Ana Lucía Gutierrez Gozzer

Estudiante de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú.
Segundo lugar en el Concurso de Cuentos Jurídicos Fabellae Iuris.


No por primera vez, se preguntó si había tomado la decisión correcta. Tal vez lo mejor hubiera sido mantenerse en silencio, pretender que todo estaba bien y continuar con su vida como si nada hubiera pasado. Al fin y al cabo, su decisión no había contribuido en ningún aspecto de su vida. En su lugar, estaba logrando diezmar los pocos ahorros que tenía guardados y, lo que era aún peor, estaba prolongando un capítulo de su vida que le hubiera gustado haber dado por terminado hace mucho tiempo. La verdad era que, si de ella dependiera, reescribiría toda la historia para así no cometer el error que desencadenó la cadena de eventos que la habían traído hasta ese momento en específico. Pero eso era imposible. La tinta que se usó para escribir la historia de su pasado llevaba mucho tiempo seca y no había nada que ella pudiera hacer para cambiarlo.

Tal vez esa era la razón por la que aún no terminaba de darse por vencida con aquel juicio. Porque si no podía volver en el tiempo y corregir lo que pasó aquella noche entonces tenía que hacer todo lo que estaba en su poder para obtener justicia por lo sucedido. Porque a pesar de los errores que había cometido, ella seguía siendo la víctima de aquella historia y lo mínimo que merecía era saber que el responsable estaba encerrado en un lugar en dónde nunca más podría volver a herir a otra persona.  

O al menos eso era lo que había pensado al principio, cuando se armó del valor suficiente para ir en busca de un abogado que la represente en su merecida persecución de justicia. En aquel entonces ella había sido mucho más crédula. Aún patéticamente inocente en un mundo que ya le había mostrado que solo los más astutos lograban sobrevivir. Un mundo pintado en escalas de grises que se iban oscureciendo con manchas de sangre y en dónde es prácticamente imposible encontrar a alguien que esté dispuesto a hacer lo correcto por razones altruistas. Y lo peor de todo era que, incluso a pesar de lo que le había pasado, ella aún había seguido viendo al mundo a través de un par de lentes con lunas de color rosa, a través de los cuales era posible ignorar la realidad de cómo funciona verdaderamente el mundo y seguir creyendo en lo mejor de las personas.

Las lunas rosas de sus lentes se habían ido quebrando poco a poco, hasta que no le quedó más opción que quitárselos y ver el mundo en dónde vivía como realmente era. Y todo había comenzado el día que se reunió con su abogado por primera vez.

Mirando atrás, no pudo evitar preguntarse por qué creyó que todo se volvería sencillo en el momento que contara con el respaldo de un abogado. ¿Qué era lo que pasó por su cabeza cuando se sentó delante de ese hombre de leyes y pensó que él la iba a defender porque entendía por lo que estaba pasando? Su abogado le había dejado claro desde el principio que la iba a defender porque para eso le estaba pagando pero no porque creía que su causa era lo suficientemente merecedora.

  • Pero no tienes pruebas de tus acusaciones. – fue lo primero que le dijo luego de que ella le contó toda la historia con la voz quebrada y la mirada desenfocada, demasiado humillada con la situación como para mantener contacto visual.

Ante sus palabras, ella no había podido evitar encogerse en su asiento con vergüenza, sabiendo que él estaba en lo correcto. La mañana en la que se despertó adolorida y desorientada en una cama que no era la suya, en una habitación en mal estado cuyas paredes lucían carcomidas por el descuido y el tiempo, con un puñado de confusas memorias que pintaban una verdad aterradora y la seguridad de que había algo fundamentalmente mal con ella; esa era la mañana en dónde tenía que haber hecho algo. Cualquier cosa. Llamar a su madre y pedirle un consejo, contarle a su mejor amiga y enfrentar juntas aquel lío, ir a un doctor y exigir el análisis que confirmaría las sospechas que la llevaban persiguiendo desde el momento en que abrió los ojos. Cualquier cosa hubiera sido mejor que quedarse callada, demasiado disgustada consigo misma ante las abrumadoras memorias como para reaccionar adecuadamente. Le tomó varios días, recluida en el interior de su hogar en un vano intento de pretender que sus memorias eran un producto de su imaginación, hasta que finalmente decidió confirmar sus temores. Pero para ese momento ya era demasiado tarde, la mayoría de sus moretones habían desaparecido y los rastros de lo que sea que le habían echado a su trago para marearla y hacerle perder el conocimiento ya habían dejado su cuerpo. A causa de su miedo y vergüenza, había perdido cualquier oportunidad de conseguir pruebas de lo que ese maldito le había hecho aquella noche.

