Jerjes Loayza

Sociólogo y Abogado, Magíster en Estudios Políticos y candidato a Doctor en Ciencias Sociales. Es docente del departamento de Sociología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y del departamento de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú

El pandillaje ha representado, por mucho tiempo, el constante enfrentamiento generacional entre las juventudes desbocadas y un mundo adulto que se dedicó a controlar y castigar toda actitud disfuncional que amenace la seguridad de la sociedad. Dicha dicotomía valorativa ha pretendido solucionar el problema a través de las duras penas, sin dar cuenta que la densidad intersubjetiva y simbólica de los grupos que componen este fenómeno juvenil merece ser analizada profundamente para aproximarnos a posibles soluciones de índole menos punitiva.

El presente escrito busca explorar, de manera breve, las motivaciones que se construyen en torno a la violencia juvenil gregaria criticando la supuesta libertad de elección que sus integrantes aplicarían para convertirse en pandilleros. Se busca rebasar la mera propuesta de corregir al joven infractor en un juego disyuntivo entre lo bueno y lo malo.  Metodológicamente se plantean testimonios inéditos que fueron parte de una investigación más amplia basada en entrevistas e historias de vida desarrollada en la comunidad de Huaycán durante los años 2007, 2008 y 2009.

Tomemos el caso emblemático de Brad de 14 años dado que su vida es atravesada por la violencia doméstica en su familia. Tanto su padre como su hermano lo han golpeado física y psicológicamente llevándolo a la necesidad de escapar de su hogar en múltiples ocasiones. A propósito de su hermano relata: « Me dijo que apague luz, chesumare, me iba a pegar, mi hermano vino ¡po po po conchetumare! Golpeaba la puerta le eché llave, le puse cerrojo, me metí por la ventanita de arriba de la puerta y con un pedazo de trapo me quité, estaba asustadazo (…) pero me arrepentí e hice hora en el barrio con unos patas, y les pregunté “¿Oe causa qué hago?”, “Anda a tu casa sanazo”, me dijeron. Cuando volví mi hermano me reventó (a golpes)».

Brad ante el miedo que le proporciona su propia familia, recurrirá a sus pares, la socialización horizontal aparece aquí como una necesidad y no como una elección, ante la violencia del hermano. Por su parte el padre, un hombre que había estado once años en la cárcel, trataba con crueldad a su menor hijo: «Una vez le hice comer una lata a mi hermana, que parece que estaba vencida y yo no sabía. Mi viejo viene, y con la correa y con chicotazos me dice que mi hermana se ha muerto, luego se rió, odio a ese huevón, (…) Mierda, mete cuento ese conchesumare».

La intensidad con que expresa el odio hacia su padre marcaría su accidentada socialización, debido a lo cual escaparía de su casa para independizarse a su corta edad ganándose la vida tocando el cajón en las líneas de transporte público de la avenida Abancay en el Centro de Lima: «Por la Av. Grau y Av. Abancay, alquilaba a 8 lucas el cuarto, son caras y con pulgas (…). Tres veces me he escapado de mi casa, lloraba (…). Me pegaban y yo me iba. En Abancay (la avenida), me gustaría estar allá, sí…pero son fumones». Son condiciones infrahumanas en las que ha tenido que sumergirse dado que habría huido de su propio hogar debido a la violencia de la cual era víctima. Nuevamente no se encuentra de cara a una elección sino a un ejercicio de sobrevivencia. Prueba de ello es su deseo de movilidad social dado que deseaba ganar dinero y pagar sus propios estudios en un colegio particular en donde reciba una mejor educación: no tengo plata para irme a un particular (…) nadie me apoya en mi casa dice con cierto enojo. Brad acepta, con absoluta sinceridad, haberse “malogrado”, es decir ingresar a pandillas. Atribuye la causa a la ausencia de sus padres “mi papá trabaja lejos, mi mamá también, por eso nadie me controla”. Con su testimonio Brad refleja su deseo de evitar el comportamiento anómico que puede producir su desbocado camino. Sin embargo el poderoso resentimiento de Brad hacia su propia familia no deja de crecer apoderándose de sus propias emociones: «…Si pudiera, les saco la mierda a mi viejo y a mi hermano». El caso de Brad es un claro ejemplo de la errónea generalización que se suele aplicar hacia jóvenes pandilleros dado que cada uno de ellos posee motivaciones que deben ser contextualizadas.

