasarse la vida en audiencias, juicios orales y desgranando, día a día, cientos y cientos de artículos, pero sonreí y afirmé a lo que decía. Ya llevo cerca de dos años trabajando aquí, pero no sé si me gustaría quedarme más tiempo, parece interesante, pero la vida de las doctoras es un infierno. Búscame esta carpeta, por favor, me dirigí hacia los estantes (eran tan altos que había una silla designada para alcanzar los pisos más alejados) y verifiqué una por una, intentando hallar el número que me había dado. Y esto no es nada, hay carpetas que son más gordas. ¿Tú en qué año vas? ¿Ya sabes a qué dedicarte? ¿Escritor? ¿Literatura? Suena interesante, podrías llevarlo como algo complementario, a lo mejor y sacas algo de aquí para escribir, en ese momento recordé el concurso de cuentos jurídicos y toda la boca empezó a escocerme de ganas por preguntarle si sabía algo sobre corrupción, algún caso o evento que pudiera servir como tema para mi cuento. Durante un par de minutos ambos callamos: ella sumida en buscar fundamentos en casaciones, jurisprudencia y doctrina para archivar un caso de desaparición y yo bailoteando en la indecisión de formular mi pregunta. El sol del mediodía, pupila incandescente, incendiaba los pasillos de afuera y arremetía en oleadas de calor el interior del despacho. La doctora Maricel, de rato en rato, se abanicaba el rostro y sorbía la piel humedecida de su nuca con un pedazo de papel higiénico. Por la única ventana de la habitación logré divisar la silueta elegante y elástica de un gato. Subió como una ráfaga al alfeizar, se lamió una pata con fruición, después la otra, estornudó, miró hacia nosotros, hacia mí, con un par de ojos alfileres que parecían decirme algo, y después, aburrido ya, desapareció antes de que el sol se le encostrará en la pelambre negra. Ximena, una pregunta, demoró en desasirse de su trabajo. ¿Has escuchado de casos de corrupción aquí? La mirada se le enturbió y el garabato de una sonrisa incómoda, confundida, apareció en sus labios. Tal vez algún fiscal o algún abogado, algo que hayan comentado, su nerviosismo aumentó, miró a ambos lados, como si temiera que alguien la estuviera espiando o fuera a perseguir el movimiento de su boca. El volumen de su voz se redujo y me dijo que sí, que sí había un par de casos. ¿Podrías contarme alguno?, una risa miedosa escapó por entre sus dientes, la miré fijamente para que pudiera cumplir a mi pedido. Parecía de esas personas que les costaba mucho decir que no. Finalmente, sin dejar de redactar, me contó que hacía una semana había pasado un altercado con la doctora Maricel, que un hombre había llegado al despacho y había empezado a gritar desde la entrada, a tejer insultos junto con el nombre de la doctora, culpándola de haber metido a su hijo a la cárcel, de haber dejado a sus nietos en la calle y de haberle pedido más de tres mil soles para comprar su libertad, que tuvieron que llamar a la seguridad del edificio para retirarlo. Observé a la mujer que seguramente superaba los cuarenta años: no podía creer que detrás de su trato cordial, de su sonrisa amigable y su figura aureolada de poder e importancia se escondiera la sombra de la corrupción. Pero eso no es todo, prosiguió, al parecer emocionada por develar toda la información que había acumulado en sus meses como practicante, hay muchos casos de policías metidos en redes de extorsión, de alcaldes distritales vinculados con organizaciones criminales, de directores de colegio acusados de malversación de fondos, de rectores investigados por plagio, de regidores envueltos en cobro de sobornos, usurpación, falsificación de documentos o tráfico de terrenos, de abogados culpables de cohecho, enumeraba todo como si se lo supiera de memoria, como si la presencia imborrable de todos esos casos hubieran dejado cicatrices en su cabeza. Es horrible, suspiró, perdida en sus pensamientos, derrotada, con un asomo de depresión en sus ojos, es como una vez dijo un profesor de la Universidad: La corrupción en el Perú, alumnos, es parte de su composición fundamental; es como el aire, por más que escapemos de ella o la evitemos, siempre estará allí. Pensé en incluir esa frase en mi cuento y en investigar sobre uno de los casos que había nombrado para investigar más cuando su voz interrumpió mis intenciones. Pero aquí en la fiscalía se habla mucho sobre un fiscal, muy famoso en la ciudad, tal vez el más corrupto, seguro debes conocerlo, creo que ahora está metido en un caso muy feo agucé mis oídos y me acerqué más hacia ella. ¿Cómo se llama? Me dijo su nombre. ¿Lo conoces? Preguntó. No, le mentí, mientras sentía cómo en mi pecho se hundía la hoja invisible de un cuchillo. Claro que lo conocía, incluso sabía su nombre completo de memoria: era mi padre.