Y cuando finalmente se animó a ir en busca de un abogado, desesperada porque alguien le dijera que la podían ayudar a obtener justicia por lo que pasó, él simplemente se encargó de echarle en cara todos sus errores.

  • Además reconoces que ambos estuvieron bebiendo juntos esa noche…
  • Solo tomamos un par de copas. – no pudo evitar discutirle, incapaz de comprender por qué ese detalle era tan importante – Bebí un trago con mis amigos y él me invitó un par más… Pero no lo suficiente como para terminar en el estado que termine. Si hubiera estado consciente, nunca hubiera permitido que me tratará de la forma en que me trató.
  • Y sin embargo aceptaste voluntariamente los tragos que él te invitó a pesar de que básicamente no lo conocías. – señaló el abogado con una ceja alzada, su expresión perfectamente compuesta a pesar de que ella había estado al borde de las lágrimas.

Finalmente, el abogado suspiró. Su expresión cambiando hasta adoptar una mirada determinada que aligeró ligeramente el peso de su alma.

  • No va a ser fácil. – le había dicho con toda la seriedad que se esperaba de un hombre vestido en terno – No hay pruebas sólidas y toda tu acusación está basada en tus recuerdos pero creo ser capaz de poner a ese maldito tras las rejas… aunque va a tener un costo.

En aquel instante, el abogado podría haberle pedido cualquier cosa y ella probablemente hubiera aceptado. Él ya había dicho las palabras mágicas cuando le prometió obtener justicia y eso fue suficiente como para incentivarla a pagarle sus dos primeras comisiones por adelantado, impaciente porque el abogado se pusiera a trabajar para así poder conseguir aquello que le había prometido.

Esa promesa la había cegado nuevamente a la realidad durante algunas semanas, la mantuvo complaciente cuando la llamaban de la oficina del abogado para pedirle pagos extras para esto o para lo otro. Volvió a recaer en la antigua ilusión de seguridad que sus lentes de lunas rosas le habían dado y cayó nuevamente en los viejos errores, volviendo a confiar ciegamente en la bondad de las personas. Y no fue hasta que sus pesadillas volvieron a atormentarla durante las noches, forzándola a recordar memorias que preferiría mantener enterradas, que se detuvo a considerar el tiempo que había pasado desde su primera reunión con el abogado y la evidente falta de progreso en su caso.

La palabras estúpida no empezaba a cubrir cómo se había sentido cuando, a la mañana siguiente, fue a buscar al abogado y él le explicó con tranquilidad que esas cosas tomaban tiempo, que podían ser meses hasta que el juicio comenzara y lo único que ella podía hacer era esperar con paciencia. Eso y continuar pagándole todos sus honorarios para que él siguiera moviendo las cosas tan rápido como podía. Las lunas rosas de sus lentes se rompieron definitivamente luego de eso.

Lamentablemente, no hubo mucho que pudiera hacer. Lo último que quería era buscar otro abogado y verse forzada a contarle su historia a otro desconocido en terno que solo la estaba escuchando porque le estaba pagando por aquella hora de su tiempo. Sin mencionar que otro abogado significaba echar a la basura la porción de sus ahorros que ya había gastado con el actual y eso no era algo que alguien en su posición podía darse el lujo de hacer. Así que se tragó sus objeciones y le cedió aquella victoria al abogado, prometiéndose que a partir de entonces iba a comenzar a preguntar antes de aceptar lo que sea que el abogado le dijera.

Y, finalmente, meses después de aquella horrible noche, inició el juicio. Había esperado sentirse reconfortada con aquello, sabiendo que eso era lo que necesitaba para poder cerrar aquel capítulo de su vida. Pero en aquella habitación, rodeada de personas en terno y expresiones serias, lo único que sentía era el peso de las miradas juzgadoras que la mayoría de ellos le estaba dirigiendo.

