Lecciones de Rawls para Latinoamérica: el valor de la utopía

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Benjamín Gajardo

Profesor de Filosofía del Derecho y Derecho Constitucional de la Universidad Andrés Bello, Chile

Desde la publicación de la Teoría de la Justicia (1970) las discusiones en el campo de la filosofía política y teoría política tomaron aires distintos y nuevos, disciplinas que hasta la fecha se encontraban dominadas por visiones utilitarias e intuicionistas, las cuales conducían a deficitarias – pero prácticas- respuesta sobre las formas de vida en una comunidad política. Los primeros, los utilitaristas, argumentaban que las decisiones justas eras aquellas que favorecían al mayor número de personas; por otro lado, los segundos, defendían que cada quien puede intuir la respuesta correcta a los problemas morales. Contra dicho escenario poco alentador, Rawls defendió la importancia de pensar la justicia estructural, junto a retomar la centralidad del valor de igualdad – en tiempos que se celebraba la desigualdad como motor la economía de mercado- , y la preocupación por los más desaventajados. El contexto sin duda fue sugerente, pues notablemente la Teoría de la Justicia fue publicado el mismo año en que Richard Nixon desplomó el consenso de Washington y las instituciones del Bretton Woods decretaron que el dólar ya no seguiría siendo el respaldo del oro; en otras palabras, Rawls hablaba de justicia en tiempos de fiebre neoliberal.

En el presente escrito pretendo defender la importancia –todavía- de la Lectura de Rawls en sociedades injustas, particularmente, Latinoamérica; pues a pesar de que han transcurrido más de 50 años desde de su publicación, su discurso, pero especialmente, el “radicalismo” inserto en la teoría rawlsiana contiene importantes insumos para someter a la crítica a la realidad y articular un discurso coherente a favor de una sociedad más igualitaria y justa.[1] Lo ensayado, también, consistirá en una defensa a la teoría y el valor de los principios como guías sobre como debe ser el mundo – mejor- . Según diré, mi sugerencia tiene un carácter de “urgente”, producto de nuestra praxis política y la forma de construcción de nuestro derecho. De tal manera, en la primera parte de este escrito, presentaré, de modo breve, las preocupaciones – igualitarias- centrales de Rawls, las cuales debemos tomar nota (i). Luego, en el segundo apartado, reflexionaré sobre la importancia de imaginar utopías, especialmente, en sociedades latinoamericanas (ii).

El igualitarismo rawsliano

La empresa filosófica de Rawls se enmarca en una tradición de cuño liberal, revindicando, probablemente, lo mejor de la herencia del liberalismo. Esta impronta la notamos rápidamente cuando el autor proclama en las primeras páginas del su obra “La justicia es la primera virtud de las instituciones sociales como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento. Una teoría, por muy atractiva, elocuente y concisa que sea, tiene que ser rechazada o revisada si no es verdadera; de igual modo, no importa que las leyes e instituciones estén ordenadas y sean eficientes: si no son injustas han de ser reformadas o abolidas”. (Rawls, 1979). En efecto, Rawls no otorga espacios para la duda, y defiende de modo enérgico la centralidad de la justicia social en el pensamiento político.

A partir de sostenido por Rawls, es posible articular algunas breves consideraciones sobre la justicia social. Primero, sostiene la relevancia y existencia de las instituciones sociales, situándolas como el objeto de la justicia. Segundo, proclama la existencia de la verdad ante un escenario sumergido en la relatividad y escepticismo moral. Tercero, contra la eficiencia  – tan venerada- arguye que debe estar subordinada al ideal de justicia social. Cuarto, aquellas instituciones sociales que no son justas, merecen ser abolidas o reformuladas. Aparejado con esta prioridad de la noción de justicia, Rawls retoma el valor de la igualdad como parte esencial de su trabajo, argumentado que nadie debe sacar provecho y ser perjudicado por atributos o condiciones recibidos por el azar natural.

Lo anterior no conduce a sostener que las desigualdades e injusticias naturales son irrelevantes, pues lo verdaderamente importante descansa en cómo las instituciones sociales dan tratamiento a estas desigualdades o injusticias, a saber, si amortiguan o mantienen los efectos del azar natural. Posteriormente, Rawls proporciona algunas recetas para que dicho ideal se torne realizable como, por ejemplo, “financiamiento público de las elecciones y de los modos que aseguren el acceso público a la información sobre las políticas públicas; “una distribución decente de la riqueza que permita cumplir con la condición del liberalismo, esto es: que todos los ciudadanos deben tener asegurado el acceso a la multiplicidad de medios necesarios que les permitan hacer un uso inteligente y efecto de las ventajas provistas por sus libertades básicas”; “un seguro básico de salud garantizado para todos los ciudadanos”. (Rawls, 1995).

