Memoria colectiva para la construcción de un imaginario nacional

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Mariana Salas

Licenciada de Psicología por la Pontificia Universidad Católica del Perú

“Un pueblo que olvida su historia, está condenada a repetirla”-CVR

Somos un país con una historia y una memoria, que involucra héroes nacionales y fechas importantes, como las batallas y el aniversario de la independencia del Perú; así como eventos relevantes que han generado grandes transformaciones en la esfera social y política y que tienen repercusiones en la actualidad. Entre estos encontramos el retorno a la democracia, luego de un periodo de dictadura y gobiernos militares; la reconfiguración del espacio geográfico y social con los procesos migratorios del campo a la ciudad; y el conflicto armado interno (1980-2000) considerado el episodio de violencia más intenso, extenso y prolongado de la historia de la República, de la cual hasta la actualidad, encontramos secuelas (CVR, 2003).

En relación a este último tema, no podemos dejar de lado algunos casos ocurridos en este periodo, que aún no encuentran justicia ni reparación. En esta línea, se encuentran los juicios por los casos de Manta y Vilca, dos distritos de la provincia de Huancavelica en los que se produjeron casos de violencia sexual contra las mujeres por efectivos de las bases militares ubicadas en estos distritos. Asimismo, encontramos el caso de las esterilizaciones forzadas que formaron parte de la política de planificación familiar durante la década del 90, en la cual se violentaron los derechos de las mujeres a poder decidir sobre su cuerpo y sobre su sexualidad. Finalmente, en relación al caso de las desapariciones forzadas durante el periodo de violencia política 1980-2000, si bien en estos últimos meses se promulgó la Ley de Búsqueda de personas desaparecidas; aún no se cuentan con los mecanismos necesarios para hacer efectiva la ley y generar una política integral de búsqueda y reparación. Ello da cuenta de una política de olvido, que impide poder recordar y reflexionar sobre lo acontecido para poder generar procesos de reconciliación nacional.

Frente a ello, resulta importante reflexionar sobre la función que cumple la memoria como dispositivo que permite la representación del pasado, para la comprensión del presente y la construcción de un futuro (Jelin, 2012). Asimismo, la memoria colectiva permite la elaboración de una narrativa en conjunto, a partir de los intereses y marcos de referencia de un grupo (Jelin, 2012; Ricoeur, 2004). Esta cumple diversas funciones a nivel individual y colectivo, permitiendo la elaboración de eventos y experiencias para la construcción de una identidad personal y colectiva (Cohalia, 2007; Gaborit, 2008; Jelin, 2003; Kaufman, 2014; Halbwachs citado en Pollak, 2006; Rottenbacher y Espinosa, 2012; Todorov, 2000).

Además, la memoria colectiva permite el desarrollo de procesos psicosociales de empoderamiento colectivo y fortalecimiento comunitario, que tiene implicancias a nivel de la salud mental, al permitir la expresión en la esfera pública de lo privado e incomunicable, favoreciendo la elaboración de un relato en conjunto; y la conformación de redes de soporte. Asimismo, busca la construcción de un imaginario colectivo, que permita la gestión de procesos participativos y el desarrollo de una ciudadanía activa y comprometida con el cambio y transformación social (Beristain, 2000; Beristain, Gaborit, 2008; Reátegui, 2009; Romero, Querol, Torres, Villaronga y Göbels, 2006; Villa, 2012).

Lo mencionado comprende una noción de salud mental que transciende lo individual y se encuentra directamente relacionado al contexto y al desarrollo humano, involucrando el despliegue de capacidades y oportunidades fundamentales, para la satisfacción de necesidades dentro de una cultura (GTSM, 2006; Rivera y Velázquez, 2015; Velázquez, 2007).

En esta línea, existen diversas iniciativas que buscan aportar a la creación de una memoria sobre los hechos y eventos ocurridos en el país. Una de ellas es el trabajo que se viene realizando desde los memoriales que se muestran como recordatorios de los diversos eventos que forman parte de nuestra historia, para que pueda ser preservada y conocida por las nuevas generaciones (Fowks, 2009).

Según un estudio realizado por Villarán en el año 2007, se cuentan con 15 lugares de memoria en Lima, siendo 30 los que se encuentran en 13 departamentos del Perú (Fowks, 2009). Sin embargo, como menciona Vich (citado en Fowks, 2009), resulta limitado pensar que la labor de los memoriales termina solo con su construcción y exposición al público; sino que comprende la difusión, concientización y el desarrollo de propuestas de cambio y transformación. Una de las iniciativas que se viene realizando desde el Equipo de Antropología Forense (EPAF), son las “Rutas de la memoria” dirigida a jóvenes y adultos con el fin de que conocer y reflexionar sobre los hechos ocurridos durante el conflicto armado interno.

