Jacinto Choza

Catedrático de Antropología filosófica de la Universidad de Sevilla. Director del Departamento de Filosofía y Lógica y Filosofía de la ciencia de la misma Universidad.  Fundador y director del Seminario de las Tres Culturas y del Seminario sobre la Identidad Cultural Latino Americana (SICLA).

 

1.- El inconsciente colectivo y la identidad cultural. 2.- La identidad cultural, el teatro y el cine. 3.- El cine y la autoconciencia.

1.- El inconsciente colectivo y la identidad cultural.

En 1961 se estrenó la película estadounidense Judgment at Nuremberg, en España titulada ¿Vencedores o vencidos?, y en Hispanoamérica, El juicio de Núremberg, dirigida por Stanley Kramer.

La cinta reproduce el juicio a los responsables del holocausto perpetrado por los nazis y la sentencia de un tribunal internacional presidido por el Magistrado Jefe Dan Haywood, interpretado por Spencer Tracy.

El juicio tiene lugar en una época de hegemonía generalizada del positivismo jurídico, en cuyo ambiente está bien justificada la defensa de los encausados, en base al argumento de que cumplen su deber y su función, según las leyes vigentes y las órdenes que reciben. Tal argumento se le comenta también al presidente del tribunal, como un reproche a la corrección jurídica de su actuación, y a la justicia de la totalidad del proceso.

El final de la película es la respuesta del Magistrado Jefe ante tal reproche. Cuando pasen los años, declara calmadamente Spencer Tracy, los hombres recordaran la historia de esta guerra, las atrocidades que se cometieron, y la acción de este tribunal, y recordarán lo que este tribunal declara, y afirma, para que sea repetido y enseñado en los tiempos sucesivos: los hombres son responsables de sus actos.

Los hombres saben lo que son y quiénes son, contándose a sí mismos las historias de lo que hacen. Contarse para saberse. Pero, antes de contar la historia de lo que hacen, hay que hacer cosas, y hay que recordarlas.

Lo primero que los hombres hacen cuando aparecen sobre el planeta, hace doscientos o trescientos mil años, es cazar para sobrevivir, reproducirse y cuidar a sus hijos, y cuidar a sus padres ancianos y enterrarlos cuando mueren. Todo eso lo hacen danzando y cantando, porque los ritos de caza, matrimonio y sepultura, son danza y canto.

La danza y el canto son movimientos y ritmos en el tiempo, son vida en el tiempo, actuación y saber en el tiempo, que se puede contar. Así los hombres aprenden y enseñan a sus descendientes qué es ser padre y qué es ser madre, qué es ser hijo e hija, hermano y hermana, cazador y curandera. Y aprenden que sus danzas y cantos, sus modos de ser padres e hijos, son diferentes de los modos en que lo son y lo danzan otros grupos, otras tribus.

La identidad cultural es el modelado, o el tallado, que las acciones y ritos primordiales, y los posteriores, han producido en los cuerpos y las almas de los individuos de las comunidades humanas.

Esa identidad que consiste en nacer, creer, reproducirse y morir, todos los individuos de la misma manera en cada comunidad, que consiste en el modo de ser padres o hijos, esposas o maridos, guerreros o señoras de la casa, se consolida y se sedimenta antes incluso de que llegue a haber conciencia de ello. Los niños aprenden a hablar antes de que tengan conciencia de lo que es el lenguaje. Más aún, llegan a tener conciencia, y desarrollan su conciencia y su saber, porque aprenden a hablar.

El inconsciente colectivo es lo que los individuos de un grupo llegan a ser, gracias a lo que hacen y aprenden a hacer. La identidad cultural es el contenido de ese inconsciente colectivo cuando llega a la conciencia, se convierte en tema de la reflexión, y permite a los grupos reconocerse en lo que han hecho y aprender quiénes son. También los individuos de un grupo, que tienen un inconsciente colectivo común y una identidad colectiva común, aprenden su identidad personal, aprenden quienes son, mediante lo que han hecho junto a los demás y con ellos.

