Alexander Huerta Mercado

Antropólogo, profesor del Departamento de Ciencias Sociales

Cuando era estudiante, me encontré en la librería El Virrey con el antropólogo José Matos Mar y el pedí que me firmará mi copia del Desborde Popular que llevaba por coincidencia en mi mochila, en realidad no era una coincidencia, siempre considero que es un libro fundante para entender como en poco tiempo el rostro del Perú cambio y la ciudad pasó a reflejar realmente lo que era la sociedad nacional dejando de lado la separación ciudad-campo si es que realmente esta separación alguna vez existió.  El profesor Matos Mar me dijo que lo ubicó los hechos en una interesante metáfora:  El estado peruano y sus leyes representaban un vaso que se supone debía contener a la población.  La población en la ciudad se había incrementado cual agua y había desbordado el vaso.  Las leyes no daban abasto para cubrir las necesidades de las personas.  Sobrevivir era una necesidad y la migración estimulada por las reformas del gobierno militar del 68, la crisis económica y la violencia política había generado un continuum de nueva presencia en cada ciudad del país.  Hacer empresa para los migrantes era caro, largo, infructuoso e imposible si se intentaba usar la vía formal.  El mercado informal, la invasión y el contrabando, así como la piratería y el uso de transporte alternativo se comenzó a masificar al punto que ya por entonces los estudiantes de la PUCP también veníamos al centro de estudios en microbuses piratas, leíamos libros que expendían en la entrada que eran fotocopiados y comíamos en pensiones que no daban comprobante.

Acto seguido el profesor Matos Mar me hizo una pequeña reflexión y fue que Fujimori, quien gobernaba para ese entonces en su primer periodo, le parecía un “gobierno chicha” en el sentido que su desmesurado pragmatismo hacia que pasará por alto toda formalidad y que era evidente que prefería los favores y los intercambios de los mismos que la formalidad de la meritocracia.

Unos años antes de este encuentro, Luis Pásara había dado una charla a los estudiantes de derecho de ese entonces, y recuerdo que les había dado una observación que parecía un tanto apocalíptica:  El derecho parecía que se tornaría anacrónico en los tiempos que se estaban viviendo al comenzar la década de los noventas, la informalidad daba lugar a que el corpus legislativo perdiera poder y las instituciones formales fueran cada vez menos consideradas por la población.

Imagínense el impacto que seguramente de manera involuntaria el discurso de Luis Pásara generó en los chicos que aspiraban en ser abogados, por lo que rápidamente pidieron ayuda a Marcial Rubio que dictaba el curso de Derecho Constitucional y gustoso dio una charla que se mostró bastante conciliadora a la que asistí.  Ahí el profesor Rubio admitió que, para entonces, comienzos de los noventas, era sintomático que si quitáramos a Lima la informalidad, mataríamos a la ciudad de hambre pues el suministro del mercado de abastos era informal, y que incluso ninguno de nosotros podría llegar a la PUCP pues el transporte público era también informal (ahora que lo pienso esto no ha cambiado en más de dos décadas).  Sin embargo, haciendo eco a que toda crisis conlleva a una oportunidad, dijo que precisamente los abogados serían los que tendrían que estar al frente de entender, evaluar e investigar cómo afrontar el nuevo Perú que se abría ante nuestros ojos. Era obvio, había que saber de leyes para saber cómo éstas se adaptaban a la sociedad.

El tiempo pasó, los abogados sobrevivieron y fueron necesarios para entender y adaptar los procesos que la historia contemporánea del Perú exigía. El profesor Matos Mar tenía razón en cuanto a que la informalidad había subido al estado, pero a la vista de lo que vemos hoy, estoy seguro que estaría sorprendido.

Es cierto que las estructuras de parentesco, el capital social y las relaciones de reciprocidad empataron de manera estratégica con la economía de mercado:  El migrante interno encontró en Lima un piso ecológico más y luego en el extranjero y estableció conexiones en forma de redes familiares, clubes departamentales, distritales y provinciales.  Se establecieron relaciones de compadrazgo, grupos de mutua ayuda y asociaciones de trabajadores.  Se establecieron alianzas sistemáticas con sectores formales y se establecieron también alternativas más baratas para todas las clases sociales que compraban en polvos azules, polvos rosados, en las carretillas y kioskos y que compraban casettes, cds y dvds piratas para luego incluso ofrecer software pirata creando verdaderos imperios cyberespaciales.  Se desarrolló una forma de ser informal, se adaptaron formas de evadir o negociar con la ley (si esto es posible), y las estructuras de poder cedieron ante la presión de las bases.  Lo que comenzó como una estrategia de supervivencia se convirtió de a pocos en casi una marca de identidad urbana.

Hoy en día podemos decir que el Perú vive una modernidad que lucha por una integración bastante desigual en una economía de mercado cuyas bases están en la informalidad. Mucho más de la mitad de las personas no pagan impuestos y es posible que ninguna empresa prescinda de algún servicio informal, como nosotros tampoco lo hacemos usualmente en nuestro día a día.  Sin embargo, si hay un ánimo hacia la formalización hacia los procesos de convivencia, hacia la justicia y hacia una vida política que sea meritocrática y eso ya es un primer paso, y por lo pronto, los abogados siguen siendo una parte importante para generar una ley al servicio de la persona y no viceversa.   Esto nos lleva a pensar en la necesidad del abogado investigador, el abogado que salga a la calle e investigue, el que dialogue con la realidad y el que cuestione y discuta, el que busque la creatividad antes que la copia y el que encuentre vías y dialogo puesto que, como toda comunidad, el Perú tiene un ritmo propio en busca de una partitura coherente.

Dejar respuesta