Una mirada interdisciplinaria de la informalidad laboral: ponencia de Saulo Galicia

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Saulo Galicia

Bachiller de Derecho por la PUCP

Voy a empezar estableciendo un pequeño marco sobre cómo podemos relacionar la informalidad y el derecho desde una mirada interdisciplinaria. Mi presentación, entonces, estará relacionada a 3 ideas: (i) la claridad cuando se habla de informalidad; (ii) si existe un enfoque tradicional para aproximarse a la informalidad; y finalmente, (iii) su relación con el Derecho, pensando a éste último como la regulación o un sistema de normas vinculadas a la informalidad.

Para ejemplificar la claridad podríamos observar la siguiente imagen: una vendedora de galería; abogados de un estudio; y ambulantes. Lo interesante de esto es que, a partir de un concepto amplio o restringido sobre la informalidad se podrá incluir a uno o eventualmente a todos como trabajadores con empleo informal. Es así que la señora podría ser una trabajadora del sector informal -estando no registrada la empresa y ella por tanto no tener su trabajo registrado. Siguiendo el mismo ejemplo, los abogados pueden entrar en la lógica previamente señalada, pues si bien los estudios de abogados son formales, los abogados por lo general no están en planilla. Los vendedores ambulantes son, pues, a quienes se les conoce como independientes informales.

Entonces, en nuestro cómputo sobre empleo informal, estos tres colectivos podrán incluirse. Sin embargo, las imágenes y lo que se sepa de estos grupos podrán hacernos concluir que las características que comparten son bastante heterogéneas: no es un mismo grupo. Por lo que al hablar de informalidad, estamos hablando de algo muy relativo. La informalidad es, así, solo una etiqueta que se presenta a la exclusión o incumplimiento de determinadas cuestiones legales, pero en realidad son grupos distintos.

Es así que debemos de tener muy claro de qué informalidad hablamos. Se puede hablar de informalidad empresarial, aquella que comprende a las empresas que no registran su actividad en SUNARP (Registros Públicos). Podemos hablar, también, de informalidad tributaria, en las que se incluye a empresas que, si bien registran su actividad, no lo hacen con sus ingresos y por tanto no tributan. También tenemos la informalidad urbana, supuestos en los que no se inscribe el inmueble en Registros Públicos. Y finalmente se encuentra la informalidad laboral, que será objeto de esta participación. Lo mencionado vuelve a hacer énfasis en que es necesaria la claridad al momento de discutir este tema, pues, de no observar esta precisión, se estará hablando de distintas reglas, distintos campos de acción.

En cuanto a la informalidad laboral, es interesante observar el estado actual: en el Perú la PEA comprende a 16 millones de personas, en las que 15 millones están ocupadas (trabajan), pero de esta segunda cifra, 11 millones lo hacen con empleo informal. Esto quiere decir que 72% de los trabajadores en el Perú tiene empleo informal. Es por eso que en la discusión de políticas públicas en nuestro país se dice que estamos ante un problema de inmensas dimensiones. Sin embargo, no disgregamos el empleo informal, y eso es bastante importante porque estaríamos comprendiendo a los mismos grupos que previamente mencionamos.

En este aspecto, las cifras actuales nos permiten enfatizar que, de los 11 millones de trabajadores con empleo informal, la mitad son independientes. Por lo que esta fracción está relegada respecto del cumplimiento de determinados derechos laborales (como la CTS, gratificaciones, vacaciones), pues no se encuentran en una relación subordinada. De la otra mitad, el 35% son los trabajadores asalariados, quienes, por ejemplo, están en una empresa, que puede ser formal o informal, pero que no se encuentran registrados.

¿Por qué es importante tener presente estas precisiones? Porque entonces tenemos muchos segmentos dentro del empleo informal, y si hemos constatado que tienen características distintas, y que comparten supuestos diferentes, probablemente las causas que originen su situación de informalidad no sean las mismas. Si el grupo es heterogéneo, las razones por las que estos grupos se encuentran en la informalidad también lo son.  Contrario a ello están propuestas como las de De Soto, las cuales simplificaron el problema de la informalidad, presentando a los informales como un grupo de emprendedores que se habían visto asfixiado por el Estado que imponía con costos legales la formalidad.