En esa sala de corte, ella no se sentía protegida. Se sentía juzgada y atacada. Valorada como un caso que tenía que ser completado en lugar de como una persona demandando por justicia. Ninguna de las personas en esa sala estaba interesada verdaderamente en ella y su historia, en su lugar la veían como una tarea que tenía que ser resuelta para que pudieran seguir adelante con sus vidas.

  • La acusación hacia mi cliente no tiene ningún tipo de sustento, su señoría. – seguía argumentando la abogada de la contraparte, su tono airado transmitiendo sus sentimientos sobre el tema sin ningún tipo de problemas. Su postura segura denotando la confianza que sentía sobre lo que probablemente pensaba que era un caso fácil de ganar – La demandante admite que ambos estuvieron tomando la noche del trece de enero y también admite haber aceptado irse con él cuando le propuso dejar la discoteca…

Conforme continuaba su argumento, sintió como sus oídos le comenzaron a zumbar y tuvo que apretar los puños bajo la mesa en un intento de controlar todas las emociones que la estaban embargando al entender finalmente cuál era la defensa de la otra parte. Ahí estaba una abogada, alguien que había jurado usar las leyes para defender y proteger, llamándola básicamente una cualquiera que consiguió aquello que buscaba. Degradando lo que le pasó como nada más que la exageración de incidente común, en dónde ella se había arrepentido de sus acciones a causa de un capricho emocional. Era humillante en formas que ni siquiera era capaz de explicar y no había nada que pudiera hacer para callarla, para negar aquellas horribles acusaciones que estaban tan alejadas de la verdad como el día lo estaba de la noche. No podía hacer nada porque le estaba prohibido hablar a menos que el juez le preguntara algo directamente y su abogado le había repetido incasablemente acerca de cómo debía mantener una imagen serena y educada si quería que todo saliera como querían. Así que presionó los labios con fuerzas y se tragó todo lo que le hubiera gustado decir.  

Tampoco ayudaba la expresión que estaba dibujada en el rostro del acusado, sentado tranquilamente al lado de su abogada, asintiendo a todo lo que decía como si hubiera sido él quién redacto las palabras de aquel argumento. La verdad era que esa no era la primera vez que se veían desde aquella noche porque aquel juicio los había forzado a verse mucho más de lo que hubiera querido, pero eso no quería decir que su presencia había dejado de afectarla. Su rostro era un recordatorio permanente de todas las memorias que trabajaba día a día para mantener enterradas en lo más profundo de su mente. Y todo el progreso que hacía para seguir adelante se echaba a perder cada vez que lo volvía a ver, haciendo que se cuestionara su decisión nuevamente acerca de todo aquello.

Trató de imaginar cómo hubieran sido las cosas si nunca se hubiera presentado en la oficina de su abogado, desesperada porque alguien la ayudara cuando sentía que el suelo se desvanecía debajo de sus pies y el mundo la ahogaba con la realidad de su vida. Tal vez no buscar ayuda legal hubiera sido lo mejor. Tal vez hubiera tenido la posibilidad de asegurarse que el responsable estuviera encerrado dentro de una cárcel muy lejos de ella pero al menos no sería forzada a revivir una y otra vez lo que sucedió, no tendría que escuchar cómo desconocidos en terno discutían acerca de los aspectos más personales de su vida y la juzgaban por cada una de las decisiones que había tomado, actuando como si ellos no fueran también humanos que cometían errores como cualquier otro. Pensando en las posibilidades, no pudo evitar preguntarse si en aquella otra historia también tendría pesadillas frecuentes y si aún tendría problemas para mirar a la gente a los ojos. Se preguntó si en aquel otro mundo también se sentiría como una extraña dentro de su propio cuerpo, siguiendo una rutina que ya no se sentía propia pero de la que al mismo tiempo se veía imposibilitada de escapar y cargando todo el peso de sus miedos a dónde sea que iba. Se preguntó qué era lo que se necesitaba para volver a sentirse en control de su vida.

