Lurgio Gavilán

Antropólogo. Autor del libro “Memorias de un soldado desconocido”.


Desde mi casa en Ayacucho, diviso con claridad la montaña de Razuhuillca bajo el sol fresco de la tarde de agosto. Allí en 1985 me capturó una patrulla militar comandado por el teniente Shogun (Gavilán, 2017). Desde entonces han pasado muchos años y una guerra fratricida. Aún sigo vivo y mis paisanos también. El Hacedor decía que no hay otro camino que éste para llegar a ese hermoso país, el comunismo; donde podíamos vivir sin explotadores ni explotados, donde el utulu podía dormir junto al atuq. Para llegar a ese país maravilloso había que cortar el pescuezo del prójimo, degollar a las vacas preñadas, derrumbar puentes y torres, herir las entrañas del viejo orden para limpiar el camino de la revolución. El machete cayó en los más indefensos formando un río de sangre invisible. Esa fue la maldita guerra o como les gusta llamar a algunos, el conflicto armado interno. Cualquiera que sea —más allá de su categorización si es legítima o ilegítima—, es nociva. Sus secuelas viven como un río subterráneo lleno de cicatrices en el cuerpo de la persona, del país.

La CVR (2003) ha constatado que el Partido Comunista del Perú por el Sendero Luminoso (PCP-SL), desencadenó un conflicto armado con crímenes que constituyen delitos de lesa humanidad. Es verdad, no hay duda. No fue un exceso ni error fue una máquina de guerra planificada. Quizá sus séquitos nieguen el horrendo crimen cegados por el pensamiento guía.

En nuestro análisis e interpretación quizá prestamos mucha atención a la memoria hegemónica donde la pacificación fue logro de héroes sin errores, olvidando la carga ideológica del pensamiento Gonzalo y la fuerza invisible del sistema operante. No creo que sea cierto -como dice Villasanti (2016)- que los académicos nos centramos en el contexto ideológico de la violencia dejando al margen los hechos. El registro está lleno de asesinatos, torturas, desapariciones. Por ejemplo, se han documentado diferentes tesis en las universidades, pasando por los trazos de violencia de Edilberto Jimenez (2010) hasta arribar a los volúmenes de la CVR. Por si fuera poco, basta recorrer el campo de la Hoyada donde incineraban cuerpos al estilo de los nazis. Lo que ha quedado al margen es la justicia que camina como tortuga vieja.

El caso más cercano son las desapariciones y torturas extrajudiciales en la base militar Los Cabitos en Ayacucho; los fiscales y jueces dieron el veredicto después treinta y cinco años de sufrimiento y espera, gracias a la perseverancia de la valiente madre Angélica Mendoza. Estos hechos nos duelen y están allí como describí en una tesis donde mis paisanos muestran historias sociales que reflejan, en sí mismos, excepcionales vidas de excepción donde lo común ha sido el desequilibrio, y cómo ellos lejos de morirse buscan rehacerse por todos los medios, seguir viviendo con un mínimo de paz (Gavilán, 2011). Lo que me preocupa es tratar de encontrar al padre-madre que engendra vida a esa política de vida que conlleva una política de muerte (Foucault, 2007).

Por eso, quiero detenerme en el pensamiento Gonzalo que parece lucir lleno de vida. ¿Cuál fue el contenido de este? El Hacedor considera que él es la luz para la humanidad y, que existe una verdad única e indiscutible, que la revolución es inevitable mediante la punta del fusil. En ese sentido, el pensamiento Gonzalo es la “verdad y el camino” y los que pensamos diferente somos unos mentirosos y no debemos existir.

     Kafka nos presentaba a Gregorio Samsa como un hombre trabajador y honesto, pero una mañana después de un sueño intranquilo se despierta convertido en un monstruoso insecto y la vida para él y para todos los que estaban a su alrededor empieza a cambiar; Abimael Guzmán fue un catedrático que formaba a jóvenes en una de las regiones más pobres del país; aunque le gustaba usar saco y corbata —según los que conocieron— era gente sencilla que zurcía la camisa de sus estudiantes y caminaba por las calles de Ayacucho pensando en el porvenir del pueblo, pero de pronto se encarnó ese pensamiento de odio revestido de una esperanza de vida para aniquilar a todo aquel que se ponga como obstáculo en el camino de la revolución. Yo sospecho que el demonio es la ideología no la persona. Es la política de vida que inventamos y que en el camino se convierte en el cuervo que devora al progenitor. El pensamiento Gonzalo no es más que ese cuervo que nace lindísimo, pero que conlleva en sus entrañas al caníbal que duerme como el propio Estado o la bendita democracia que inventamos para ser iguales y no es así. Hay algo que subyace en estas ideas de vida que inventamos con mucho esfuerzo, que se entroniza en el cuerpo y mente de la gente y camina invisible conduciendo la conducta (Foucault, 2007) o como la “estructura estructurante” (Bourdieu, 2005), que absolutamente nadie cuestiona ya que aparece como un hecho normal en nuestra vida cotidiana.

Cuando el pensamiento Gonzalo dio sus primeros pasos en el mundo de los hombres, muchos se dieron cuenta de que no era paloma sino cuervo, y no tardaron en lanzar las piedras de la muerte. El lector se preguntará, si ese monstruo ha muerto, ¿por qué patalea hasta ahora? La repuesta es compleja, opaca y elusiva (Degregori, 2010). Alguien inventa o mantiene vivo al enemigo; por eso, no deberíamos dudar, aunque nos duela decirlo, que la democracia, con sus diferentes máscaras se encargó de resucitar una y otra vez al fenómeno del pensamiento Gonzalo sepultado por las masas, por los pobres del país.