La mejor manera de comprender estos acontecimientos es presenciarlos en una representación o en un relato. Uno de los mejores relatos del proceso en el que se forman el inconsciente colectivo y la identidad cultural de los seres humanos, es la película franco-canadiense de Jean-Jacques Annaud, La Guerre du feu, en español, En busca del fuego, de 1981.

2.- La identidad cultural, el teatro y el cine.

La primera forma de contarse los hombres a sí mismos lo que hacen y lo que son, viene dada por la realización de los ritos de forma ineficaz, fingida o ficticia.

Lo importante de los ritos de caza, de fecundación o de nacimiento, es que sean eficaces. Que el oso sea cazado y los cazadores y sus familias coman. Que la mujer conciba efectivamente. Que el bebé nazca bien y sano. Pero esos mismos ritos se repiten muchas veces antes o después de la caza, de la fecundación y del alumbramiento.

Cuando un rito de caza se repite sin que se vaya a cazar, el rito se convierte en un mimo, una representación, un relato o una conmemoración. Y todas esas actividades tienen mucho sentido. Para suplicar al cielo que conceda una buena caza cuando se necesite, para entrenar a los cazadores, para recordar cuantas veces han ido de caza a diferentes sitios, para asignar y afianzar los puestos y funciones diversas en la estrategia de la caza, etc. Y lo mismo con los demás ritos.

Cuando un rito se realiza sin ninguna finalidad de las mencionadas, sino solamente por el gusto de representarlo, de contar lo que pasó, lo que se hizo, nace el mimo, el relato épico y el teatro, que son la forma primitiva de los relatos audiovisuales contemporáneos, de entre los cuales el más destacado es el cine.

El teatro es la representación del drama de la vida, de la relación entre los hombres y los poderes que crean la vida, que la dan y la toman cuando se acaba, y de los medios gracias a los cuales los hombres sobreviven. Se llama drama porque es una interacción entre personas o personajes, sean hombres, animales o dioses.

Las primeras representaciones dramáticas, las de la tragedia griega, por ejemplo, como las del teatro inca y el azteca, refieren las relaciones de los hombres con los dioses, de los hombres entre sí y con los dioses, pues los dioses nunca están ausentes. En esas relaciones lo que esta en juego es la vida del hombre, la vida viable en la naturaleza, en el territorio propio, y, sobre todo, la vida más allá de la muerte.

A partir del momento en que surgen las sociedades estatales, lo cual ocurre en Asiria, Egipto y la Grecia heroica en Europa, y en los imperios Inca y Azteca en América, esa vida de los hombres que está en juego, se destruye o se salva mediante el acatamiento y la observación de un orden, de una ley o de un derecho. Si ese derecho es o no acatado y cumplido, se dirime en un juicio, cuyo desenlace es la destrucción o salvación del hombre.

Los primeros dramas babilonios, griegos, incas y aztecas tienen como tema la violación del derecho y el cumplimiento de la justicia. Eso es lo que se representa en la Orestiada de Esquilo o en el Edipo Rey de Sófocles, cuyo argumento se repite en dramas posteriores como el Hamlet de Shakespeare.

Los hombres y los dioses juzgan sobre el cumplimiento del orden y el derecho. Si los padres y los hijos, los esposos y esposas, los reyes y los vasallos, se comportan como ordenan los dioses o no, si son verdaderos padres e hijos, verdaderos esposos y esposas, verdaderos reyes y vasallos, o si son falsos. El derecho y los jueces declaran la verdad de lo que son, según lo que han hecho o no han hecho.

Por supuesto que hay relatos cinematográficos de la Orestiada, de Edipo Rey y de Hamlet, según las versiones originales de Esquilo, Sófocles y Shakespeare, que se pueden citar y repasar. Pero, sobre todo, hay innumerables versiones del drama en que el hijo venga al padre y reconstruye la casa familiar, la granja o el negocio.

