Moral innata, avances neurocientíficos y sus implicancias para el Derecho

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María Grazia Sibille*

Estudiante de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica del Perú

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En el presente artículo me propongo explorar brevemente dos ideas derivadas de los debates contemporáneos de la filosofía de la mente en el siglo XXI que considero intelectualmente estimulantes y de las que podemos sustraer cuestionamientos y reflexiones sugestivas que marquen una posible dirección en el progreso de las ciencias jurídicas. La estructura del contenido consiste en el siguiente orden: En primer lugar, explicaré y fundamentaré la teoría que el enfoque evolucionista propone defendiendo la tesis del carácter innato de las capacidades que hacen posible la moral y del razonamiento en el que se apoya, utilizando algunos ejemplos ilustrativos. En segundo lugar, en el marco de la perspectiva monista al problema mente-cuerpo, analizaré de forma muy concisa las dificultades para trazar límites claros a conceptos tales como “libre albedrío” y “responsabilidad personal” a la luz de los descubrimientos de las neurociencias y la genética.

LA MORAL QUE HEREDAMOS

Desde la Antigüedad, la filosofía se ha interesado por las cuestiones referentes a la moralidad a través de la sistematización y defensa de significados construidos para las categorías de “buena” o “mala” conducta, involucrando intentos por definir la virtud versus el vicio y lo justo versus lo injusto. Sin embargo, a partir de la publicación de “El origen del hombre” de Charles Darwin en 1871, emerge una tendencia que empieza a reflexionar acerca de la posibilidad de que existan características y tendencias innatas y heredadas -verificables a través del método científico- que gradualmente permitieran el desarrollo de la moral, relacionando y convirtiendo en mutuamente dependientes saberes de ámbitos que se presumían distantes.

El estudio de la teoría evolutiva, pese a lo esperado por gran parte de la biología aristotélica predominante en el siglo XIX, obtuvo cada vez mayor confirmación empírica apoyada en los posteriores descubrimientos de las ciencias naturales, etología, psicología, sociobiología y neurología, y por ello hasta la actualidad parte importante de las discusiones con respecto a la moral asumen la premisa de que las facultades precursoras de la moralidad humana evolucionaron progresivamente (p.e.: la empatía, el apego y vinculación, la autorrespresentación, metarrepresentación, la agencia, el altruismo, la cooperación y la atribución psicológica)[i] [ii] desde ser capacidades rudimentarias -como las que podemos encontrar en muchos otros animales sociales- hasta convertirse en comportamientos morales avanzados a la vez que nuestra organización social se hacía más intrincada.

Por ende, pese a que es cierto que elaboramos sistemas morales normativos (p.e. las normas jurídicas en un Estado de Derecho) y orientativos (p.e. los mandamientos en la religión católica), poseemos instintos o inclinaciones morales de índole universal que fueron escogidos por la mano invisible de la selección natural y heredados de generación en generación. En resumen, a diferencia de las corrientes pasadas que se centraban en la propuesta de constructos morales, los académicos dedicados al estudio de la moral como innata pretenden revelar los sentidos de bien y mal primarios que todos los homo sapiens tenemos en común y que subyacen a nuestras costumbres y fórmulas morales creadas y perpetuadas en sociedad.

Como se mencionó anteriormente, existen varias aptitudes que fueron necesarias para el desarrollo de la moral innata; no obstante, me centraré en dos de estas facultades vitales: el altruismo y la cooperación. Desde el enfoque biológico, un individuo es altruista si tiene un comportamiento que mejora las posibilidades reproductivas o de supervivencia de otros individuos en desmedro de las suyas propias. Podemos hallar este tipo de actitud no solo en la especie humana sino el resto del reino animal: por ejemplo, el caso de los murciélagos vampiros que regurgitan regularmente sangre y la donan a otros miembros de su grupo que no se han podido alimentar esa noche- garantizando que no mueran de hambre- o el de los primates tumbili, habitantes de  África Austral y Oriental que dan llamadas de alarma para advertir a los demás miembros de su grupo de la presencia de depredadores (a pesar de que al hacerlo atraen la atención hacia ellos, aumentando así sus posibilidades personales de ser atacados).

Por otro lado, las tendencias esenciales hacia el altruismo en los humanos pueden quedar demostradas en casos tan visibles como el de las emergencias por catástrofes. A nivel mundial, después de desastres naturales y otras tragedias, las noticias suelen transmitir sucesos marcados por individuos heroicos y por el intercambio de recursos -dentro de la comunidad afectada y colaboraciones de individuos y grupos ajenos a esta- en lugar de pánicos egoístas. Durante los ataques terroristas del 9/11, por ejemplo, también se brindó colaboraciones desinteresadas a los que la necesitaban y se buscó que fueran atendidos. Lo mismo ocurrió después del terremoto, el tsunami y la crisis nuclear en Japón en 2011.

