Guillermo Arribas I.

Abogado por la Pontificie Universidad Católica del Perú. Master en Derecho por Yale Law School. Profesor de la Pontifica Universdiad Católica del Perú. Asociado internacional en Sullivan & Cromwell LLP

Ha pasado casi un año desde que el fenómeno del Niño azotó a nuestro país. Como siempre, el Norte, y en especial Piura, se llevó la peor parte. Han pasado los meses, pero las calles de Piura siguen destruidas. La tierra cada vez avanza más, al punto de tener que acostumbrarse a vivir con ella.

Nací y crecí en Piura. Aún recuerdo El Niño de 1998, las lluvias nunca terminaban. En esa época era chico, no entendía bien lo que pasaba. Mis amigos y yo nos divertíamos en la lluvia. Después de todo, Piura está en medio de un desierto, y la lluvia es siempre novedad. Había sapos en todos lados, el agua no dejaba de correr. Cayeron puentes, el mítico puente viejo entre ellos. Un amigo del colegio murió en uno de estos desplomes, la del puente Bolognesi. Estaba en un micro con su mamá cuando se abrió el suelo. No tendría más de 9 años. Se logró zafar, abrió la ventana para que su madre escapara, pero para él fue muy tarde. Tiempos duros.

El Niño se transformó en la historia de Pedro y el lobo, año a año se decía que vendría, pero nunca aparecía. Hace 3 años, en el 2015, el agua volvió para recordarnos la inminencia de las lluvias. Llovieron solo 2 o 3 semanas, pero recuerdo que la ciudad se hizo pedazos. Agua empozada, los automóviles parecían botes tratando de escapar de la corriente en partes de la ciudad. Todo el mundo se alteró, pero al final el sol volvió y se hizo, prácticamente, nada.

Marzo del 2017 fue otra historia, El Niño, ahora sí, volvió. El 31 de diciembre del 2016 los piuranos nos quejábamos de la típica falta de agua y tres meses más tarde la ciudad se ahogaba. El sábado 25 de marzo comenzó a llover con fuerza. Yo había estado en Piura esos días y vi todo el proceso. Se sentía la misma preocupación de El Niño del 98, “¿saldría el vuelo?”, “¿nos dejarían cruzar el puente?”, “¿a qué hora dejaría de llover?”. Salí el 26 por la noche de Lima a Estados Unidos, y seguí las noticias de Piura hasta que tuve que apagar el celular. Siete horas más tarde aterrizaba en Nueva York, y me enteraba que el río se había desbordado.

El agua tomó control, todo se llenó de barro, evacuaciones de emergencia y, lo peor, otra vez comenzaba a llover. Los piuranos salieron a las calles, todos a ayudar con lo que tenían y como podían. A mi mamá, y a muchos más, les dio dengue por ayudar a rescatar a quienes quedaron rodeados por el agua. El Gobierno Central, Regional, Local, y todo el Perú se puso de pie, “Una sola Fuerza”, decían.

Sufríamos la inundación de una lluvia anunciada. ¿Por qué no se habló de una reconstrucción con cambios en el 83, 98, en el 2015, o, mejor aún, cuando no llovía? No fue sino hasta que Piura se cubrió de ese marrón espeso que hubo una preocupación real del colectivo popular y del Estado.

Piura sufrió, y sufre, el paradigma de lo público, en un país donde lo público no funciona. Cuando uno pasea por Piura hoy, a pesar de la tierra, puede ver nuevos hoteles y locales comerciales, restaurantes por doquier, casas de primera. Pero basta mirar la pista, las veredas, o la basura que no es recogida, para darse cuenta que hay algo que no va bien.

