Los Derechos y la Lucha por la Memoria

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Gonzalo Gamio Gehri

Doctor en Filosofía por la Universidad Pontificia de Comillas (Madrid, España). Actualmente es profesor en la Pontificia Universidad Católica del Perú y en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, donde coordina la Maestría en filosofía con mención en ética y política. Es autor de los libros Tiempo de Memoria. Reflexiones sobre Derechos Humanos y Justicia transicional (2009) y Racionalidad y conflicto ético. Ensayos sobre filosofía práctica (2007). Es autor de diversos ensayos sobre filosofía práctica y temas de justicia y ciudadanía publicados en volúmenes colectivos y revistas especializadas del Perú y de España.


 

El poderoso vínculo entre los derechos humanos y la memoria del sufrimiento del inocente es de naturaleza histórica y conceptual. En efecto, la terrible experiencia de la Shoah generó en la opinión pública internacional una conciencia crítica fundamental, conducente al diseño de la Declaración universal de los derechos humanos, y a la posterior consolidación de la denominada “cultura de derechos”, un sistema de prácticas, instituciones y argumentos constituido alrededor de la idea de la dignidad humana, el valor de su libertad e integridad.

 Millones de personas, la mayoría judíos, gitanos, comunistas y homosexuales fueron víctimas del sistema de aniquilación nazi. En la medida en que la motivación originaria de la persecución, los tratos crueles y la eliminación de los judíos era fundamentalmente de carácter étnico y racial, los crímenes perpetrados por el régimen nazi califican como genocidio. Estos delitos tienen su origen en el discurso antisemita de Hitler y en el proyecto de una “solución final”, el propósito de erradicar a los judíos de la faz de la tierra. Los funcionarios nazis procuraron ocultar toda información que pudiera dar cuenta de este proyecto, acallar todo testimonio que pudiera echar luces sobre este tenebroso programa de eliminación de personas.

Los campos de concentración fueron un elemento crucial de este programa. Se trataba de un auténtico laboratorio de deshumanización. El propósito del Lager no era sólo provocar la muerte de los reclusos que ya no podían realizar los duros y humillantes trabajos que se les imponían, se trataba de aniquilar el más básico sentido de humanidad de sus víctimas. Dividir a los reclusos, enfrentándolos por las escasas raciones de pan y sopa que distribuían entre ellos. Los nazis elegían entre los propios judíos a un Kapo, una autoridad que debía velar por el orden entre los internos actuando con suma crueldad ante la atenta mirada de los SS, a cambio del logro de ciertos privilegios dentro del campo. Los nazis despojaban a los reclusos de todas sus posesiones y de sus ropas, e incluso de su propia identidad, convirtiéndolos en el número que grababan en su antebrazo. Pretendían que, con cada amanecer, la perspectiva de vivir o de morir se tornara irrelevante para ellos.

Auschwitz – el más emblemático de estos funestos campos de exterminio – se ha convertido en un símbolo de los horrores producidos por el totalitarismo; la liberación del Lager (acaecida hace setenta y un años), constituye un hecho fundamental en el proceso de establecer mecanismos legales y políticos para evitar que este tipo de crímenes se cometan en el futuro. Este tipo de procesos requiere como una condición moral la reconstrucción de la memoria de las injusticias padecidas por las víctimas.

Primo Levi, químico italiano de origen judío, fue recluido en Auschwitz en 1944. Sus libros – entre los que destacan Si esto es un hombre, La tregua y Los hundidos y los salvados – constituyen un testimonio conmovedor y profundo de su paso por el campo de concentración. Constituye asimismo una expresión poderosa y esclarecedora acerca de la importancia de la recuperación de la memoria del sufrimiento del inocente para la defensa de los derechos humanos. El autor se compromete a escribir en torno a lo vivido por dos razones. La primera, porque reconstruir lo sufrido en el Lager permite dar a conocer a la humanidad lo que personas concretas sufrieron a manos de un régimen totalitario. Saber lo que sucedió hará posible tomar las medidas para que esta clase de sucesos no se repitan jamás. La segunda, porque el trabajo de la escritura – la selección de las palabras y las imágenes que sean útiles para describir las propias vivencias y construir una reflexión lúcida sobre lo ocurrido –, genera un movimiento de resistencia de lo propiamente humano frente a los mecanismos de aniquilación espiritual que se pusieron en marcha en Auschwitz.

La reconstrucción de la memoria posee una dimensión pública que aporta decisivamente al ejercicio de la justicia, así como al diseño y ejecución de políticas de reparación que promuevan la restitución de los derechos que las víctimas vieron lesionados. El cultivo de la memoria puede, asimismo, contribuir a reformar las instituciones y las mentalidades para dar forma a una cultura cívica observante de los principios básicos de respeto a la dignidad de las personas y el reconocimiento del valor de la diversidad humana. Se trata de logros incuestionables de esa conciencia crítica que ha procurado aprender de la terrible experiencia de la Shoah. El trabajo de la memoria tiene una dimensión moral particularmente compleja, que formula preguntas difíciles de responder. Levi se pregunta por los compañeros de cautiverio, muertos o desaparecidos durante su periodo de reclusión. La cuestión que interpela a su mente y a su corazón es “¿Por qué tuve que sobrevivir yo y no otros?”. La experiencia del campo de concentración revela de manera radical la vulnerabilidad constitutiva de los seres humanos.

“¿Es que te avergüenzas de estar vivo en el lugar de otro? Y, sobre todo, ¿de un hombre más generoso, más sensible, más sabio, más útil, más digno de vivir que tú? No puedes soslayarlo: te examinas, pasas revista a tus recuerdos, esperando encontrarlos todos, y que ninguno se haya enmascarado ni disfrazado; no, no encuentras transgresiones abiertas, no has suplantado a nadie, nunca has golpeado a nadie (pero ¿habrías tenido fuerzas para hacerlo?), no has aceptado ningún cargo (pero no te los han ofrecido), no has quitado el pan a nadie; y sin embargo, no puedes soslayarlo”[1].

Se trata de preguntas que de alguna manera acechan al sobreviviente, que lo acompañan. A juicio de Levi, los “verdaderos testigos” de la violencia – los auténticos artífices de esta ética de la memoria – son los ‘hundidos’, aquellas personas que han muerto o desaparecido y no pueden narrar lo que han sufrido. Los sobrevivientes, aquellos individuos que han tenido la fortuna de ejercer la memoria en su nombre – como él mismo – deben indicarlo con absoluta claridad.

“Los sobrevivientes somos una anómala además de exigua somos aquellos que por sus prevaricaciones, o su habilidad, o su suerte, no han tocado fondo. Quien lo ha hecho, quien ha visto a la Gorgona no ha vuelto para contarlo, o ha vuelto mudo (…). Ellos son la regla, nosotros somos la excepción”[2].

Esta conexión entre la dimensión pública y la dimensión moral de la memoria debe destacarse en cualquier esfuerzo serio por reconstruir la vivencia de la Shoah, o cualquier experiencia de violencia. El esclarecimiento del pasado supone dar voz a las víctimas que están con nosotros, y a quienes no están más, aquellas personas que requieren inevitablemente de nuestras palabras para examinar y para honrar su lugar en esta historia. Evocar ese lugar no es sólo una forma de ajustarse a la verdad de los hechos; es una cuestión de justicia.


[1] Levi, Primo Los hundidos y los salvados Madrid, Península 1989 pp. 75-6.

[2] Ibid., p. 78.

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