Los casos en que las personas otorgaban ayuda poniendo en riesgo su propia vida o integridad física no resultaron poco frecuentes. Sin embargo, surge la pregunta: ¿Por qué si toda nuestra configuración orgánica apunta a la persecución de la supervivencia individual, nacería este fenómeno que nos pone indefectiblemente, en una situación que arriesga dicha supervivencia?. Se compusieron diversas teorías para la resolución de esta y otras paradojas respecto al altruismo, entre ellas la teoría clásica de Darwin (1871) que recibe el nombre de selección de grupos (group selection)[iii], la selección de parentesco (kin selection) de William Hamilton (1963), la teoría del altruismo recíproco de Robert Trivers (1971), la teoría del gen egoísta de Richard Dawkins (1976) y con el paso de los años, ocurrió un retorno a la teoría de la selección de grupos con los trabajos de Sober y Wilson (1998) así como con un amplio número de autores que han aportado nuevos elementos híbridos a una concepción más comprehensiva del origen del altruismo que incluya rasgos de más de una de las teorías antecesoras.

Continuando con la exposición de los productos ulteriores de la moral, la cooperación se define como la unión de fuerzas individuales para la obtención de un fin colectivo que beneficie al grupo. El comportamiento cooperativo puede ser observado en infantes de edades tempranas, como en algunos experimentos dirigidos por psicólogos, en los que tuvieron que armar un pequeño rompecabezas con piezas que se les había entregado a cada uno y ambos colaboraban entre sí. El hecho de que se desarrolle esta facultad en una época tan incipiente para el niño, en la que aún no se alcanzan las fases de desarrollo moral avanzadas de Piaget y Kohlberg (1989), es un indicio más de que existe una tendencia natural al desenvolvimiento de esta capacidad[iv]. Por otro lado, existen diversos estudios antropológicos que señalan la gran importancia que se le da a la cooperación en las tareas cotidianas, en la mitología y -como factor a priorizar- en la selección de parejas en múltiples grupos étnicos, como es el caso de los pigmeos Mbuti estudiados por Thurnbull[v]. En otro experimento, esta vez realizado con chimpancés, al que hace referencia Frans de Waal, ambos primates tenían en frente suyo una tabla llena de comida fuera de la celda en la que se encontraba y esta tabla tenía dos sogas de las cuales era posible halar desde la celda. Sin embargo, uno de los simios estaba interesado en acceder al alimento y el otro no. Aún así, el simio desinteresado haló también la cuerda y en este caso, dejó que su compañero comiera el alimento que ambos consiguieron[vi].

Para cerrar esta primera parte, procederé a describir la reciente teoría del módulo moral, que consideramos posee mayores cimientos teóricos y empíricos. De acuerdo al filósofo Pablo Quintanilla, un módulo es un cuerpo de conocimientos complejos acerca de la ejecución de acciones y comportamientos cuya función es resolver pro­blemas específicos, y que se encuentra sistematizado en el cerebro y se trans­mite de manera hereditaria a través de los genes[vii]. Fue a partir de una analogía con la “gramática universal” de Chomsky y teniendo como base científica los hallazgos de sus experimentos -en los cuales se presentaron dilemas morales artificiales a personas de distintas edades, géneros, estratos socio-económicos, comunidades sociales y culturas, donde la gran mayoría (independientemente de sus diferencias) escogió la misma opción para zanjar el dilema- que Hauser (2006)[viii] plantea junto a otros expertos. Sostienen que todos poseemos un módulo mental que nos permite realizar juicios inmediatos sobre lo que está bien o mal sobre la base de una gramática inconsciente de acción, para subsecuentemente racionalizar nuestras decisiones, aunque los fundamentos racionales no hayan sido llevados a cabo a priori.

GRANDES PASOS PARA LA NEUROCIENCIAS, GRANDES PROBLEMAS PARA EL DERECHO

El 1 de agosto de 1966, Charles Whitman asesinó a 13 personas e hirió a 32; la mayoría en un tiroteo que realizó en la Universidad de Texas, excepto por su madre y esposa, a quienes asesinó horas antes. La historia de este violento suceso dominó los titulares nacionales al día siguiente. La nota de suicidio de Whitman, hallada en su residencia, decía lo siguiente: “No me he sentido yo mismo en estos días. Se supone que debo ser un hombre joven promedio, razonable e inteligente. Sin embargo, últimamente (no puedo recordar cuando empezó) he sido víctima de muchos pensamientos inusuales e irracionales”. Además, era sorprendente la incongruencia resultante de la yuxtaposición de sus aberrantes acciones con su vida personal sin complicaciones: Whitman era un ex-marine que estudió ingeniería arquitectónica en la Universidad de Texas y era estimado por sus seres queridos y conocidos. El cuerpo de Whitman fue llevado a la morgue, donde se sustrajo su cerebro para analizarlo. Fue en ese momento que el médico forense descubrió que el cerebro de Whitman albergaba un tumor que había surgido desde debajo del tálamo y que presionaba la amígdala. ¿Cuál es la relación entre ambos eventos? Muy sencillo: la amígdala es una estructura cerebral que cumple un rol sustancial en la regulación emocional, el condicionamiento a través del miedo y en el control de la agresión.  