 Lo ensayado dibuja, sin duda, una boceto de una sociedad de lineamientos utópicos, la que toma distancia a lo experimentado en nuestras sociedades contemporáneas. Una sociedad que se construye a partir de principios de justicia y por medio del respeto a la igualdad moral de sus ciudadanos. Por ello, y a pesar de los limites liberales y posibles disidencias con los efectos de los postulados rawlsianos, estas notas mínimas del pensamiento de Rawls merecen ser tomadas en cuenta por aquellos que se sientan comprometidos por la justicia social e igualdad. Como sostiene Jacques Bidet, es gracias a Rawls “es posible ir más allá de él y contra él”. (Bidet, 2000)


Recuperar la utopía

Ahora bien, resulta un hecho que Rawls redacta la teoría de justicia en sociedad profundamente desiguales e injustas, las cuales a costa de la eficiencia y de la búsqueda del orden terminan cercenando derechos o sociedades que celebran la desigualdad sin resquemor como índice de avance económico con promesas de prosperidad; más aún, si la lectura es realizada desde Latinoamérica. Lo dicho arroja, naturalmente, una serie de perplejidades e interrogantes en torno a su factibilidad; es decir, ¿la teoría construida de Rawls peca de una visión idealista o utópica?

La pregunta formulada nos lleva a la reflexionar sobre la relevancia de diseñar borradores de un mundo mejor. El mismo Rawls definió lo suscrito como una tarea que debe realizar la filosofía política, en sus palabras: “Nosotros concebimos la filosofía política como realistamente utópica, esto es, como una disciplina que investiga los límites de la posibilidad política practicable. La esperanza que tenemos puesta en el futuro de nuestra sociedad descansa en la creencia de que el mundo social permite por lo menos un orden político decente, tanto que resulta posible un régimen democrático, aunque no perfecto, razonablemente justo”. (Rawls, 2004). En este sentido, la utopía toma fuerza ante un mundo injusto, pues nos permite, en primer lugar, subyugar a crítica la realidad; y, en segundo lugar, nos entrega una guía de cómo debe funcionar el mundo, imaginando horizontes de porvenir mejor. Dicho de otra forma, contra un posiciones pragmáticas y teorías política realistas-empiristas, las cuales delimitan el campo de acción y reflexión a los límites de la realidad, la teoría de Rawls cruza aquellos límites por medio de un deber que permita criticar aquello que “es”.

Ahora bien, las sociedades latinoamérica constituyen un campo fértil para el desarrollo de una utopía, ya que sus instituciones abatidas por la violencia, anuladas por el embate del populismo, con una fuerte concentración de la riquezas y un multiculturalismo que no ha recibido el debido respeto que se merece hacen ascuas el pleno de desarrollo de los individuos y de la comunidad política en su conjunto. Por dicha razón, es que la lectura de Rawls se mantiene vigente en nuestros días – particularmente su dimensión utópica-, ya que necesitamos de una teoría que nos permita visualizar los márgenes de la realidad y abrir paso hacia un nuevo mundo posible. En otras palabras, y parafraseando escritor latinoamericano Eduardo Galeano, “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.”


Notas a pie de página
[1] El radicalismo de Rawls es una expresión utilizada por Alex Callinicos – autor marxista-, quien nos dice “Las condiciones mínimas de Rawls para una sociedad liberal constituyen un flagrante reproche al liberalismo realmente existente e, implícitamente, una demanda que clama por una transformación social radical”.(Callinicos, 2003).
Bibliografía
Callinicos, A. (2003). Igualdad. Barcelona: Siglo XXI
Bidet, J. (2000). John Rawls y la Teoría de la Justica. Barcelona: Bellaterra.
Rawls, J. (1979). La Teoría de la Justicia. México D.F, México : Fondo de Cultura Económica
Rawls, J. (1995). Liberalismo Político. México D.F, México: Fondo de Cultura Económica.
Rawls, J. (2004). Justicia como equidad. Una reformulación. Barcelona : Paídos.

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