GIULIANA GAL’LINO VARGAS-MACHUCA

Psicóloga, con maestría en psicología educativa y problemas de aprendizaje, especialización en proyectos educativos y cultura de paz, terapeuta familiar y docente PUCP.

En la década de los 80, aparecen teorías y modelos explicativos que revolucionan las definiciones de inteligencia y creatividad. Se propone que las personas podemos ser inteligentes de maneras distintas, en contraste a la concepción de una inteligencia única. Esto supone conceptualizar la inteligencia como la habilidad para resolver problemas o para elaborar productos que tienen importancia en un determinado contexto cultural, y a esta podemos llegar por diversos caminos (Gardner: 2001).

De hecho, el Proyecto Cero de la Universidad de Harvard que ha dedicado décadas al estudio de los aspectos esenciales del aprendizaje humano como la inteligencia, el pensamiento, la creatividad y la ética, entre otros, partió de la idea de que la educación artística o estética, también, era una disciplina y debía enseñarse y evaluarse con esa idea en mente. Su objetivo es entender y mejorar la educación y la enseñanza, tomando en consideración tanto disciplinas humanísticas como científicas a nivel individual e institucional en una variedad de contextos (Gardner: 2016).

Posteriormente, el término inteligencia emocional acuñado de manera inicial por psicólogos de la Universidad de Yale (Mayer & Salovey: 2007) y popularizado luego por Goleman, quien la define como la capacidad de sentir, entender, controlar y modificar los estados anímicos propios y ajenos, nos habla del papel fundamental que cumplen las emociones en la comprensión de sí mismo y en las relaciones con los demás. Estas ideas son componentes básicos que nos dicen que ser hábil en el manejo de las emociones también aporta a nuestra capacidad intelectual y, por ello, sus estudios sobre inteligencia emocional tienen como meta comprender el significado y el modo de dotar de inteligencia a la emoción (Goleman: 2012).

Más recientemente, el Banco Mundial en el año 2011 realizó en nuestro país un estudio, cuyo objetivo fue conocer qué necesitan los peruanos del siglo XXI para insertarse de manera exitosa al mercado laboral, mostrando como conclusiones que dos son los factores principales que limitan las posibilidades de acceso a mejores oportunidades laborales en los trabajadores peruanos: a) las deficiencias en las habilidades básicas desde etapas tempranas del desarrollo por vivir en entornos desfavorables (mala nutrición, pobre estimulación temprana y malas condiciones para el aprendizaje debido a la baja calidad de la educación básica) y b)las fallas en el acceso a las opciones de formación técnica y profesional que se derivan en perspectivas laborales. Con respecto a las habilidades valoradas en el mercado laboral, el estudio señala que las habilidades denominadas genéricas (las cognitivas y las socioemocionales) consolidan la capacidad para el aprendizaje en la escuela. A estas se sumarán, luego, las habilidades técnicas o específicas para el trabajo, las cuales determinan la aptitud laboral de una persona (Jaramillo & Silva-Jáuregui: 2011).

De otro lado, las neurociencias nos han demostrado el impacto de las experiencias tempranas en la formación del cerebro, el cual nos permite a través del aprendizaje la integración óptima con el entorno. Asimismo, el cerebro tiene sistemas naturales del aprendizaje que van mucho más allá de los aspectos cognitivos y que tienen que ver con procesos emocionales, sociales, sensoperceptivos e incluso morales o espirituales. Por lo tanto, depende no solo de factores genéticos, sino requiere también de experiencias relevantes de diferente naturaleza, las cuales pueden y deben ser promovidas desde la escuela.

Estas evidencias, nos permiten reflexionar también acerca del perfil del educador como pieza clave del éxito del proceso educativo, vale decir el poder de las propias relaciones en el aprendizaje, de la calidad de los vínculos que se establecen entre educador y alumno, que van modelando el cerebro a partir de la experiencia. Los resultados de estos estudios cobran mayor relevancia si consideramos, además, que estas habilidades genéricas aportan también a la reducción de las tasas de incidencia de otros problemas sociales, como el consumo de drogas, la delincuencia y los embarazos en adolescentes.

Nos debe quedar claro que el éxito en la vida no lo determina solamente la información o conocimiento que incorporamos y procesamos cognitivamente para resolver problemas, utilizando el juicio crítico o el razonamiento lógico, también es necesario contar con habilidades para conocernos y autorregularnos de manera adecuada para interactuar con los demás y lograr una comunicación efectiva con el entorno. Además de esto, es importante considerar los componentes actitudinales que nos permiten resolver los problemas en base a valores y con ética.

Entonces, hay que tomar en cuenta que disciplinas como el arte, las actividades culturales y sociorecreativas, la actividad física o el deporte, que han sido áreas reconocidas en el Currículo Nacional de la Educación Básica – CNEB (Resolución Ministerial N°281-2016-MINEDU), son relevantes para la actualización de los contenidos impartidos en la formación de niñas, niños y adolescentes. Con ello, concluimos que este es un cambio sumamente necesario y ampliamente esperado por quienes trabajamos y apostamos por una educación de calidad como base de la prevención de conductas de riesgo, así como para la construcción de ciudadanía desde edades tempranas.