Hay numerosas versiones del drama en que unos territorios son devastados por la corrupción del orden justo, y son restituidos en la paz, la laboriosidad y la convivencia solidaria de los ciudadanos, por la acción justa y abnegada de unos pocos hombres valientes, o de uno solo, como Orestes o Hamlet. El género western repite ese drama en innumerables versiones, desde Sólo ante el peligro hasta Los siete magníficos.

Hay numerosas versiones del drama en que los esposos o los reyes se falsean, arruinan en la desgracia las vidas de los hombres y las reconstituyen en la dicha mediante la justicia y el perdón.

 3.- El cine y la autoconciencia.

El teatro, la novela y el cine, las representaciones artísticas de la vida humana, no son simplemente, ni solamente, relatos. Son también, y sobre todo, juicios. Todos los artistas de todas las culturas, no solamente describen las sociedades de sus épocas, y no solamente las parodian, las ridiculizan o las ensalzan. Al hacer todo eso las juzgan. Y al juzgarlas declaran la verdad del hombre, que es lo que acontece en un juicio.

En el juicio se pone de manifiesto si el hombre es verdaderamente inocente o culpable, cobarde o valiente, responsable o traidor.

La verdad del hombre se manifiesta en lo que hace y lo que hace le llega a su conciencia a través del testimonio de todos, es decir, a través del relato de todos, de los relatos a los que todos asienten, elogian y aplauden. Eso es lo que ocurre con las obras de arte que tienen la máxima audiencia y aceptación. Las tienen porque son máximamente verdaderas. Y ese es uno de los requisitos para que la obra de arte sea realmente buena, a saber, que sea verdadera, que lo que diga sea verdad.

El hombre necesita saber quién es y qué es. Necesita saber su verdad. Necesita escuchar el testimonio de los demás sobre él mismo.  Necesita ser contado en muchas y diversas versiones. Necesita ser juzgado. Eso es lo que las religiones señalan como propio de la otra vida, como un cierto umbral de un tipo de vida que se desarrolla al otro lado de la muerte.  Eso es lo que anticipa el arte, y especialmente lo que anticipa el cine.

Por eso las películas de género judicial cautivan tanto. Tienen la estructura de la vida humana desplegada en el tiempo, y recogida como totalidad en un momento definitivo, que tiene cierto carácter de eterno.

Ir al cine es un rito. Muchas veces un rito de confirmación en lo que somos, de confesión o de reconciliación. Muchas veces de comunión. Muchas veces un rito de eucaristía, de acción de gracias a la vida por la vida.

El cine le da firmeza y consistencia a la conciencia que cada uno tiene de sí mismo. Eso lleva mucho tiempo, porque la conciencia es el conocimiento de la propia vida, y eso es difícil y largo, porque ese conocimiento tiene que ser verdadero.

No pocas veces el cine lo logra. Por eso no pocas veces el espectador sale transformado de la sala, con el ánimo elevado, con el espíritu aligerado, o ensanchado, con las fuerzas renovadas, o todo lo contrario, o arrepentido, o apesadumbrado.

El rito del relato audiovisual, como el rito religioso, como todas las formas del arte, es el modo en que el espíritu de la vida y de la verdad lleva a cada individuo de la mano por la vida, acompañándole, como un maestro y un guía, hasta el final.

El juicio de Nürenberg es una película que aparece en el Top 10, como una de las diez mejores películas norteamericanas, dentro de diez géneros cinematográficos distintos, publicada por el American Film Institute (AFI), y que se difundió al público en la cadena de televisión CBS el 17 de junio de 2008.

Entre las top 10 del género de cine judicial, aparecen también, entre otras películas, Matar a un ruiseñor, 1962; 12 hombres sin piedad,1957, Kramer contra Kramer, 1979; Algunos hombres buenos, 1992 y Testigo de cargo,1957.

La película de Kramer es una obra de arte que, en un momento especialmente delicado de la historia humana, terminada la segunda guerra mundial a mediados del siglo XX, finaliza con un aldabonazo en la conciencia humana, para que, cualquiera que sea su credo y su condición, sepa y recuerde siempre que “el hombre es responsable de sus actos”.

 

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