Planteo este caso pues nos permite conocer cuánto pueden cambiar nuestros deseos y decisiones cuando nuestro equilibrio orgánico se ve alterado. Quizás la historia de Whitman parezca una situación extrema, pero más allá de la aparición de tumores cerebrales, nuestro comportamiento, conducta, inclinaciones, preferencias y capacidad de control y manejo de impulsos están fuertemente influidos por condiciones y eventos biológicos que son capaces de predisponer o modificar la configuración neuronal y la bioquímica de nuestro cerebro. A continuación, nos centraremos en uno de estos aspectos: la genética.

El pensamiento jurídico y político concerniente al ordenamiento de la sociedad se apoya en algunos pilares, como la creencia de que todos los adultos tienen la misma capacidad para tomar decisiones fundamentadas en su uso de razón bajo circunstancias corrientes. Sin embargo, esta idea ha demostrado ser desacertada a la luz de los descubrimientos genéticos y neurocientíficos. Si usted piensa que los genes no afectan cómo se comportan las personas, tenga en cuenta las siguientes cifras: si es portador de un conjunto particular de genes, la probabilidad de que vaya a cometer un crimen violento es 4 veces más alto que lo que sería si careciera de aquellos genes, tiene 3 veces más probabilidades de cometer un robo, es 5 veces más propenso a cometer asalto con agravantes y tiene 13 veces más probabilidades de ser arrestado por un delito sexual[ix]. La abrumadora mayoría de los presos llevan estos genes; en Estados Unidos, por ejemplo, el 98.1 por ciento de los condenados a muerte presentan esta carga genéticaix. Estas cifras brindan mayor lucidez respecto al tema y constatan que, si bien la genética no es determinante, si es un elemento que influye considerablemente. Por lo tanto, no podemos asumir que todos venimos igualmente equipados para afrontar la vida social regulada por la ley.

Usted y yo tenemos mentes-cerebros diferentes. Aunque poseemos las mismas partes estructurales (corteza cerebral, lóbulo pre-frontal, cerebelo, etc.) nuestras conexiones sinápticas, cantidad y nivel de funcionamiento de neurotransmisores, etc. son muy distintos. Lo que tenemos en común (espero que en su caso también) es que nuestras configuraciones neuronales nos permiten desarrollar la suficiente empatía, actitudes sociales y control de impulsos y emociones como para no agredir, ejecutar un robo agravado o matar a nuestros congéneres, pero existen personas que, dentro de las correspondientes diferencias entre sus mentes-cerebros, carecen de una o más capacidades de las nombradas y por ende es más probable que violen la ley en algún momento de sus vidas. Entonces, no se trata de la pregunta: “Pero, ¿fue culpa de su cerebro o de él (acusado)?” cuando se presente un caso, ya que -de acuerdo a la perspectiva monista que se nutre de los vigentes postulados de la psicología y neurociencia- él es su cerebro, pues cuando hablamos de mente y de cerebro nos referimos a lo mismo y no a una dualidad[x].

Estos avances ponen en jaque a los conceptos de “libre albedrío” y “culpabilidad”. Si es que uno nace con un conjunto de genes que lo predisponen al crimen, y además su crianza ha consistido de una serie de abusos y privaciones emocionales que potencian estos genes (como es el caso de numerosos criminales), ¿cómo podemos definir hasta qué punto el individuo es culpable o pudo decidir libremente? Actualmente, no podemos hacerlo con exactitud. No aspiro a justificar a los criminales, sino que sostengo que es riesgoso y poco certero utilizar como definitorio un concepto extremadamente voluble en el paso del tiempo y que no llega a encapsular la plétora de factores, matices y probabilidades que colman el panorama.