*

Durante las semanas siguientes, atraído por la idea de escribir un cuento sobre mi padre, trabajé como si de verdad sintiera pasión por el derecho. Llegaba puntual a la fiscalía, cumplía con premura y eficiencia todas las aperturas, archivamientos, formalizaciones y acusaciones que me pedían redactar. La doctora Maricel quedaba cada día más satisfecha con mi rendimiento. Hacía todo eso con tal de tener un puñado de minutos libres para investigar el caso de mi padre, el caso del fiscal Manuel Jorge Valencia Dueñas, sospechoso de pertenecer a una organización criminal dedicada al tráfico de influencias. Las investigaciones preparatorias estaban iniciando aún y, secretamente, el nombre de mi padre se paseaba por los labios de las personas más allegadas al caso. Solo una nube de rumores y suposiciones lo envolvían, pero en mi cuento, en el relato que escribía noche tras noche, en el filo de la madrugada, con la rabia contenida que sentía por él acalambrándome los dedos, él aparecía como culpable, como uno de los principales implicados: yo lo sentenciaba. Ximena dejó de hablarme, así como la mayoría de practicantes. Seguramente se enteraron de mi procedencia y decidieron evitar cualquier problema. Durante tres meses, los restantes para que mis intenciones anclaran en las orillas del plazo final, después de clases, me convertía en mi padre. Me desdoblaba. Trataba de adentrarme en su cabeza, escurriéndome en esa telaraña infecta de contactos, mentiras y llamadas telefónicas a narcotraficantes, extorsionadores, sicarios, jueces y abogados. Me paseaba por los pasillos del Poder Judicial, por los corredores del Ministerio Público, portando siempre con la máscara de padre de familia ejemplar y profesional intachable. Maniobraba todos los hilos de aquel teatro en donde la estrella principal era la corrupción. Torciendo destinos, cambiando finales, cumpliendo y cobrando favores, negociando fallos judiciales, abultando una ambición que no tenía fondo. Sintiéndome invencible, protegido bajo la costra de inmunidad que décadas de gobiernos corruptos habían acumulado. Después de cada sesión de escritura terminaba exhausto, agotado. Escribir sobre mi padre era, también, un ejercicio de liberación. Todos aquellos sentimientos de miedo y sumisión que me habían atado a él y la carrera fueron esfumándose. Cuando finalmente terminé el relato, la decisión de abandonar el derecho y dedicarme a la Literatura ardían con tanto vigor en todo mi cuerpo que no podía negarme a ella. El fin de semana entregaría mi trabajo.

*

Era inevitable no sentir miedo. Había creado un monstruo. Si alguien leía el cuento y ataba cabos se daría cuenta de la culpabilidad de mi padre. Yo ya no quería eso, o tal vez sí. No lo sabía. La mañana del sábado era como cualquier otra: el sol derramándose en mi jardín, el cielo desnudo, el alboroto en la cocina, los ladridos de Saki rebotando en las paredes y una especie de calma que parecía cristalizarse en cualquier momento. El archivo de Word esperaba ser enviado. Arrojé a un costado el libro que estaba leyendo para encender mi computadora cuando la figura de mi padre apareció en la puerta. Llevaba ropa deportiva, algo totalmente inusual en su vestimenta. 

  • ¿Tienes tarea? — me preguntó, viendo el desorden de mi cuarto con un fastidio contenido.
  • No, solo iba a mandar un correo. — respondí.
  • Ayer estuve hablando con Maricel.
  •  ¿La doctora Maricel?
  • Sí. Dice que has hecho un excelente trabajo en estos días, que le ha sorprendido la forma en cómo has mejorado. Que tienes mucho interés.
  • De tal palo tal astilla —respondí con cierto sarcasmo.
  • Me da mucho gusto, hijo— pareció dudar, quería decir algo y le costaba— ¿Qué te parece si vamos a jugar una pichanga? Quedé con unos amigos y les dije que llevaría a mi hijo. Solo si tienes tiempo, claro. 

Había en sus ojos una timidez que jamás había visto. Como la de un niño arrepentido que busca perdón. Lo sentí indefenso, vulnerable. No pude evitar sentir pena por él. Me recobré de la sorpresa y le dije que sí, que en unos minutos me alistaba. Ubiqué el documento en el que había invertido horas de investigación y escritura y lo borré. Lo eliminé. Y al hacer eso sentí cómo mi respiración se aligeraba. Ese fue el último día que vi sonreír a mi padre. Durante los meses siguientes, su rostro aparecería en todos los noticieros del país.