La voz del juez interrumpió el hilo de sus pensamientos y la trajo de regresó a la sala del juzgado en dónde se estaba llevando a cabo el juicio. Como de costumbre, el juez no la estaba mirando a ella o al acusado, sino a los dos abogados, dirigiéndose a ambos como si fueran ellos los que iban a sufrir las consecuencias de la decisión que tenía que tomar. A juzgar por su ceño fruncido y la impaciencia en su voz, el juez estaba deseando que los abogados se apuraran para así poder dar por terminada aquella sesión. Probablemente quería ir a descansar antes de tener que continuar con el siguiente caso en su lista o simplemente se había cansado de escuchar las mismas variaciones del mismo argumento por parte de cada lado.

Sentado detrás de su mesa, el juez era como el rey de aquella corte, con todo el poder de acabar con la libertad de un hombre o dejarlo ir para que continuara haciendo lo mismo que le había hecho a ella a otras personas. A pesar de no tener corona, su silla representaba el trono de aquel salón y ninguno de ellos podía discutir el poder que ello conllevaba. Su decisión podía significarlo todo para uno de ellos y, sin embargo, ahí estaba, luciendo exasperado e impaciente por poder retirarse. Se le había confiado el deber de asegurarse que las leyes fueran cumplidas y tenía el poder para sancionar a los que las rompían, y aun así no la miró a los ojos mientras contaba como otra persona abusó de ella. En aquel rostro no había nada más que fría indiferencia.

¿En dónde habían quedado las leyes que todos los abogados en esa sala juraron seguir y proteger? ¿En qué momento ella había dejado de ser una persona merecedora de atención y pasó a ser el número de un caso más que tenía que ser terminado? ¿En dónde estaba la justicia? ¿Es que acaso existía en aquel sistema corrupto que se negaba a ver a las personas como los seres con sentimientos que eran? Ella no tenía la respuesta a ninguna de sus preguntas y tal vez esa era una respuesta en sí misma. Tal vez había sido demasiado esperar decisiones altruistas y compasivas de un grupo de personas que usaban las leyes de la forma que mejor les convenía para así poder alcanzar sus propósitos.

Al final de todo, parecía que incluso cuando no llevaba los lentes de luna de color rosa aún seguía siendo incapaz de ver al mundo como realmente era. Porque si había algo que le enseñó aquella experiencia era que todas las personas veían aquello que querían ver y actuaban movidos por sus intereses personas. Todos los que estaban en esa sala era una prueba viviente de eso. El acusado solo estaba ahí porque no quería ir a la cárcel, los dos abogados estaban hablando en defensa de los intereses de sus respectivos clientes porque les habían pagado por eso, el juez los escuchaba porque el Estado le pagaba para eso y ella lo comenzó todo en un intento de conseguir el final para aquel capítulo de su vida.

Solo que no iba a conseguir ningún tipo de cierre en aquel lugar. No cuando se sentía como una marioneta, obligada a mantenerse al lado de su abogado y continuar con aquel juicio a pesar de que lo único que quería era salir corriendo de aquella sala que estaba absorbiendo las últimas de sus fuerzas. Pero ya no había nada que ninguno de ellos pudiera hacer. La historia había sido escrita, los libretos repartidos y el telón había sido levantado hace mucho tiempo. Lamentablemente para ella, la obra ya había comenzado y no le quedaba otra opción más que continuar hasta llegar al final. Tal vez entonces podría respirar tranquila nuevamente y tratar de empezar el nuevo capítulo de su historia con otro color de tinta. Un color que reflejara la esperanza de un final diferente.

Sin embargo, por ahora no podía hacer nada más que guardar silencio y continuar escuchando como el juicio procedía a su alrededor. Sabía que ninguno de ellos estaba particularmente interesado en ella ahora que su momento para hablar había terminado, su turno había acabado y eso quería decir que era el momento de que los abogados discutieran entre ellos, usando todo lo que tenían a su disposición para ganar aquel caso y así demostrar que eran mejor que el otro. En su silla, el juez continuó observando todo con su expresión completamente pasiva, sus ojos ocasionalmente viniendo a la vida por unos segundos cada vez que uno de los abogados mencionaba algo lograba capturar su atención.

Y en su asiento al lado de su abogado, ella se mantenía con la cabeza gacha y los puños apretados, deseando estar en cualquier lugar menos aquel. Preguntándose por qué no había podido continuar guardando silencio. Tal vez entonces todo sería mejor.  

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