Alessandro Caviglia

Filósofo. Profesor del Departamento de Teología de la Pontifica Universidad Católica del Perú.

Sobre el entrampamiento de la iglesia progresista en la historia y el archivo

Un principio básico en una sociedad democrática es que una vez que se han ganado o conquistado derechos y libertades, ya no es posible dar marcha atrás. Estos quedan consolidados de un modo análogo a los derechos fundamentales y quedan fuera del regateo político vía figuras como plebiscitos populares o el juego de mayorías y minorías en el Parlamento. Esta es la razón por la que no prosperó la iniciativa del Cardenal Cipriani, hace más de un par de años, de convocar a plebiscito sobre la cuestión de la unión civil. El argumento jurídico para oponerse a dicha iniciativa fue que, si la igualdad civil entre las personas ya se había conquistado, ya no es posible dar marcha atrás a través de un mecanismo como la consulta plebiscitaria.

Como es sabido, en la sociedad peruana actual hay una gran tendencia social y política en dirección al regresismo. Esta actitud consiste en activar el reloj de la historia, respecto de derechos y libertades, en sentido contrario a la conquista de derechos y libertades. Así, sentimos que una parte considerable de la sociedad y la clase política actual tiende a dar marcha atrás respecto de la conquista de derechos y libertades. De hecho, vivimos en una sociedad donde los derechos de las personas se están reduciendo paulatinamente y en la que los grupos regresistas o conservadores están teniendo más peso que los grupos progresistas (quienes pugnan por ampliar el margen de derechos y libertades en el campo jurídico y social).

Esta situación no es ajena a la Iglesia Católica en el Perú. También en ella hay una gran tendencia regresiva, que busca utilizar su poder social e influencia sobre el Estado, para dar marcha atrás a los derechos conseguidos anteriormente. Pero, también, en la misma Iglesias en este país, hay grupos progresistas. Uno de los representantes del catolicismo progresista y que se pone del lado de los derechos fundamentales y los derechos humanos, es sin duda el recién nombrado Mons. Pedro Barreto como Cardenal. De esta manera, la Iglesia en el Perú tiene actualmente dos Cardenales, uno representante del sector regresista y el otro del sector progresista. El nombramiento de Barreto resulta ser sumamente positiva para la consolidación de los derechos y el avance en las libertades.

Sin embargo, el nombramiento de Barreto como Cardenal ha pasado desapercibida en el debate público nacional. Incluso portales progresistas como el Útero se han resistido a publicar una nota al respecto (a pesar de que algunas personas cercanas a este medio tenían ideas al respecto). Se entiende la reacción, aunque no se justifica. Se entiende porque, desde los grupos progresistas se ha visto a los grupos cristianos y a la Iglesia católica en particular, como grupos conservadores y regresistas.

Durante muchos años, la cara pública del catolicismo en este país fue el Cardenal Cipriani y un conjunto de obispos (como Eguren, en Piura y Del Río, en Arequipa), así como movimientos (como el Sodalicio y el Opus Dei), e incluso medios de prensa como ACIPRENSA (vinculada el Sodalicio). Ciertamente, no han sido los únicos rostros públicos de la Iglesia Católica, sino que también se encuentran figuras como el padre Gustavo Gutiérrez y el padre Gastón Garatea, que han sido figuras públicas (más el segundo que el primero) que han mostrado una faceta progresista de la Iglesia en el país. Pero, con todo, los sectores conservadores han terminado imponiendo una imagen de Iglesia de cara a la opinión pública.

Este predominio de los sectores conservadores en la imagen de la Iglesia en el Perú no es casual, sino que responde a una intención que provino del innecesario y nefasto largo pontificado de Juan Pablo II. Juan Pablo II provenía de una Iglesia polaca que articuló su identidad en torno a la lucha contra el comunismo. Los sectores conservadores de Vaticano se encargaron de generar la idea en el Papa polaco de que la Teología de la Liberación era la manifestación del comunismo en el seno de la Iglesia. La Teología de la Liberación fue articulada por el padre peruano Gustavo Gutiérrez durante los años 70 y recogía la experiencia que de recepción del Concilio Vaticano II en América Latina, pasando por las Conferencias Episcopales de Medellín, Puebla y Santo Domingo; es decir, la Teología de la Liberación recogió la experiencia de fe de los pueblos latinoamericanos, experiencias marcas por la pobreza, la exclusión y la dominación.