La característica básica de la propiedad privada es que cada quien se hace responsable de lo suyo. Si eres dueño de tu casa y no la limpias, estará sucia. Los ciudadanos esperamos que, si se destruye una pista, o si hay basura en la calle, el Estado se encargue de reconstruir o limpiar. Por esto se pagan impuestos y se eligen autoridades. Esta característica genera, de manera natural, que los privados no pongan tanto esfuerzo en cuidar lo público, porque saben que cualquiera puede venir y ensuciar la vereda después que nosotros la limpiamos. Esto se conoce en teoría de propiedad como ‘tragedia de comunes’, y la lógica es que nadie se esfuerza para cuidar lo que no depende de ella. En la propiedad privada se internalizan todos los costos, en los bienes públicos se externalizan.

Esto no quiere decir que la solución a nuestros problemas está en privatizar las calles o las veredas, sería un despropósito. Imagínense una ciudad donde todo pertenece a alguien, necesitaríamos firmar contratos con nuestros vecinos para poder pasar al frente de su acera, y lo mismo con el vecino del vecino hasta el infinito. Hay bienes que por su naturaleza pertenecen al ámbito público, el problema es que el ámbito público en nuestro país hoy no funciona.

Diciembre, fue un mes de espectáculo para el Perú, los políticos nunca habían tenido tantas cámaras como en esos días. La vacancia presidencial, la no vacancia, el indulto a Fujimori. Muchos vimos el debate de la vacancia. Un argumento recurrente pro vacancia era el mal trabajo que venía haciendo el gobierno central con la reconstrucción del norte del país. ¿De quién depende la reconstrucción de Piura y las otras ciudades afectadas por El Niño? Esta es una pregunta sobre la que, aparentemente, nadie tiene una respuesta clara.

En principio los gobiernos locales, dígase Municipalidad de Piura, están encargados de hacer la reconstrucción de pistas y refuerzos de infraestructura en general de la ciudad. El Gobierno Regional de Piura puede apoyar en esta función, haciéndose cargo de algunas obras. El Gobierno Central, en principio, nada tendría que hacer en esta gesta, aunque por el dramático caso se han dado responsabilidades especiales al Ministerio de Agricultura para que también participe.

La verdad de las cosas es que en este “chaufa” funcional tenemos el mismo problema que en el paradigma de los bienes públicos, no hay responsables. ¿Esto a dónde nos lleva? A que no se haga nada, como después del 83, 98 y 2015. Piura no está preparada para las lluvias, nunca lo ha estado y nunca lo estará si es que no existe claridad de responsabilidades, un plan de reconstrucción inteligente y supervisión apropiada de su ejecución.

El Niño es un invitado difícil y esquivo, pero sin lugar a dudas recurrente y siempre presente. El costo social es claro, la situación que vivien los piuranos desde el 26 de marzo del 2017 es solo un ejemplo. Estando la solución en rediseñar bienes públicos, corresponde al Estado diseñar y ejecutar. Una Ley no es suficiente, se necesitan acciones concretas. El problema no es la lluvia, es que no estamos preparados para ella.[1]


[1] Para mayor referencia, consultar Carol Rose, “Big Roads, Big Rights: Varieties of Public infrastructure and their Impact on Environmental Resources”, Arizona Law Review, Vol. 50:409, 2008, Carol Rose, “What Governments Can do for Property (and Vice Versa)”, in The Fundamental Interrelationships between Government and Property (ed. Nicholas Mercuro and Warren J. Samuels), Jai Press Inc, 1999, Carol Rose, “Surprising Commons”, BYU Law Review, Vol. 2014, Issue 6, 2015, Elinor Ostrom, Governing the Commons: The Evolution of Institutions for Collective Action, Cambridge: Cambridge University Press, 1990, Garrett Hardin. The Tragedy of the Commons. Science, Vol. 162. 1968, Guillermo Arribas, Propiedad Sendero hacia Macondo, Lima: Palestra Editores, 2015, Harold Demsetz, “Toward a Theory of Property Rights”, The American Economic Review, Vol. 57, No. 2, 1967, Henry E. Smith, “Exclusion Versus Governance: Two Strategies for Delineating Property Rights”. Journal of Legal Stud., Vol. 31, 2002.

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