Violencia de género: La punta de un iceberg

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Violeta Barrientos Silva

Abogada y Doctora en literatura. Autora de obra poética y de crítica social en el tema de múltiples discriminaciones. Profesora en la Maestría de Género y Desarrollo en la UNMSM. Feminista y Directora de Intersecta.

 

La violencia contra la mujer es un tema que solo ha tenido atención en los últimos cuarenta años-desde las políticas del estado. No fue sino desde los movimientos feministas de los años 60 en Europa y Estados Unidos y la llegada del feminismo de la segunda ola, que las reivindicaciones de las mujeres comenzaron a ser escuchadas. En realidad las luchas por derechos han ocupado a las mujeres todo el tiempo en la historia de la humanidad, y solo empezaron a hacerse realidad en momentos de mayor apertura democrática. La postguerra fue una ocasión en la que los derechos humanos fueron potenciados por la comunidad internacional, al ser exigidos a todas las naciones bajo un control de sus avances para hacerlos efectivos. Fue así que identidades como las afrodescendientes, las indígenas, las mujeres, los niños y adolescentes, entre otros, lograron estatus jurídico y reconocimiento de sus derechos.

Hasta entonces, el estatus jurídico de las mujeres era el de menores de edad, dependiendo primero de sus padres y luego, del marido. Limitadas así, difícilmente podían tener una independencia económica y se convertían en un grupo social vulnerable. Hasta hoy en día, muchas mujeres se dedican exclusivamente a las tareas del hogar en la confianza de un esposo amable y proveedor de la familia.

La subordinación de la mujer es un tema estudiado por la antropología ya que sus raíces son remotas en el tiempo e impregnan al universo simbólico. Son construcciones culturales sobre diferencias biológicas que a la fecha se han naturalizado tanto, que no son reconocibles como culturales. Las instituciones religiosas y jurídicas no han servido sino para asentar a lo largo de los siglos esta subordinación. Las familias no han hecho sino reproducir los modelos sociales en vigor e introducirlos en las mentes y en los cuerpos de hijos e hijas: mientras los hombres deben expandir sus cuerpos y alzar la voz, las mujeres deben moderar sus movimientos y hablar susurrando; las prendas de vestir son diseñadas para lo mismo, las femeninas obstaculizarán más los movimientos y favorecerán mostrar partes de los cuerpos, las masculinas estarán menos ornamentadas y serán más prácticas. Mientras los cuerpos de las mujeres pueden ser mostrados “en escaparate” por terceros, los cuerpos masculinos difícilmente son mostrados desnudos en la publicidad o aún en el arte. El cuerpo del hombre es intocable, cuestión puesta en evidencia por las actuales campañas de prevención de cáncer a la próstata. La dominación/subordinación es un hecho del que hoy somos conscientes por investigaciones de las ciencias sociales y por los avances que un movimiento social primero pequeño y ahora masivo, pugnan por transformar.

¿Cómo lograr una transformación de tal envergadura? Se trata de una auténtica revolución cultural. Como resultado de la gran ola internacional, las normas han ido cambiando estos últimos años, los códigos civil y penal, leyes especiales y planes de políticas públicas; el gran reto es su implementación. Una implementación para la que hay que contar con un presupuesto y con una burocracia sensibilizada, que no se limita a la dedicada a atender los casos de violencia ya producidos, sino a la de todos los sectores, ya que el enfoque de género debe transversalizarse. Esto no es fácil ya que no todos los sectores del estado toman en cuenta la necesidad de dicha transversalización; muchos la han juzgado siempre accesoria. El desconocimiento es muy común, la problemática de “género” se confunde con la de “mujer”, cuando en realidad, “género”, alude a las relaciones de poder entre hombres y mujeres, así como la  “clase social”, era una categoría de análisis para las relaciones entre propietarios y obreros. ¿Las relaciones de hombres y mujeres por qué tendrían que tener relevancia? Tendrían relevancia en tanto se trata de una ampliación de nuestra noción de democracia.

En primer lugar, el problema atañe a la mitad de la población y sus condiciones de vida. Una cuenta satélite recientemente creada para hacer visible el trabajo gratuito de las mujeres, revela que el 20% del PBI es producido por el trabajo no remunerado de las mujeres. Si se quiere que este grupo poblacional merezca respeto y equidad, y no sea tan vulnerable a la violencia, cómo tendrían que remodelarse las relaciones cotidianas para poder repartir de otra manera ese trabajo no remunerado? El cambio tendría que venir desde las propias familias y la educación de niños y niñas para hacerse cargo de su autocuidado a lo largo de sus vidas. La ayuda social del Estado sería necesaria en casos de cuidado de enfermos o ancianos a fin de que sean atendidos por personal especializado en vez de esposas, hijas o nietas, creando así un mercado de trabajo de enfermería a la manera que ya se hace en otros países desarrollados. Todo ello contribuiría a eliminar una base material de trabajos forzados que las mujeres deben asumir nada más que por el peso de una costumbre.

La otra gran tarea se presenta en el campo del imaginario social. Separadas de la vida pública, las mujeres no tienen pasado en la historia política o la historia del arte, o cualquiera de las historias oficiales. ¿Cómo podrían hacerse de un lugar en una matriz cultural que no definieron? No extraña la agresividad con que se trata a mujeres políticas o creadoras. No extraña tampoco que las propias mujeres acepten en muchos casos la subordinación sin ninguna resistencia, dando lugar así a la llamada “violencia simbólica”; aquella en que la propia víctima de violencia justifica el ser violentada. El “instinto maternal”, el “amor romántico”, la “abnegación y sacrificio de la mujer” son creencias muy populares profundizadas también por novelas, telenovelas, música, y productos culturales. La publicidad y los medios aunque modernos tecnológicamente, están anclados aún en cuestiones nada modernas.

La violencia de género es un fenómeno con dos expresiones: la violencia contra la mujer y la violencia entre varones. La dominación masculina usa como arma “feminizar al débil” así este sea otro varón. Los ritos de pasaje para “hacerse hombre”, son parte del cotidiano de escuelas donde se admira a los más violentos.  De ahí que sea importantísima para un cambio, la educación en nuevas masculinidades y feminidades desde la infancia, tema puesto actualmente sobre el tapete por los programas de educación sexual integral.

La solución al problema de la violencia de género, demanda pues del estado una atención multisectorial y el entendimiento de que los temas de género son una faceta enriquecedora de la democracia política, y no un tema postizo que puede obviarse sin consecuencias.

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