Cuba sin Fidel: ¿Más de lo Mismo?

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Sebastián Arcos Cazabón

Director Asociado del Instituto de Investigaciones Cubanas en la Universidad Internacional de Florida. Licenciatura en Relaciones Internacionales (1999) y Maestría en Administración Pública (2008) de la Universidad Internacional de la Florida.


Tras el entierro oficial de Fidel Castro, ¿qué va a pasar en Cuba? La pregunta es perfectamente legítima, considerando el rol excepcional que el barbudo caudillo ha jugado en la historia cubana durante los últimos 60 años.  Tan dominante ha sido la figura del Comandante en Jefe, que llegó a representar no sólo la revolución que lo llevó al poder en 1959, sino también la nación cubana misma.  Hoy en día, en cualquier lugar del mundo, es prácticamente imposible hablar de Cuba sin mencionar a Fidel Castro. Casi cuatro generaciones de cubanos han sido adoctrinadas en esta creencia, tanto así que muchos de los que hoy abandonan la isla en busca de un futuro más próspero consideran cualquier crítica al régimen como un ataque a la nación.

Fidel Castro gobernó los destinos de Cuba con mano de hierro durante 49 años, desde enero de 1959 hasta su retiro oficial en febrero del 2008.  Durante ese período, más largo que el de ningún otro jefe de estado contemporáneo, Fidel Castro ejerció el poder de manera personal,  absoluta, e ilimitada.  Desde los movimientos de tropas en los distantes campos de batalla de Etiopía y Angola, hasta el mejor lugar para sembrar café, dirigió a puro capricho los destinos de un país entero como quién gobierna su finca privada.  La propaganda de saturación del régimen ha imbricado su imagen con el imaginario de la nación cubana de una manera tal que costará décadas deshacer.

Engañó a cubanos y a extranjeros por igual con su disfraz de Robin Hood tercermundista y su farsa de David contra Goliat. Como el gran manipulador que fue, usó una falsa preocupación por los pobres y un nacionalismo chovinista para justificar su aspiración de poder absoluto, y usó un antimperialismo oportunista y desmedido para justificar sus aspiraciones de liderazgo mundial.

Cuando llegó al poder en 1959 encontró un país de inmigrantes razonablemente próspero y feliz.  Su muerte nos deja un país exhausto de fervor revolucionario, en total bancarrota económica, y con una población que decrece cada año como resultado de una emigración tan copiosa como constante, y una de las tasas de fertilidad más bajas del mundo.  La Cuba que nos deja no está sólo empobrecida económicamente, sino también en lo político-social. La sociedad civil cubana fue exterminada minuciosamente, las instituciones políticas destruidas, y el ciudadano convertido en súbdito aterrorizado y sumiso.  Tras décadas el experimento castro-guevarista para crear “el hombre nuevo”, el cubano de hoy es más individualista, más materialista, más cínico, y menos inclinado a la disciplina social y la participación cívica que sus abuelos.

Desafortunadamente, su muerte no ha tomado al régimen por sorpresa, y su hermano y heredero político Raúl Castro ha tenido diez años para prepararse para este momento.  Desde la salida “temporal” de Fidel Castro del poder en el verano del 2006, Raúl Castro ha emplazado a sus hombres de confianza en los puestos claves, y ha expandido su poder personal a todas las áreas que antes eran exclusivas del poder absoluto de su hermano mayor.  Esta transferencia de poder ha sido más fácil para Raúl Castro que para cualquier otro, porque el general-presidente no es sólo el hermano de Fidel Castro, sino que también ha sido su socio de acciones y conspiraciones, su más confiable consejero.  Por esa razón, Raúl Castro comparte la mística revolucionaria que llevó a su hermano al poder absoluto, y con ella la legitimidad de líder cofundador del régimen.

Raúl Castro también comparte la ideología marxista que profesaba su hermano mayor, y con ella su aversión a todo lo que huela a capitalismo y democracia, incluyendo el antimperialismo malsano.  Ambos hermanos coinciden también en el ejercicio intransigente del poder a través de la represión constante y exhaustiva.  Estas dos últimas afirmaciones pueden parecer contradictorias con las reformas emprendidas por Raúl Castro desde su ascenso a la presidencia de Cuba, y que han recibido amplia cobertura de la prensa internacional.  Aprovechando la transferencia de poder creada por la enfermedad y retiro de su hermano mayor, Raúl Castro se enfrascó en una sistemática y astuta campaña de desinformación y camuflaje, con el objetivo de legitimar la continuación, en su persona, del mismo régimen tiránico de Fidel Castro.