Si bien en el caso de Brad se reconoce a la familia como una amenaza, ésta puede significar para otros adolescentes la posibilidad del alejamiento y reflexión en torno a estas interacciones peligrosas. El mayor temor que mostraron los entrevistados es que su transgresión cause malestar alguno en sus propias familias, ya sea interfiriendo en la privacidad de sus hogares, o con el simple hecho de que sus padres o familiares más cercanos se enteraran de los actos delictivos que protagonizaban sus menores hijos e hijas. Si bien muchos familiares están enterados de las actitudes delincuenciales de sus sobrinos y/o hijos, no cesan de insistirles a los menores que dejen estas costumbres.

Sin embargo en el mundo de la vida del cual forma parte este comportamiento junto a los pares del adolescente transgresor, cada acción tiene una valoración propia, es por ello que son capaces arriesgar sus vidas diariamente al salir de su casa, pues serán presa de enemigos capaces de herirlos seriamente. Panchito, de 14 años, decía entre lágrimas a las afueras de la oficina del director del colegio en donde me encontraba realizando mi investigación: “No quiero que el director llame a mis padres, ellos se van a preocupar y mi mamá está mal, no quiero que le pase nada por la preocupación…”

Panchito había llegado a aquella situación debido a que había sufrido otro tipo de disyuntiva en pos de sobrevivir: en ciertos contextos de violencia cotidiana es necesario tomar posición en busca, no sólo de generar respeto en el resto de pares etarios, sino de sortear la inseguridad que amenaza a los pobladores de Huaycán. Panchito era un adolescente de catorce años que estaba a punto de ser expulsado por haber sido encontrado en estado de ebriedad fuera del colegio en horas de clase, sin embargo su auxiliar confiaba en que aún se le podía “salvar”. La violencia en su comunidad cercana era de tal magnitud que se vio obligado a tomar medidas en busca de un respeto: «Todos me buscaban pelea me decían “mongolito”, me decían “debes avivarte”».

La presión existente era inmensa, siendo los compañeros, e incluso los vecinos quienes abusaban del más débil, golpeándolo e insultándolo, provocando un aprovechamiento del sentimiento de inseguridad generado en la víctima.  Para facilitar la conversión de la sumisión a la transgresión violenta, el alcohol y las drogas funcionarán como anestesias sociales, otorgando la fortaleza suficiente para romper la moral consensuada. Sostenía Panchito, por ejemplo, que sólo atinaba a robar si absorbía pasta, absorbes y ya, para ir de frente nomás, ¡como si nada!”, explica. En efecto, el inicio para muchos de estos adolescentes no sólo es la guerra urbana, sino el robo.

Panchito se inició en las peleas una tarde en la que escapó del colegio, animado por la ausencia del profesor. Ingirió bebidas alcohólicas y tomó parte de una pelea entre sus compañeros y los “Menachos”, pandilla de Huaycán. Por aquel entonces, se limitaba a lanzar piedras, aun no sabía pelear. El mismo día siguió consumiendo alcohol dirigiéndose a la zona H, junto a otros adolescentes. Fue en una esquina en la cual empezó, “estaba esperando que alguien se descuide pa’ robarle”. Cuenta su experiencia como delincuente: « (En una ocasión, en pleno robo) (…) a la mujer le tiran puñete y se cae, y al pata lo agarran de atrás. Yo tengo mi capucha y así nadie me reconoce. Le saqué como veinte soles y un celular. Sacamos como 50 soles en total. Regresamos como a las 11:00 pm. (…) absorbes pasta y ya, para (poder) ir de frente nomás, como si nada».

