El aula, la clase y el alumno: ¿Qué se siente volver a estudiar Derecho?

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Agustín Grández Mariño
Abogado por la PUCP, candidato a magister por la Universidad de Duke.


Los recuerdos son algo que nunca dejan de maravillarme. Hay situaciones y hechos de los que guardamos una fotografía exacta de lo que sucedió y cómo pasó. Inclusive hay algunos recuerdos que por, su importancia, aparecen como un video que se reproduce en nuestra mente y todo aparece con una claridad sorprendente: cómo estaba vestido, qué día era, qué dije, qué dejé de decir, o qué debí decir y qué era lo que se me cruzaba por la mente en ese momento.

Esos recuerdos se asocian con momentos que, para bien o mal, quedaron marcados en nuestras vidas, algunos tristes, otros de felicidad absoluta, otros que preferíamos olvidar y otros que realmente no sabemos por qué recordamos con tanta nitidez.

Esta reflexión inicial está vinculada con un momento bastante particular de mi vida que espero sirva para plantear una idea que pueda salir de lo personal y plantearse con algún nivel de coherencia en este artículo.

Para situar bien el contexto de esta reflexión, en estos dos últimos dos años me he dedicado completamente a la docencia, pasé de ser un abogado a convertirme en un profesor de derecho, distinción que si bien no parece tan evidente, sí marcó en mi caso un antes y un después.

Ser profesor me permitió enfocar mis intereses, pero a su vez aprender a compartirlos, a intentar hacer lo mejor posible para que el ambiente de clase se convirtiera en espacio en el que tanto alumnos como yo disfrutáramos, en lo académico y personal. Objetivo que aun cuando puede ser difícil de lograr, fue el que intenté seguir en este tiempo.

No con poca pena decidí dejar la docencia para iniciar un proyecto personal, el de irme al extranjero a estudiar mi maestría. Este tiempo en la maestría ha sido de alguna manera, reencontrarme con varios recuerdos y sensaciones que había olvidado.

Al inicio mencioné este tema de los recuerdos, producto de esta reflexión intenté hacer memoria y recordar cómo había sido mi primer día de clases en la facultad de derecho. En ese ejercicio, nada me vino a la mente, no tengo la menor idea de cómo habrá sido, es algo que no registré; no recuerdo el curso, o el profesor, o la clase.

Pero al comenzar mis clases de la maestría, sí tuve un recuerdo vivido de mi época como estudiante de derecho en pregrado. Más que un hecho o situación, fue una sensación que creía olvidada. Levantar la mano y participar, algo que parece tan sencillo, me recordó una sensación de angustia y temor que había olvidado, angustia por no meter la pata con mi comentario, temor por las miradas de mis compañeros y profesor por lo que estaba diciendo.

Esa sensación, es tal vez común y frecuente en varios de los que son alumnos de Derecho, pero en mi caso, no la recordaba por nada, inclusive me pareció extraño sentirlo. En muchas oportunidades el tema del miedo a participar en la clase ha salido en conversaciones con los alumnos, sin embargo, habiendo estado del otro lado de la clase, en el rol de profesor, había olvidado de alguna manera esa sensación. Sentí entonces que el consejo que les daba a los alumnos siempre cuando me comentaban sus temores para participar, “solo es cuestión de animarse”, se había vuelto vacío. Yo me había animado a participar, pero el mismo temor estaba presente, no cambiaba en nada el hecho de haber levantado la mano y animarse a participar.

Me enfrentaba entonces a dos caminos, dejarme abrumar por esa sensación y dejar de participar del todo e intentar completar la maestría intentando hablar lo menos posible o continuar en el intento. Es ahí que reside la importancia de los recuerdos, si bien esa sensación de angustia o temor había vuelto después de varios años, no era una sensación nueva, era una sensación que ya conocía y podía enfrentar. Con el primer camino descartado, volvía de aluna a vez a ese consejo que pensaba había quedado sin contenido, “solo es cuestión de animarse”.

Conversando con otros compañeros de la maestría sobre el ritmo y la sensación de ser nuevamente estudiantes de derecho, el comentario era común “hace tiempo no estaba tan cansado como estoy ahora”. Esa frase me resultó muy curiosa, ya que la gran mayoría son abogados con varios años de experiencia, que han estado en trabajos de alto contenido de estrés y con muchas horas de trabajo.

De alguna manera es como si todos nos hubiéramos olvidado de lo que representó ser un estudiante de derecho, nuestra memoria colectiva había borrado por completo el estrés, la carga y lo difícil que era ser “solo” un estudiante.

A pesar de esta queja de no poder más con el ritmo, el comentario siguiente de la mayoría de mis compañeros era “…pero me encanta”. Creo que ese comentario lejos de hablar de alguna predisposición al auto flagelo de los abogados, explica el por qué todos nos olvidamos que difícil era ser un estudiante de derecho.

La respuesta es bastante simple, fuera del estrés, de lo difícil que pueda ser, a todos nos gusta haber estudiado derecho, cada uno, en distintos rubros, en temas y especialidades, pero a todos nos encanta finalmente. Todos compartimos que el estudiar derecho no es una obligación sino, por el contrario, es una motivación a seguir aprendiendo más de aquello que tanto nos gusta.

Encontrar y darse cuenta de eso a veces es difícil cuando lo estás viviendo, a veces el ritmo y la carga no te permite tener un tiempo para abstraerte y ver si realmente vale la pena todo ese esfuerzo. Encontrar lo que a uno le gusta y motiva es difícil, porque puede marcar cambios radicales o decisiones que a veces tenemos miedo de tomar, pero a veces es importante recordar que solo es cuestión de animarse.

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