Una perspectiva sobre el fallido golpe de Estado en Turquía

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Javier Alcalde Cardoza

Ph.D en Asuntos Internacionales por la Universidad de Virginia, Estados Unidos. Director del programa de Estudios Latinoamericanos del Centro Miller de la Universidad de Virginia. Profesor asociado del Departamento Académico de Ciencias Sociales y coordinador de la especialidad de Relaciones Internacionales de la Escuela de Gobierno y Políticas Públicas PUCP

Después del frustrado intento de derrocamiento y asesinato del presidente Erdogan (15 de julio), podemos afirmar que aunque el estado de la democracia se volverá más frágil en Turquía,  se han desvanecido las posibilidades de una dictadura militar o de un estado fallido desgarrado por la violencia.

El Medio Oriente ha sufrido una devastación sin precedentes en los últimos años, por las trágicas consecuencias de las tentativas de “cambios de régimen”. Desde la invasión de Irak, en 2003, han quedado en llamas tres Estados (Irak, Libia y Siria) y  otro se ha convertido en una brutal prisión (Egipto). Curiosamente, la potencia que ha visto con mejores ojos la perspectiva de cambios de régimen en el Medio Oriente, Estados Unidos, lo ha hecho respaldado en la creencia de que el establecimiento de la democracia contribuirá a pacificar la región.

En Turquía, los golpistas, una minoría de las fuerzas armadas, no consiguieron el respaldo de los sectores secularistas y liberales de la población civil, los cuales en 2013 habían protestado masivamente contra Erdogan. Por el contrario, multitudes de todos los colores políticos, encabezados por los islamistas,  salieron a las calles a enfrentar a los rebeldes.

Llamó poderosamente la atención que durante los primeros momentos del episodio, cuando los rebeldes ocuparon los estudios del canal estatal de televisión y daba la impresión de que el golpe tendría éxito, la mayor parte de los aliados occidentales de Turquía permanecieron en un extraño silencio. Las pocas declaraciones que se produjeron estuvieron marcadas por la vaguedad y la ambigüedad. John Kerry, el Secretario de Estado norteamericano, se limitó a expresar su preocupación por la estabilidad y la continuidad en el país. Federica Morgherini, vocera de la Unión Europea, llamó, en general, a la calma y al respeto de la democracia. Solo cuando, unas horas más tarde, se hizo evidente que el golpe estaba fracasando, el presidente Obama indicó claramente su apoyo al gobierno turco, siendo seguido por otros gobiernos.

Igualmente, después del fracaso del golpe, los medios de comunicación occidentales, en vez de destacar el carácter ilegítimo, cruento y brutal del levantamiento, en el que la mayor parte de las víctimas fueron civiles (145 de un total de 240), manifestaron su preocupación por la purga que parecía iniciar el gobierno y por la necesidad de que respetara la democracia y los derechos humanos en sus acciones.

El gobierno de Erdogan arrestó a un numeroso grupo de altos jefes militares, acusándolos de conducir el golpe, así como a miles de soldados que lo ejecutaron. Sugirió la necesidad de restablecer la pena de muerte.  También  destituyó a miles de jueces y autoridades y profesores universitarios. Por último, pidió la extradición del clérigo turco Gulen, cabeza de una organización educativa mundial y residente en los EEUU, a quien acusa de planear el golpe.

En verdad, podemos encontrar alguna dificultad para ver estas medidas como una reacción proporcionada al golpe; una primera inclinación es pensar que Erdogan ha querido aprovechar la situación para simplemente eliminar a sus adversarios políticos.

Cinco días después de los acontecimientos, el 20 de julio, el New York Times, editorializó acerca de una “exagerada venganza” de Erdogan y se refirió a un comportamiento autoritario del presidente que rayaría en la paranoia, mencionando también con alarma la posibilidad de un  “baño de sangre” que destruiría la promesa de Turquía como un modelo de democracia musulmana.

En la misma sección del diario norteamericano, el comentarista Thomas Friedman la emprendió de manera más dura y directa contra el presidente de Turquía. Lo llamó “sultán” y se preguntó, filosóficamente, cuál puede ser la reacción correcta de una persona cuando ve que a la gente mala le pasan cosas malas.  Afirmó que Erdogan, en realidad, venía dando, por años, un lento y silencioso golpe a la democracia en su país.

De esta manera, el New York Times calificó de venganza a las acciones de defensa de un gobierno legítimo que  había sido atacado, encontró paranoia en su reacción ante un golpe cruento,  y  mostró preocupación por un futuro baño de sangre sin darle importancia a la matanza de unos días atrás. Friedman condonó el levantamiento y puso al presidente de Turquía en un nivel similar al de los golpistas, al atribuirle un comportamiento habitual de subversión de la democracia.

En política y sobre todo en relaciones internacionales muy pocas veces se puede hallar evidencias que demuestren responsabilidades por acciones de origen incierto. Pero el comportamiento del gobierno de Estados Unidos y la reacción de la elite de los medios de comunicación norteamericanos frente al fallido golpe, son indicios claros, por lo menos, de una notoria falta de simpatía, solidaridad y respeto hacia el actual gobierno de Turquía (que en algún grado parecen compartir otras potencias occidentales).

No nos parece apropiado especular más allá de esto, comentando, por ejemplo,  las acusaciones de un diario turco de que el golpe habría sido financiado con la  agencia de un general norteamericano, ex jefe de las tropas de la OTAN en Afganistán[1].

Nuestra preocupación es, más bien, sugerir en este artículo alguna claves que permitan empezar a explicar, de manera general, lo que habría estado detrás del golpe del 15 de julio, así como la reacción del gobierno de Erdogan tras su sofocamiento.