Así como el trabajo que se viene realizando desde los memoriales, existen diversas iniciativas que buscan la conformación de espacios de debate y reflexión para hacer frente al silencio y olvido de las víctimas mediante diversas formas de expresión. En especial, el arte resulta un medio que permite la representación de experiencias personales mediante formas lúdicas, artísticas, expresivas y performativas. Esta cumple una labor importante, a nivel personal, en la elaboración y construcción de una identidad; y a nivel social, como dispositivo político para representar, irrumpir, proponer y transformar la realidad, a partir de la construcción de una narrativa en común y un sentido de identidad, para el desarrollo de procesos comunitarios (Vich, 2015).

En esta línea, encontramos la experiencia de artistas que desde sus trabajos, buscan contribuir a transmitir historias y aportar a la construcción de una narrativa en conjunto. Entre estas podemos encontrar la obra “Las Cantutas” de Ricardo Wiesse pintadas en Cieneguilla en memoria del profesor y los 9 estudiantes asesinados de la Universidad “La Cantuta” durante el gobierno del ex presidente Fujimori; la exposición de fotos del penal el “Frontón” de Gladys Alvarado, con motivo de los asesinatos ocurridos en esta cárcel; y los Retablos de Edilberto Jiménez, que constituyen una forma de representar las violaciones a los derechos humanos ocurridos durante el periodo de violencia política en el país y con ello demandar justicia a los implicados (Cánepa, 2011; Connerton, 1989; Ulfe, 2009; Vich, 2015). También se encuentran actos performativos como el “Lavado de la Bandera” o “La Chalina de la Esperanza” que se muestran como ejemplos de intervenciones artísticas para reflexionar sobre la coyuntura política, participación y movilización ciudadana, a partir de un acto colectivo (Vich, 2015).

Si bien se cuentan con iniciativas de arte por la memoria que involucran el trabajo del artista desde un rol protagónico; existen otras experiencias de arte popular y Cultura Viva Comunitaria llevadas a cabo por agrupaciones y colectivos que buscan gestionar procesos de concientización, participación y transformación social, a partir del establecimiento de un espacio de un espacio de aprendizaje y compartir a partir del uso de las metodologías de animación sociocultural, pedagogía social y pedagogía cultural orientadas al desarrollo humano (Castrillón, 2012). Entre estas se encuentran agrupaciones como Yuyachkani, Maguey, La Gran Marcha de los Muñecones, Vichama y Arena y Esteras que desde el trabajo que realizan, involucran la participación de niños, niñas, adolescentes, jóvenes y adultos desde los diversos programas con los que cuentan, que permiten el desarrollo de procesos creativos y de aprendizaje colectivo.

Por ejemplo, en el caso de la agrupación Arena y Esteras, se realiza un trabajo en vinculación con los colegios, en los cuales se desarrollan talleres de expresión artística que permite el aprendizaje de técnicas de circo y teatro, cuyo contenido busca hablar sobre la historia de Villa el Salvador y sobre las problemáticas sociales del distrito. Ello, resulta elemental, si consideramos que las recomendaciones del informe de la CVR hacen énfasis en la necesidad de reformar el carácter autoritario, intolerante y acrítico de la escuela como uno de los temas pendientes más importantes para generar una cultura de paz (CVR, 2003 citado en Ucelli, Agüero, Pease, Portugal y Del Pino, 2013).

En esta línea, como menciona Victor Vich, resulta imperativo (citado en Fowks, 2009) poder crear instancias de formación ciudadana y realizar un trabajo desde los jóvenes como parte de una política cultural. Por un lado, se podrían incentivar las visitas a los monumentos o lugares de memoria y nombrar a líderes locales que puedan guiarlas, con el fin de que se pueda conocer parte de la historia del país. Por otro lado, resulta necesario reconocer y validar las diversas propuestas desarrolladas, fortalecerlas e implementarlas desde políticas estatales que podrían implementarse desde espacios educativos como la escuela. Entre estas, cabe resaltar la labor que cumple el arte como medio de expresión y elaboración de las experiencias personales y colectivas, para construir una identidad nacional, que reconozca los eventos del pasado, para aprender de los mismos y generar un cambio, sin desvincularlos de nuestra historia.

Finalmente, iniciativas como las mencionadas aluden a la importancia de establecer espacios que fomenten el diálogo y la interacción entre generaciones, que permitan el reconocimiento de la diversidad y reflexionar sobre los hechos ocurridos. Con ello se podrá formar ciudadanía consciente y crítica, que pueda hacer frente a las políticas de olvido impuestas desde los discursos hegemónicos para generar cambios que puedan incluirnos a todas y todos.

 

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