Empezando en el 2008, Raúl Castro comenzó a implementar una serie de reformas en el ámbito económico, incluyendo cosas tan elementales como la autorización de compra-venta de teléfonos celulares y el usufructo limitado de tierras ociosas por pequeños agricultores.  La misma maquinaria propagandística del régimen se encargó de anunciar estas reformas como “históricas”, “importantes”, parte de una intención “soberana” e “irreversible” del régimen de “perfeccionar” su modelo socialista.  Para cualquier analista serio es obvio que las reformas de Raúl Castro son muy limitadas, incluso si se comparan con las reformas implementadas por los regímenes marxistas de China y Vietnam.  Estas reformas sólo pueden considerarse notables en el contexto de ortodoxia ideológica que caracterizó el reinado de Fidel Castro.

Pero la prensa extranjera mordió el anzuelo del general-presidente. En contraste con su hermano mayor, el cauteloso impulso reformista de Raúl Castro le valió titulares de “moderado”, “razonable”, y “pragmático”.  Incluso baluartes del capitalismo liberal como la revista The Economist anunciaron a toda portada el regreso del capitalismo a Cuba.  Anunciadas a cuentagotas entre el 2008 y el 2013, las limitadas pequeñas reformas le sirvieron al general-presidente de cortina de humo para ocultar la realidad de que la naturaleza de su régimen es fundamentalmente idéntica al de su hermano mayor.  Raúl Castro se movió para no moverse.

Sucede que la inmensa mayoría de los espectadores fuera de Cuba no saben que Fidel y Raúl Castro son dos piezas fundamentales del mismo artefacto de relojería.  Al contrario de la percepción de muchos observadores externos, algunos bien informados, hay más similitudes que diferencias entre ambos hermanos.  De hecho, la historia nos demuestra que siempre trabajaron en equipo, persiguiendo objetivos comunes, y no enfrentados.  Las pocas diferencias entre ambos siempre sirvieron para complementar el equipo, y para confundir y neutralizar a sus enemigos.  Durante los primeros meses de la revolución victoriosa Fidel era el bueno del equipo, proclamando el carácter democrático del nuevo gobierno y denunciando el “pan con terror” de los comunistas, mientras Raúl era el malo del equipo, solapadamente infiltrando elementos comunistas en el nuevo gobierno.  Así confundieron a sus enemigos hasta que ambos se sintieron suficientemente seguros para anunciar públicamente el carácter marxista de la revolución.

La misma artimaña se ha repetido durante los últimos diez años, sólo que con los papeles invertidos.  Esta vez Raúl ha sido el bueno, el reformista moderado y razonable, mientras que Fidel ha sido el malo, el vejete intransigente opuesto a las reformas y al acercamiento con los EEUU.  La argucia funcionó impecablemente, ayudando a propalar la idea de que hacer concesiones al régimen era la mejor manera de reforzar el poder de la facción reformista de Raúl sobre la facción conservadora de Fidel, abriendo el camino a una transición pacífica.  Pamplinas.  En Cuba hay una sola facción: la de Fidel y Raúl, la facción dura de aferrarse al poder político-económico a toda costa.

Es cierto que al llevarse a Fidel, la parca le ha robado a Raúl Castro una parte importante de su legitimidad política, además de su cabeza de turco, el totí –al decir de los cubanos– a quién culpar por la lentitud y hasta el retroceso de las reformas.  Pero el general-presidente está bien afincado en el trono, y todos los hilos del poder terminan en su mano: su hijo encargado de la inteligencia, su yerno a cargo de la economía, su nieto a cargo de su seguridad personal, y su hija en línea para presidir el parlamento.  La transferencia de poder iniciada en el 2006 ha sido exitosa, y al menos a mediano plazo, la misma casta que tomó el poder en 1959 seguirá controlando el país, ahora convertida en una oligarquía familiar, militar y partidista con buenas posibilidades de transformarse en una oligarquía hereditaria.  Aún si el general-presidente cumple su palabra y se retira de la presidencia en el 2018, continuará siendo el primer secretario del Partido Comunista de Cuba –el puesto más importante según la constitución y según la estructura de mando político– y el general de más alto rango en la estructura de mando militar.

Hay, sin embargo, una pequeña luz visible al final del larguísimo túnel de la revolución cubana.  La historia nos muestra que muy pocos regímenes personalistas han logrado sobrevivir la muerte de su líder fundador.  Aunque Raúl Castro continúe en el poder hasta el día de su propia muerte, creo que a la revolución cubana la enterraron definitivamente junto a Fidel Castro.  Habrá que ver si el general-presidente logra transferir el poder con éxito a sus herederos políticos, parientes o no, con la misma facilidad con la que él lo recibió de su hermano.  Ese será el momento de mayor debilidad del régimen, el punto de inflexión donde se abre la posibilidad de que los cubanos amantes de la libertad logren recuperar las riendas de su destino, y puedan forzar una verdadera transición a la democracia.

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