En lugar de centrar todos los esfuerzos en determinar la culpabilidad (recordemos que estamos utilizando el término culpabilidad como el estado de responsabilidad personal más allá de la demostración fáctica de que, efectivamente, ocurrió un crimen y fue llevado a cabo por la persona en cuestión) del acusado en los procesos penales, la práctica jurídica debería ponerle mayor atención a la cuestión de la reincidencia: ¿el acusado volverá a delinquir?. Ello no será 100% predecible, pero mediante una detallada e integral evaluación del acusado por parte de expertos se podrá llegar a una conclusión probablemente acertada. En el caso de Whitman, solo hubiera sido necesaria la extracción del tumor para que nunca más repitiera la aberrante conducta de ese día. En contraste, por ejemplo, la mayoría de psicópatas que han cometido un crimen lo volverán a hacer pese a recibir tratamiento psicológico. Por consiguiente, lo ideal sería evaluar los crímenes caso por caso con el asesoramiento, análisis y uso de distintas herramientas (p.e.: el biofeedback) por parte de especialistas médicos, científicos y psicólogos, y aplicar diferentes métodos de aislamiento de la sociedad a criminales que probablemente reincidan puesto que un único modelo como las cárceles (sin mencionar que en general sirven de instituciones pedagógicas para el perfeccionamiento de los reos en sus prácticas) para casos sumamente heterogéneos, resultará en detrimento de los propios fines del Derecho.

IMPLICANCIAS Y VISIONES A FUTURO

Considero que las ciencias jurídicas se enriquecerían si, utilizando un enfoque interdisciplinario, tomaran mayor interés académico en la investigación sobre la evolución de la moral y en el entendimiento de las inclinaciones innatas que la conforman, ya que a futuro, y a medida que se obtengan mayores certezas en la indagación, se podrían elaborar teorías del derecho que tomen en cuenta los mecanismos de razonamiento moral y tendencias comunes que compartimos.

Si los teóricos y filósofos del Derecho y quienes formulan y modifican las leyes que nos rigen logran un mayor entendimiento del comportamiento moral humano, abriendo las puertas a normativas conectadas con dicho entendimiento en el plano prescriptivo, eventualmente se podría aumentar la adhesión e internalización de las reglas en la población y evitaría su estancamiento en una mera acatamiento por presiones coercitivas. Además, el Derecho necesita actualizar su doctrina y praxis al ritmo de los adelantos científicos y re-plantear un sistema coherente con dichos avances y no desligado de los mismos. Pretender tener la convicción absoluta de que todo ser humano tiene la misma capacidad de decisión y libertad para conducirse es equivalente a ignorar no sólo relevantes factores socio-económicos, históricos y políticos, sino también los sobresalientes logros de las neurociencias y genética y consecuentemente, alejan al Derecho de sus nobles deseos de alcanzar justicia.  


*La autora se disculpa por el escueto tratamiento de tan complejos temas, los cuales merecen muchas más páginas, pero que por motivos de extensión ha tenido que limitar. 
[i] DE WAAL F. Primates and Philosophers: How Morality Evolved. En: Macedo S, Ober J, editores. Reino Unido: Princeton University Press; 2006.
[ii] BYRNE R.W, WHITEN A. The emergence of metarepresentation in human ontogeny and primate phylogeny. En: Whiten A, editor. Natural theories of mind. Oxford: Basil Blackwell; 1991.
[iii] DARWIN C.The Descent of Man, and Selection in Relation to Sex. 1871
[iv] TOMASELLO, M. Why We Cooperate. MIT Press. 2009
[v] THURNBULL, C. The Forest People, 1961
[vi] DE WAAL, Frans. La buena predisposición: Los orígenes del bien y el mal en humanos y otros animales, 1996
[vii] QUINTANILLA P. La evolución de la mente y el comportamiento moral. Colombia, 2008
[viii] HAUSER M. Moral minds. How nature designed our universal sense of right and wrong, Nueva York: Harper Collins, 2006.
[ix]  The Brain and The Law, Exposición en el Royal Society for the Arts, Londres, Inglaterra, 21 de Abril, 2009.
[x] KIM J. Mind–Body Problem, Oxford Companion to Philosophy. Ted Honderich (ed.). Oxford:Oxford University Press; 1995.
Demás bibliografía consultada:
HARE, Robert D.; HART, Stephen D. Psychopathy, mental disorder, and crime. Hodgins, Sheilagh (Ed);1993.
KOHLBERG, Lawrence. 1981. The Philosophy of Moral Development. Moral Stages and the Idea of Justice. 
AXELROD, R.; HAMILTON, W.D. The evolution of cooperation. Science 211; 1981
HAMILTON, W.D. The Genetical Evolution of Social Behaviour I. Journal of Theoretical Biology; 1964
TRIVERS, R. L. The Evolution of Reciprocal Altruism. The Quarterly Review of Biology 46 ; 1971
DAWKINS R. The Selfish Gene (Paperback ed.). Oxford University Press; 1989
SOBER E., WILSON D. Unto Others: The Evolution and Psychology of Unselfish Behavior, Harvard University Press, 1998; Edición en español, Siglo Veintiouno de España Editores; 2000.

 

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