La Iglesia en Latinoamérica (inspirada en el Concilio Vaticano II, las Conferencias Episcopales Latinoamericanas y la Teología de la Liberación), durante los 70 y 80, articuló una pastoral social de suma importancia. Dicha pastoral enseñó a los pueblos latinoamericanos a conocer y a defender sus derechos en años en que proliferaron gobiernos dictatoriales en la región. Dos ejemplos paradigmáticos de esa Iglesia colocada del lado de los excluidos lo constituyen Mons. Romero, y los sacerdotes jesuitas de la UCLA (quienes fueron asesinados por las fuerzas del gobierno dentro del campus universitario) en el Salvador y la Iglesia del Sur Andino en Perú. Mons. Romero se enfrentó abiertamente a un gobierno dictatorial y la Iglesia del Sur Andino constituyó una red social real que sirvió para defender los derechos y las libertades de los grupos más vulnerables. En trabajo de la Iglesia del Sur Andino preparó a la población de la zona para hacer frente a la embestida de Sendero Luminoso durante los 80.

La reacción de Juan Pablo II frente a esta Iglesia Latinoamericana fue frontal. Cuando Mons. Romero fue a visitar al Papa, Juan Pablo II casi no lo recibe y le increpó meterse en política debido a que el polaco estaba mal informado respecto de la labor de Romero en el Salvador.  Respecto de la pastoral social de la Iglesia del Sur Andino, Juan Pablo II la combatió con toda dureza, nombrando obispos del Sodalicio y del Opus Dei a fin de desmantelar todo el trabajo que habían venido realizando. Estos obispos conservadores llevaron adelante una “nueva evangelización” que consistió en una suerte de “extirpación de idolatrías”. Esta consistió en darle una nueva dirección a la Iglesia del Sur: en vez de centrarla en el trabajo social y la defensa de derechos, se centraron en consolidar una Iglesia que se centraba en los ritos, en el templo y en la imposición de una mural extremadamente conservadora.

Pero Juan Pablo II no se contentó con destruir la Iglesia progresista del Sur Andino, sino que dirigió sus ataques contra la Teología de la Liberación y los grupos vinculados a ella. Ello lo hizo nombrando al primer Cardenal del Opus Dei a nivel mundial justo en el Perú. La idea esa “extirpar la idolatría” que la Teología de la Liberación supuestamente representaba. La embestida del sector conservador de la Iglesia en el Perú fue radical.

Es debido a la dominación que desde unas décadas los sectores extremadamente conservadores en la Iglesia Católica en este país que los grupos progresistas que se encuentran fuera de la Iglesia la ven como un bloque homogéneo y conservador. Esta es la razón por la que el Útero se resiste a darle un espacio a los temas eclesiales en su portal. Es la misma razón por la que los grupos feministas o de género ven en la Iglesia Católica en el Perú como un adversario homogéneo y retrogrado, promotor de la mal llamada “marcha por la vida”.

Los grupos progresistas que se encuentran fuera de la Iglesia Católica no se encuentran en condiciones de ver que dentro de la misma Iglesia hay también sectores progresistas. Esto se debe a dos cosas. Por un lado, los grupos conservadores se han encargado de moldear el rostro público de la Iglesia. Pero, del otro lado los grupos progresistas dentro de la Iglesia han tenido una actitud extraña: han girado hacia la historia y han abandonado el terreno de la política tanto eclesial como nacional.