Sin embargo, la escuela legalista no ha sido la única en proponer una interpretación sobre la informalidad. Así, tenemos a la escuela dualista (OIT), que propone la existencia de dos sectores que trabajan en paralelo. También está la escuela estructuralista (Portes y Castells); la voluntarista (Banco Mundial) cuya única premisa es la voluntad de ‘querer’ ser informal. Y una de las más recientes es la escuela cultural. Un ejemplo en su análisis es el de las trabajadoras del hogar, que mayoritariamente son informales a pesar que los costos laborales son bajos y el registro no es complejo, y que tiene como explicación el hecho que el trabajo doméstico no es considerado como trabajo.

¿Alguna explica por sí sola la informalidad? No, puesto que estas son varias hipótesis que dependen de la situación y segmento para cobrar mayor o menor relevancia.

Finalmente, la relación de la informalidad con el Derecho es visible en varias de estas escuelas. Por ejemplo, en la escuela legalista se plantea que es el Derecho el que genera este problema. Por otro lado, para la escuela institucional es la falta de aplicación de las normas la causa que lo genera. Es así que podemos observar la vinculación del Derecho y la regulación con este problema, y uno debería identificar, dependiendo del segmento de informalidad, cuál es la razón que la genera y la de su persistencia.

Segunda participación:

Como se ha mencionado, concordamos en muchos puntos, como la complejidad y heterogeneidad sobre la informalidad, así como que no hay una sola forma de respuesta. Pero hay cuestiones sobre las que podríamos profundizar más. Y es que, hemos rotulado y asociado a la informalidad como algo tan negativo, indicando que lo único que deberíamos de buscar es la formalidad.

Hace poco, Richard Webb escribió un artículo preguntándose sobre si es que la formalidad es tan buena respecto a la informalidad, pues los sectores que más han crecido -sin contar minería- han sido los agropecuarios que, como señaló Marlene, son básicamente informales. Entonces la informalidad con esta etiqueta -que significa falta de registro, evasión de normas legales, etc.- no significa necesariamente precariedad. Es decir, hay puntos de coincidencia, pero no es solo eso. De pronto podríamos pensar que estamos más ante un mecanismo de supervivencia: es decir, muchos son informales porque no encontraron trabajo en el sector formal. Entonces, también podemos estar ante espacios de creación, de innovación ante una falta de empleo.

¿Podríamos pensar en que todos los informales deben ser formales? Quizá sea imposible, pero como mencionó Omar, este problema se irá reduciendo en la medida en que se crezca económicamente, pero mientras tanto tendremos trabajadores que estarán inmersos en la informalidad por supervivencia. Viendo la situación de esta manera, resulta indignante, por ejemplo, ver cómo serenazgos confiscan bienes y golpean a los ambulantes, pues no solo se está matando el trabajo, sino también cómo la gente vive.

Es de esta manera, que a la informalidad se le ha puesto una cruz bastante injusta, pero la informalidad se vuelve necesaria en un país como el nuestro. Portes señalaba que este tipo de economía es funcional para el Estado y para la gente, sobretodo en sociedades sin prestaciones de seguridad social (renta básica, seguro de desempleo), pues es ahí donde la informalidad cubre la fuente de necesidad de empleo, y resulta, además, en un beneficio para las empresas. Procter & Gamble, por ejemplo, tiene el 20% de sus ingresos a partir de sectores informales. Aquí vemos un caso claro de cómo la informalidad y la formalidad conviven – y  probablemente se necesiten. Ello no quiere decir, claro, que no tenga efectos nocivos. José María Rentería, por ejemplo, señala que las personas en informalidad tienen menores índices de bienestar subjetivo.

Finalmente, creo que la relación precariedad e informalidad es muy afín, pero no por ello hay que confundirlas. La informalidad puede ser un espacio desarrollo para muchos sectores. Es así que lo expuesto me hace apuntar a que hay un prejuicio muy fuerte sobre el empleo informal, respecto del cual no hay que dejar en cuenta los efectos negativos que puede tener, pero al que no podemos asignarle la culpa de todos nuestros males. Es aquí donde ejemplos como el que puso Marlene sobre la Ley Mype resultan perfectos: podemos eliminar todo tipo de requisito, y volver a la informalidad formal, pero ello no cambiará las condiciones de vida de las personas, solo el nombre. En casos como ese, inclusive no se ha generado formalidad, lo que indica que por ahí -o no solo por ahí- va la solución. Debemos, entonces, seguir pensando hacia dónde enfocarnos.

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