Asimismo, desde el enfoque de derechos, considera el resguardo al derecho al desarrollo integral de toda niña, niño y adolescente, además de una educación que lo prepare mejor para una vida adulta plena y responsable. Su implementación se viene realizando de manera progresiva; por ello, es importante también llamar la atención sobre algunos riesgos que debemos tomar en cuenta para asegurar la correcta aplicación de esta normativa. Interesará en este sentido preguntarnos de manera permanente el cómo se entiende, cómo se aplica, cómo se evalúa y cómo se valora el CNEB.

En primer lugar, asegurar de que se entiende de manera clara el propósito de la incorporación de más horas en estas materias. Aquí, el Ministerio de Educación ha tomado en cuenta que la densidad de los documentos que han precedido al actual currículo podrían haber contribuido a que no se entienda bien aquello que se pretende como propuesta educativa y, es por esta razón, que han apostado por un documento menos extenso y de más sencilla comprensión, acompañando esta estrategia de otros recursos como las herramientas de información y comunicación para su respectiva difusión y capacitación.

Lo segundo es conocer el cómo se viene aplicando. Para esto, será importante monitorear la manera cómo se implementan estas horas de clase; es decir, si la incorporación de arte y cultura son solo nominativos o responden a las demandas de los alumnos, si se sustentan en principios pedagógicos, si la metodología y los contenidos desarrollados resultan útiles y si se adaptan a las características específicas del alumnado y el contexto, como la zona geográfica o las costumbres que se derivan de la población con la que trabaja el docente.

Luego, será necesario conocer con qué criterios se evalúan estas materias, ya que si bien es cierto que existen criterios de evaluación normados, volvemos nuevamente a la lógica de las inteligencias múltiples y las diferentes maneras de ser hábil o competente en ciertas áreas del conocimiento, lo cual debería aplicar también para todos los cursos que conforman el currículo de la escuela pública. Recordemos aquella popular frase que dice: “Todo el mundo es un genio. Pero si juzgas a un pez por su habilidad para trepar árboles, vivirá toda su vida pensando que es un inútil”.

Y finalmente, cabe reflexionar en la práctica cómo se están valorando estas materias. Recordemos que son cursos que siempre han estado presentes, pero que nunca han tenido el mismo protagonismo que otros cursos “tradicionales” a los cuales padres de familia, maestros y psicólogos les hemos prestado por mucho tiempo especial atención por considerarlos “los verdaderamente importantes”. No suele ser motivo de preocupación que una niña o niño muestre bajo rendimiento en arte, pero es casi sinónimo de fracaso escolar que no logre cierta competencia en cursos como matemática y comunicación. La relevancia de estos cursos no basta que se exprese en las normas de aplicación curricular, es importante que sean valorados por los propios maestros, por los padres y madres de familia, y por supuesto por el propio alumnado.

Ahora nos toca ver las cosas de una manera distinta, valorar los contenidos de la educación de una manera diferente, siempre a favor del alumno, en la verdadera comprensión de lo que significa una educación de calidad que atiendan todas nuestras necesidades, que como ya hemos señalado previamente supone algo más que solo los componentes cognitivos del aprendizaje. También, existe un aprendizaje emocional y un aprendizaje social, en igual importancia para asegurar el éxito en el paso al mundo adulto, a la convivencia ciudadana y a la inserción laboral.

Se trata de una propuesta curricular que busca reivindicar campos del aprendizaje que estuvieron relegados durante muchos años y que hoy más que nunca se hacen necesarios y urgentes. Sin duda, queda un largo camino por recorrer pero es una ruta que ya iniciamos y no podemos dar marcha atrás.


Referencias

Gardner, H.(2001). Estructuras de la Mente. La Teoría de las Inteligencias Múltiples. Colombia: Fondo de Cultura Económica Ltda.

Gardner, H.(2016). El Proyecto Cero de Harvard: Una historia personal. En: Uaricha, 13(30), 26-52. Traducción: Patricia León Agustí y María Ximena Barrera.

Golenam, D. (2012). Inteligencia Emocional. España: Kairós.

Jaramillo, C. & Silva-Jáuregui, F. (2011). Perú en el umbral de una nueva era. Lecciones y desafíos para consolidar el crecimiento económico y un desarrollo más incluyente. Notas de Política. Volumen I. Banco Mundial.

Ministerio de Educación (2016). Resolución Ministerial N°281-2016-MINEDU. Currículo Nacional de la Educación Básica (CNEB).

Mayer,J.D.&Salovey,P.(2007) ¿Qué es la inteligencia emocional?En: J.P. Mestre y P. Fernández-Berrocal (editores). Manual de Inteligencia Emocional. Madrid: Pirámide.

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