¿A qué me refiero cuando afirmo que uno de los errores del progresismo católico en el Perú ha sido girar hacia la historia en vez de hacia la política eclesial y nacional? Me refiero al hecho de que se han aliado con historiadores que se han dedicado a orientar la mirada de los sectores progresistas hacia los acontecimientos conmemorativos. Hace un par de años se conmemoraron los 50 años del Concilio Vaticano II y este año se hace lo mismo con la Conferencia Episcopal de Medellín. Aprovechando la coyuntura conmemorativa los historiadores aliados de los sectores progresistas han instalado la fascinación por el trabajo de archivos. El sector progresista se ha especializado en estudiar qué dice el documento que ha caído en sus manos por la fuerza del transcurso del tiempo.

El giro hacia los documentos del pasado, para tratar de recuperar lo que hay de progresista en ellos, ha hecho que el sector progresista de la Iglesia en el Perú se involucre en cuestiones políticas. De este modo, en vez de debatir casos de controversia política como el aborto, la unión civil, el matrimonio igualitario, la laicidad del Estado o la defensa de la democracia en el Perú de hoy; en vez de enfrentar dichos debates de carácter político, lo que hacen es preguntarse en qué parte de los documentos se puede ver que hace 50 años la Iglesia estaba asomándose al tema de la democracia.

Esta fascinación por la actitud conmemorativa (y el sentimiento hubo una era dorada de la Iglesia Latinoamericana), han buscado enfatizar de manera decidida la conexión del Papa Francisco con ese pasado memorial. Ciertamente, Francisco reactualiza el Concilio Vaticano II y las Conferencias Latinoamericanas de hace 50 años. Pero también el Papa actual está colocando a la Iglesia el reto de ser profética. La actitud profética de la Iglesia la conecta necesariamente con el debate político. La religión profética ha estado siempre dirigida a una propuesta política para el mundo actual. En cambio, este enrocamiento en el trabajo del historiador y del archivero hace que una parte de la Iglesia progresista se aparte del debate político y se quede atrapada en la era dorada.

Si el progresismo católico en el Perú está tomando esta deriva, es comprensible que frente a la sociedad no emitan una voz profética dirigida a la búsqueda de la justicia política y social. Eso hace que la única voz política que la sociedad escucha que proviene de la Iglesia sea una voz rancia y conservadora. En esta coyuntura, el nombramiento de Mons. Pedro Barreto como Cardenal no ha tenido eco en la sociedad nacional. Como no se escucha una voz profética decidida de parte del sector progresista, el hecho de tener un nuevo Cardenal progresista no ha sido claramente reconocido.

La importancia de un Cardenal progresista en el Perú resulta ser de suma importancia, debido al contrapeso que hará a Cipriani. En temas como el enfoque de género, los derechos humanos y la política ambientalista, Barreto y Cipriani se encuentran en las antípodas. Las declaraciones de Barreto lo han hecho notar con total claridad. Pero para el progresismo que se encuentra fuera de la Iglesia, esas diferencias resultan imperceptibles y eso es sumamente preocupante.

Resulta ser sumamente importante que el sector progresista de la Iglesia Católica en el Perú haga su trabajo y se gane el pleito de los debates en torno a los derechos y las libertades de las personas. No puede refugiarse en el trabajo de archivo o a rememorar las viejas glorias. Esto es así, porque el peso de la Iglesia Católica sobre gran parte de la sociedad peruana es significativo y la voz progresista y profética resulta de suma importancia para incrementar los derechos. Uno de los terrenos en el que es importante que el catolicismo progresista participe con mayor énfasis y con más ilustración filosófica, jurídica y política, es el de la laicidad del Estado. La Iglesia Católica progresista puede hacer que el Perú avance mucho si se pone del lado de la separación entre el Estado y la religión, una separación real y coherente con los principios de la democracia y del Estado de Derecho, el mismo que consagra la igualdad ante la ley de cada uno de los ciudadanos y que la laicidad del Estado permite impidiendo que las leyes y las políticas públicas quiebren la igualdad ciudadana por medio de preferencias religiosas.

 

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