 ¿Cuál puede ser la conexión entre el intento subversivo de un sector del ejército, que es de orientación secular, y el movimiento islámico de Gulen, al que Erdogan acusa de planear el golpe? ¿Cuál ha sido la motivación del gobierno para destituir a un número tan grande de jueces y profesores?

A partir de la muerte de Kemal Ataturk (1938), el ejército se ha asignado en Turquía el rol de tutelar la permanencia de la visión Kemalista de un Estado comprometido con la  secularidad, la modernización y, en lo posible, la democracia.

Con este propósito, desde 1960, tres golpes militares exitosos han seguido un patrón característico: la remoción de la administración, el establecimiento de la ley marcial y una rápida convocatoria a elecciones.  El golpe más reciente, en 1980, fue visto con particular complacencia por las potencias occidentales.

Ese mismo año, apareció el primer partido político musulmán y los militares expresaron que el fundamentalismo se perfilaba como una amenaza tan grande para el Estado como el comunismo.

Sin embargo, el islamismo llegó al poder en 1995, con el Partido del Bienestar, liderado por Erbakan, quien se convirtió en Primer Ministro. Erbakan proclamó su adhesión a valores seculares y democráticos pero al mismo tiempo promovió valores islámicos, fomentando la  educación religiosa y nombrando a jueces islámicos en el poder judicial.  En 1997,  fue presionado a renunciar por los militares y al año siguiente el Partido del Bienestar fue proscrito.

Ocupó su lugar entonces un nuevo partido islamista, denominado de la Virtud, fundado por Erdogan, entonces alcalde de Estambul. El Partido de la Virtud, a su vez, fue proscrito en 2001, ante lo cual Erdogan creó el partido AKP (Justicia y Desarrollo).

El AKP ganó las elecciones en 2002 y al año siguiente Erdogan asumió el cargo de Primer Ministro. Los primeros años de su gestión tuvieron una alta aprobación general: efectuó reformas a favor de la protección de los derechos humanos, mantuvo un presupuesto austero y realizó pocas medidas en favor del Islam.

Erdogan contó con un valioso aliado en la organización conservadora religiosa liderada por Gulen, pese a que éste se encontraba fuera de Turquía (de donde había tenido que huir en 1999, acusado de conspirar contra el gobierno). Ambos coordinaron acciones, sobre todo para reducir el poder político de los militares y someterlos al control civil, valiéndose de un poder judicial en el que contaban con una creciente influencia.

En 2012, se produjo un rompimiento de Gulen con Erdogan, denunciando el clérigo una tendencia autoritaria del gobernante. Por su parte, Erdogan acusó a Gulen de montar una investigación sobre corrupción que involucraba a su familia utilizando a los mismos fiscales que habían sido instrumentales para debilitar a los militares.

Gulen preside una organización mundial, de carácter poco transparente, que cuenta con una  red de colegios en 100 países, en los que se persigue avanzar una de las metas de la organización, la de crear musulmanes cuya formación combine una sólida fe religiosa con una impecable preparación en ciencia y tecnología. Cuando Estados Unidos concedió asilo a Gulen en 1999, fue por una recomendación de un funcionario de la CIA. El clérigo es considerado por Washington como un islamista moderado, con orientaciones aceptables en cuanto a Turquía y a su papel en el mundo.

Se estima que la organización de Gulen ha conseguido, a lo largo de muchos años, infiltar las instituciones oficiales de Turquía, especialmente el poder judicial, hasta el punto que podría hablarse de un Estado dentro del Estado.

Hace pocos años, cuando se exacerbó la crisis en Siria, se acentuaron ciertas discrepancias de la política exterior turca con EEUU, particularmente en cuanto al apoyo de EEUU a un sector de los kurdos que Turquía considera una amenaza, y a un comportamiento ambivalente de Ankara en la lucha contra el Estado Islámico. Se hizo evidente el deseo de Erdogan de desempeñar un rol independiente. También desagradaban a Washington un creciente sesgo religioso en el gobierno y una tendencia de Erdogan  a concentrar el poder (que lo llevaría al cargo fortalecido de presidente de la república en 2014).

Tomando en cuenta estos antecedentes, pensamos que el 15 de julio una facción del ejército turco se lanzó al derrocamiento de Erdogan, siguiendo su visión Kemalista y tal vez estimulados por incentivos externos. La estrategia habría sido la destitución y el asesinato del Primer Ministro y una convocatoria a elecciones, en las cuales la ausencia de Edogan abriría el camino para que el voto islamista diera el triunfo a un representante del Gulenismo, el cual se comportaría de manera menos antagónica al ejército y al mismo tiempo más dócil o predecible frente a los designios de Washington y la OTAN.

Creemos que, después del levantamiento, Erdogan ha actuado no solamente contra los militares golpistas; ha aprovechado también para deshacerse de los  más recalcitrantes Kemalistas en las filas de las fuerzas armadas.  Y ha sacado a miles de Gulenistas, infiltrados en las instituciones del gobierno, a los que tenía identificados, que habrían estado listos para hacer valer su influencia, después del golpe y reemplazar al AKP en el poder. Ha aprovechado seguramente para despedir también a otros académicos que critican sus tendencias de gobierno.

Finalmente, pese a las faltas que pueda haber en el comportamiento de Erdogan como gobernante, creemos que bajo ningún punto de vista puede haber sido justificable el intento de derrocarlo y asesinarlo y menos cualquier tipo de intervención externa, aun en la forma de descrédito y satanización de su régimen.


[1] El general retirado John Campbell, según el diario turco Yeni Safak, quien habría distribuido dos mil millones de dólares entre oficiales de las fuerzas armadas turcas.

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