El alcohol y las drogas, funcionan, de este modo, como anestesias sociales, que le otorgan la fortaleza suficiente para romper la moral consensuada. La regulación legal deja de tener sentido gracias a su carácter anónimo, utilizando una capucha para evitar ser reconocido por las víctimas. Al preguntársele por su estado de ánimo posterior al robo respondía: “Normal, ya me respetaban ya nadie me dice nada, nadie”. La sensación de respeto de los demás integrantes de la pandilla hacia una determinada persona producto de este tipo de “hazañas” desde la mirada clandestina es vital para quien le urge formas de protegerse contra la presión del resto de pares. Se trata de contextos dinamitados por enfrentamientos, en la que los más débiles deberán soportar la arremetida de los más fuertes. Éstos inducirían constantemente al agredido a formar parte de la pandilla bajo el peligro de seguir siendo objeto de abusos.

Para ahondar en la violencia ejercida para ganar el respeto de los demás, Nicky , de 16 años, declara: « De arranque le metes un piedrón (al adversario). Son más vivos. Si te buscan bronca páralo en una, y te va a tener miedo. Si te pega, te pegó pues, pero se va a acordar de ti». En aquel contexto no hay posibilidad de negociación, como lo indican sus propios protagonistas, la única forma de conseguir el respeto de todos es actuar de inmediato agrediendo al enemigo antes de ser agredido. Ser victimario antes que víctima. Aunque el rival sea superior en fuerza y osadía, no habrá lugar para los cobardes que deseen huir. No habrá derrota alguna para el avezado. Incluso cuando sea vencido, será recordado como poseedor de un eminente valor transgresor, siendo temido por sus enemigos, quienes pensarán mejor las consecuencias antes de agredirlo. Panchito, al igual que otros adolescentes, convertirá poco a poco el respeto precario hacia su persona, en un respeto fundado en el convencimiento, producto del miedo que busca provocar en los demás. Es creador de un orden legítimo, en que será temido y respetado. Nicky comenta sus técnicas para sembrar el miedo en los demás: « Le metes un tacle, sin gente y de frente. Si viene hacia ti, no viene a hablar pues. Si te vas (escapas) te van a decir: “tú eres cabro”, “cha te metes, maricón” ».

A través de las tres entrevistas se pueden plantear importantes conclusiones. Se destaca la imposibilidad de una libre elección por parte de los testimonios, con lo cual se disminuye la hipótesis que culpa por entero al pandillero, quien no solo actúa por una carencia de referentes que regulen su vida: será víctima de violencia doméstica a manos de la crueldad de su propia familia o será presa del entorno violento al cual está obligado a pertenecer ante el peligro de ser victimizado. Es importante posibilitar caminos para que reflexione por sí mismo que todo comportamiento pandillal trasciende el propio grupo de pares, de modo que se genere en él o en ella la necesidad de sopesar entre el ejercicio ciudadano y la estigmatización de toda condición delincuencial.

Las entrevistas reflejan a jóvenes que buscan emanciparse de un control desmedido de las estructuras de poder que los envuelve debido a su situación de menores de edad. Exigen una infraestructura socializadora que garantice más de una alternativa en su vida. En dicha búsqueda de una socialización plena y equilibrada el Derecho tiene una especial función debido a que, como constructora de realidad mediante la legislación y el desarrollo de ésta en la jurisprudencia aplicada, debe analizar cada caso con especial rigurosidad. Debe entenderse que las penas duras para adolescentes que se hallan en espacios inter estructurales ritualizados significarían el fin a la libertad de elegir algo diferente. Tanto el legislador, el abogado litigante, el fiscal y el juez deben tener profundo conocimiento de las dificultades que atraviesan las atormentadas mentes de los adolescentes infractores. Más aun, las autoridades de los centros de diagnóstico y rehabilitación tienen la especial función de otorgar un lugar al adolescente y no propiciar, debido a la carencia de control, la profesionalización del delito. Urge ponderar acciones legales que salvaguarden y que no se limiten a estigmatizar o a descartar a seres humanos que, a su temprana edad, están en la búsqueda de mantos protectores que garanticen la seguridad intersubjetiva de sus vidas.

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