Por eso, no puede ser cierto el apoyo masivo a Sendero Luminoso en sus primeros años. ¿Es posible apoyar a un monstruo que se come a sus propios hijos? De ninguna manera. Por eso dudo, cuando el Estado, la CVR y otros académicos como Villasanti dice: “Las poblaciones rurales y citadinas adhirieron por un tiempo a uno de los campos enemigos para luego cambiar de bando”. El apoyo y cambio de bando ha sido por los mil ojos y mil oídos del pensamiento Gonzalo y el estigma del Estado hacia la población campesina. El apoyo masivo ha sido nulo, quizá como escribí en el libro de Comunidades de América Latina (2010), el apoyo apareció en imágenes del entierro de Edith Lagos. Una jovencita de diecinueve años, sensible al sufrimiento de los más pobres, que reunió a varios simpatizantes, pero que pronto fue abatida y una multitud de personas pasearon el ataúd de la guerrillera en la plaza de Ayacucho. Pero pronto la pompa del jabón esplendorosa se desvaneció. Quizá nunca existió ese apoyo masivo, más bien es el invento del poder para mantener vivo al enemigo. ¿Fue posible caminar en ese camino? ¿Quiénes empezaron a andar en ese camino de la verdad? ¿Las masas? ¿El señor Hacedor? No, él con sus mil ojos y mil oídos nos empujó al camino espinoso y se quedó en casa.

Por eso, la afirmación del apoyo masivo a Sendero Luminoso es un mito. Es uno de los trucos del poder para seguir viviendo.

Esta es la realidad sin máscaras donde el pensamiento Gonzalo fue aplastado mucho antes del surgimiento del “salvador”, Fujimori. Hagamos un poco más esta radiografía para ver lo que hemos construido como humanidad y, a esta estructura que nos atrapa como una telaraña para tener ciertas ideas sobre el mundo, los demás y nosotros mismos.

Hace treinta y siete años, una mañana de abril, Abimael Guzmán frente a sus séquitos que lo veían y escuchaban impávidos, les anunció la buena noticia, en la clausura de la I Escuela Militar de Sendero Luminoso, con el puño en alto: “Siglos han transcurrido de explotación dura, las masas han sido doblegadas; las han explotado, sojuzgado; las han oprimido implacablemente (…) en la historia esas masas estaban huérfanas, no tenían dirección, sus palabras, sus protestas, sus acciones, sus rebeliones terminaron en fracaso y aplastamiento” (1980), y había llegado ese padre desde las entrañas del universo para salvarlos, para sacar del fango de la opresión; sin embargo, apenas empezó la lucha, el genio se desprendió del catedrático y, empezó a devorar uno a uno a esas masas explotadas.

Ese monstruo que inventamos no solo se encarnó en el catedrático que comparte su pan con el prójimo, sino también está incrustado en el padre-patria -quizá con menos intensidad, pero igual de nocivo a largo plazo-, el Estado.

El pensamiento Gonzalo que fue noqueado por repudio de las masas, pudo sobrevivir hasta ahora con distintas intensidades alimentado por muchos factores y necesidades. Uno de ellos, es el destape del avispero (Degregori, 2011) que desencadenó la violencia y, permitió cobrar venganza dentro de la comunidad por rencillas de linderos territoriales, envidias o la brujería como constató Theidon (2009). Por otro lado, la declaración de zona de emergencia alimentó el narcotráfico y la corrupción. Las guerras, conflictos exigen armas y viceversa; por eso se justifica el gasto millonario en armamento y mercenario. La política de Alberto Fujimori vivió y vive gracias a la existencia del enemigo. Gustavo Gorriti, periodista, notable y valiente dijo, que a Abimael Guzmán le salvó un soplo milagroso, una notita de aviso que le pasaron por debajo de la puerta para que el pensamiento Gonzalo pueda escapar y vivir, y se concretice el planeo perfecto de autogolpe en 1992.

Bibliografía

Bourdieu, Pierre (2012) La distinción. Taurus, México
Degregori, Carlos Iván (2010) Qué difícil es ser Dios. El Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso el conflicto armado interno en el Perú: 1980 – 1999. Lima: IEP.
Comisión de la Verdad y Reconciliación (2003), Informe final de la Comisión de la
Verdad y Reconciliación. Lima-Perú, Navarrete.
Foucault, Michel (2007) Nacimiento de la biopolítica. Fondo de Cultura Económica, México.
Gavilán Sánchez, L. (2017) Memorias de un soldado desconocido. IEP, Lima.
(2013) “Eusebio, tatuado por la guerra”. En Alteritas, Ano 2, No. 2, I Semestre. Ayacucho.
(2011) “Estado de emergencia y el arte de rehacerse en las comunidades campesinas del    Perú postconflicto” Tesis de maestría, Universidad Iberoamericana, México.
Gavilán Sánchez L. y Vicente Torres (2005) Comunidades de América Latina. Perspectivas etnográficas de la violencia y territorio desde lo indígena. Ceques, Lima.
Jimenez, E. (2010) Chungui y trazos de memoria. IEP – Comisedh-DED, Lima.
Kafka, F. (2005) Metamorfosis. Akal,
Theidon, K. (2009) Entre prójimos: el conflicto armado interno y la política de reconciliación en el Peru. Lima, IEP.
Guzmán, Abimael (1980), “Somos los iniciadores” (Discurso de clausura Primera
Escuela Militar, PCP-SL, 19 de abril de 1980) en Guerra Popular. Perú.
Villasanti Cervello, M. (2016) “La violencia política en Perú 1980-2000: desde la perspectiva de antropología policial”, en, Polémicos, PUCP, Lima.

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